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Año Jubilar Calceatense - “Luz en el camino” Imprimir E-Mail
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Escrito por + Juan José Omella Omella - Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño   
domingo, 08 de marzo de 2009

Carta Pastoral del Año Jubilar Calceatense en el noveno Centenario de la muerte de Santo Domingo de La Calzada

 “Levántate, brilla, que ya llega tu luz” (Is 60,1)Image

EL SENTIDO DEL AÑO JUBILAR

 

         El próximo 12 de mayo del año en curso, celebraremos el noveno centenario de la muerte de Santo Domingo de la Calzada, patrono de la Diócesis. Durante las nueve centurias transcurridas, en nuestra Iglesia diocesana se ha mantenido vivo el recuerdo del Santo calceatense y los fieles no han dejado de invocarle en las necesidades y de experimentar su protección. Son nueve siglos de memoria y agradecimiento por su obra y por su ejemplo. No podemos dejar de ser sensibles a los ritmos y secuencias del tiempo en el que se desenvuelve nuestra vida; para las personas, es motivo de alegría la celebración de los aniversarios, y para las instituciones es un motivo gozoso la conmemoración de los centenarios.

         Recogiendo la propuesta del Cabildo Catedral y de la Parroquia de Santo Domingo, he creído oportuno que la memoria del noveno centenario del tránsito de nuestro Santo debe estar revestida de una especial solemnidad; es un acontecimiento digno de ser festejado; no sería acertado dejar pasar esta memorable circunstancia sin aprovecharla para revitalizar la vida cristiana de nuestra Diócesis, invocando su patrocinio en esta ocasión propicia, edificándonos con el renovado ejemplo de su caridad, reconociendo el valor humano y cristiano de su obra, y animándonos a continuarla y actualizarla.

         La dedicación de su vida en servicio de los romeros del Camino de Santiago puede ayudarnos a comprender el sentido de peregrinación de nuestra existencia; a apreciar debidamente la luz de la fe, faro orientador de nuestra vida, a conservarla como un rico tesoro y a transmitirla a las nuevas generaciones como la más valiosa herencia; nos invita también a defenderla de las críticas que provoca el desconocimiento, o de las burlas de la ignorancia; y a ofrecerla a los hombres perplejos de nuestro tiempo como la respuesta acertada a los interrogantes de la razón y a las inquietudes del corazón humano.

         Por todo ello, he considerado conveniente declarar Año Jubilar Calceatense el año que va entre el 1 de mayo de 2009 y el 12 de mayo de 2010, con ocasión del noveno centenario de la muerte de nuestro patrono Santo Domingo de la Calzada. Esta iniciativa nuestra ha sido bien acogida y aprobada por la Santa Sede, que ha concedido las indulgencias acostumbradas para los años santos.

         Un año jubilar es, en primer lugar, un año de alegría, un año jubiloso, colmado de júbilo interno y externo; en nuestro caso, expresa el gran gozo que sentimos por el regalo divino que supone la vida de un Santo convecino y condiocesano, fiel seguidor de Jesucristo; por la valiosa obra por él realizada o promovida, que permanece en Santo Domingo de la Calzada y en sus instituciones; y por el espíritu cristiano que transmitió a la ciudad que él fundó, y que aún perdura.

         Pero un año jubilar es, ante todo, un año santo, un año de gracia del Señor; es un año propicio para la paz y la reconciliación, con Dios y con los hombres; es un tiempo oportuno para revitalizar la vida cristiana, para ahondar en la fe, robustecer la esperanza, intensificar la caridad. Es un año de grandes gracias y del gran perdón. Es un año de liberación, oportuno para librarnos de nuestros vicios y de nuestras servidumbres. Es un año de conversión, de reorientación de nuestra marcha, de vuelta al Señor. Es un año dedicado de un modo especial a Dios. Es un buen año para reavivar el espíritu del camino de Santiago: peregrinación desde la fe hacia la casa del Padre, peregrinación hacia el hondón de la propia vida donde tiene su morada el mismo Dios, que en frase de san Agustín, “es más íntimo que mi propia intimidad”[1] y medio para revitalizar las raíces cristianas de nuestra tierra y de todos los peregrinos que transitan por La Rioja camino de Santiago de Compostela.

         En este nuestro camino hay una luz espléndida que nos guía: es Cristo, “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9). Y en nuestro largo caminar encontramos un hito refulgente que nos ayuda con sus reflejos: el sepulcro de Domingo de la Calzada, que nos está recordando su cercano peregrinar tras las huellas del Maestro y sus obras a favor de la peregrinación de los cristianos.

 

 

 

 

 

II 

II

“Te hago luz de las naciones” (Is 49,6)

SEMBLANZA DE SANTO DOMINGO DE LA CALZADA

 

         Conservar la memoria de los santos es un deber de la Iglesia. Al proclamar y venerar la santidad de sus hijos e hijas, rinde el máximo honor a Dios mismo: son su propia obra. Y, hoy más que nunca, estamos necesitados de su estímulo y de su ejemplo. La validez de su vida elimina nuestras dudas; su generosidad fortalece nuestra esperanza; su autenticidad confunde nuestra indolencia. Rememorar la semblanza de Domingo de la Calzada, en este noveno centenario de su entrada en la casa del Padre, a la par que gozoso es útil y necesario para nuestra vida cristiana.

         Hacia el año 1040 se asienta Domingo en nuestras tierras, tierras llanas a orillas del río Oja, transitadas por viajeros y peregrinos con dirección a Burgos y Compostela que, abandonando la calzada romana que se dirige a Bribiesca, prefieren una ruta menos incómoda, más meridional, a través de los territorios recién recuperados del dominio árabe. Comprende y admira el espíritu de fe y el coraje cristiano que anima a los peregrinos y se dispone a facilitar su propósito; le mueve la sintonía con su espíritu y el aprecio de su ardua empresa.

         Como buen cristiano seglar, y con un sentido totalmente benedictino de la técnica, pone su maestría y su dominio de los oficios al servicio del hombre y de sus fines trascendentes; mejora la naturaleza para que pueda secundar sus proyectos; sanea los terrenos y abre camino en los bosques para facilitar los traslados. Emplea su destreza de constructor en edificar un puente sobre la Glera que asegure un tránsito fácil en cualquier época del año. Acondiciona un viejo palacio para hospital o albergue de peregrinos. Levanta una pequeña iglesia en honor de Santa María: como fiel imitador del Hijo, no puede menos que amar a su Madre; es ferviente devoto de la Virgen.

         Pero no bastan los edificios; son las personas las que les dan vida: funda una Cofradía de gentes piadosas comprometidas con él en la tarea de asistir a los peregrinos, que continúa hasta el día de hoy con la misma finalidad y manteniendo viva la memoria de su patrón. No le faltaron colaboradores a Santo Domingo; la bondad de la obra y el atractivo de su personalidad les seducían. Su hombría de bien y su fama de santidad se habían extendido por toda la comarca; muchos se instalan de fijo junto a él para colaborar en los trabajos de colonización y apertura de caminos. El rey Alfonso VI alienta y apoya su obra; le visita y agradece sus esfuerzos. Un pequeño burgo se va dibujando a lo largo de la calzada, tiene como centro la iglesia y el hospital de peregrinos. Era un asentamiento acertado, con el tiempo se desarrollará en ciudad importante, enriquecida con fueros y privilegios reales; reconoce a Domingo como su fundador y su patrono: de él recibirá el nombre.        

         Domingo forma escuela, de maestría y de santidad: San Juan de Ortega se hace su discípulo, y continuará luego su obra en las vecinas tierras de Burgos. Más tarde, otros santos se empeñarán en una empresa semejante, imitándole hasta en los detalles: San Raimundo Gayrard, que muere en Toulouse el 1118; San Omobono de Cremona, fallecido en esa ciudad en 1197 y el Beato Facio de Cremona, muerto en 1272.

         Venerado por sus convecinos, cargado de años y buenas obras, Domingo el de la Calzada peregrina a la casa del Padre y es enterrado al borde del camino por el que pasan los romeros. Medio siglo más tarde se iniciará la construcción de la iglesia románica que habrá de acoger su sepulcro, la cual se convertirá en catedral y sede episcopal en 1232. A los tres años de su muerte, ya se le titulaba santo. El camino de Santiago favorece la difusión de su fama. Se han cumplido en él las palabras bíblicas: “Te hago luz de las naciones” (Is 49,6). El Códice Calixtino, del siglo XII, refiere que su cuerpo era uno de los cuerpos santos que devotamente visitaban los peregrinos nacionales y extranjeros: “En España hay que visitar el cuerpo de Santo Domingo, confesor, que construyó el tramo de calzada en el cual reposa, entre la ciudad de Nájera y Redecilla del Camino”[2]. Pronto es invocado como libertador de cautivos;  así lo representa la imagen gótica que se conserva en la cripta, así como otras pinturas y esculturas, entre ellas la del retablo de Forment, del siglo XI; también lo atestiguan las numerosas cadenas que colgaban de la verja de su sepulcro.

La voz de sus milagros se extiende por toda la ruta jacobea. Unos ocurren en vida del santo y de ellos guarda buena memoria la ciudad calceatense, tanto en los relieves de comienzos del siglo XV que adornan la caja del sepulcro, como en las pinturas del retablo del Santo que rodea la sillería coral por el lado de la epístola, del XVI; y lo mismo en otras reliquias y vestigios que se conservan en la catedral y en la tradición inmemorial de los calceatenses. Por ejemplo, la hoz con que milagrosamente cortaba árboles para sus obras, o la procesión de la rueda, que recuerda el milagro de la resurrección de un peregrino muerto bajo las ruedas de un carro que trasportaba piedras para la edificación de la iglesia. Otros prodigios se refieren como sucedidos después de su muerte. Entre ellos el más famoso es el del joven peregrino acusado de ladrón por mantenerse casto e injustamente condenado a muerte, que por intercesión de Santo Domingo fue mantenido vivo en la horca y de cuyo portento dieron fe el gallo y la gallina asados que volvieron a la vida en la mesa del Corregidor. El gallinero gótico que se conserva en la catedral, con el gallo y la gallina renovados desde hace siglos, ha sido visitado constantemente por los peregrinos jacobeos a lo largo de la historia, como augurio de una buena peregrinación. Ya una bula del año 1350 concede indulgencias a los fieles que ayuden al culto de la Catedral de Santo Domingo, asistan a sus oficios divinos, den las vueltas al sepulcro del santo o “miren el gallo y la gallina que hay en la iglesia”[3]. 

         Pero el milagro más atrayente de Domingo, el que más profundamente nos convence, es la autenticidad de su vida cristiana, la luminosa imagen del Maestro que él transparenta. Él es un santo seglar; no habita en un monasterio, vive en el siglo, entre personas corrientes; se ocupa de cosas ordinarias, de satisfacer las necesidades de la gente común. Se dedica a su trabajo; eso sí, su trabajo es útil para la comunidad y remedia necesidades reales, como todo trabajo digno de ese nombre; no crea con afán de lucro necesidades artificiales. Trabaja entre los hombres y para los hombres. No se guarda para sí sus talentos, sabe enseñar y ocupar a sus colaboradores. Emplea el saber técnico en beneficio de las personas; no sacrifica al hombre a las posibilidades de la técnica. Su trabajo humaniza la naturaleza, no la esquilma; la modela para que haga más fácil nuestro camino hacia Dios. Pero tampoco idolatra su trabajo, ni lo considera como un fin en sí mismo; tiene los ojos puestos en la trascendencia: realiza sus obras movido por el amor a Dios y a los hermanos. El espíritu cristiano inspira toda su actividad; no descubrimos en él dos vidas paralelas: la del piadoso creyente y la del hombre de acción, la piedad religiosa impregna toda su labor social. Esa sensibilidad cristiana es la que explica su obra.

         Su preocupación por los necesitados, su intuición y realismo para buscar solución a los problemas, la sintonía con una vida conducida por la fe le han llevado a la acción. Resuena su espíritu cristiano con el pausado caminar de los romeros que buscan el encuentro con Dios, la reconciliación y la paz en Santiago de Compostela; sus ojos se van tras ellos cuando reemprenden la marcha, la peregrinación de la fe. Cree que la fe es el faro luminoso que da sentido a nuestra vida; conoce a Jesucristo y confía en Él: es el verdadero camino que conduce al Padre, tiene palabras de vida eterna. Domingo trata de reproducir en sí del mejor modo posible la imagen de Cristo para ser consecuente con su bautismo. Y participa con los peregrinos en este testimonio de fe del modo que él sabe hacerlo, con sus obras de construcción, de acogida y de caridad.

         Porque una fe sin obras es una fe muerta. Domingo, en cambio, ha superado brillantemente el test del cristiano: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis” (Mt 25,35); su virtud ha sido probada en la piedra de toque de la caridad, y hallada digna de heredar el reino de los cielos. Con toda razón podía hacer suyas las palabras de Job: “Nunca dormía en la calle el extranjero, pues abría mis puertas al caminante” (Job 31,32). Se tomaba completamente en serio la exhortación del apóstol: “Vuestra caridad sea sin fingimiento. Compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad” (Rom 12,9.3). Al cumplir la recomendación del profeta: comparte tu pan con el hambriento, alberga a los pobres sin techo, no abandones a tus semejantes, podía muy bien esperar la realización de la promesa: “Entonces brillará tu luz como la aurora” (Is. 58,8)).

         Acoger a los peregrinos, darles posada, curar sus heridas era por aquel tiempo ocupación propia de los monjes en los monasterios. Una cadena de ellos jalonaba el camino de Santiago; casi todos tenían hospitales donde recibir a los fatigados romeros. Las mismas donaciones que los fieles les hacían llevaban con frecuencia la cláusula de que habían de servir para el sustento de los monjes, pero también de los pobres y peregrinos. Cuantos necesitados llegaban a los monasterios debían ser atendidos con la misma comida que se daba a los monjes, en calidad y cantidad. El vigoroso espíritu cristiano de la época creaba estas instituciones; resolvían así a las autoridades civiles el problema del hambre y la asistencia social.

          Pero Domingo pensaba que el ejercicio de la caridad no era tarea exclusiva de los religiosos; también él, seglar, cristiano de a pie, podía y debía socorrer a los peregrinos y hacer más fácil el tránsito de los viajeros; creía que dedicar sus habilidades a mejorar las vías de comunicación y empeñarse en labores de poblamiento y promoción social podría resultar muy útil para sus prójimos y grato a Dios. Y él encontraría en el trabajo diario un camino fácil de santificación; a la vez que daba a sus colaboradores un atractivo ejemplo de vida cristiana. Porque Domingo ha dejado tras de sí una estela de santos: entre sus contemporáneos y entre los venideros. La ciudad por él fundada cuenta ya con otro santo canonizado - el misionero dominico san Jerónimo Hermosilla-  y con un siervo de Dios –el venerable Alberto Capellán Zuazo– padre de familia que de él tomó ejemplo de fe y caridad y va camino de los altares.

        

 

III 

“Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14)

EL EJEMPLO DEL SANTO Y LOS FRUTOS DEL AÑO JUBILAR

 

         Esta llamada a la santidad debe ser, precisamente, el primer fruto de nuestro Año Jubilar Calceatense. El objetivo prioritario del jubileo ha de ser el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos; debe suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado, para decirlo con palabras del venerado Juan Pablo II[4].

         Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, es una exigencia de nuestro bautismo: en él fuimos consagrados a Dios, fuimos revestidos de Cristo; esta dedicación a Dios, este carácter de propiedad divina, está reclamando la santidad de nuestra conducta moral; la nobleza que nos otorga el baño regenerador nos impone una tarea irrenunciable: nuestra adhesión a Jesucristo debe crecer cada día. “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Tes 4,3).  El Espíritu Santo es el que obra en nosotros la santificación, sin la docilidad a su voz no conseguiremos esta renovación cristiana. Él, en este año santo, ha de suscitar un reflorecimiento espiritual en nuestra Iglesia diocesana. Reavivar nuestra fe en Dios revelado en Cristo, sostener nuestra esperanza en la larga espera de la vida eterna, vigorizar nuestra caridad en el servicio a los hermanos, han de ser los dones del Espíritu en este Año Jubilar.

         Si los santos “nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida”, como proclama la Iglesia en un Prefacio de la Misa[5], el patrón de nuestra Diócesis Santo Domingo de la Calzada nos señala, dentro del carisma específico de su vida y en sus propias obras, algunas dimensiones que hemos de vivir en el camino de la santidad. En efecto, él ha pasado a la historia como constructor, para el servicio de los peregrinos, de una calzada, de un puente, de un hospital y de una iglesia, que fueron la base firme sobre la que se inició y desarrolló la ciudad calceatense. Son también para nosotros cuatro referencias y símbolos sobre los que edificar la ciudad terrena mientras peregrinamos a la ciudad celeste.

         La calzada simboliza nuestra condición de caminantes, como miembros de la Iglesia que peregrina en la esperanza de “los cielos nuevos y la tierra nueva” (Ap 21,1). Los cristianos no hacemos de la Tierra nuestra única patria, estamos abiertos a la gran esperanza del Reino de Dios; esta meta futura da sentido pleno a nuestra existencia; pero no por eso nos desentendemos de las realidades de este mundo; por el contrario, ella nos estimula a ordenarlas según los planes de Dios, a fin de que sirvan al destino trascendente del hombre y no dificulten su peregrinación a la patria celeste. Es la tarea propia de los cristianos laicos: esforzarnos en sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado; hacer lo que esté a nuestro alcance para que esas estructuras sean conformes a las normas de la justicia; coordinar esfuerzos por impregnar de valor moral la cultura y las realizaciones sociales. De este modo encontrará mayor eco el mensaje de esperanza y salvación que trae la Iglesia y se hará más fácil la tarea de evangelización. Recordemos la hermosa y profunda doctrina que nos dejó el Concilio Vaticano II sobre la esperanza y la implicación de los cristianos en la transformación del mundo y la que el Papa Benedicto XVI nos ha expuesto con maestría en su Encíclica “Spe salvi” sobre la esperanza y la salvación definitiva y los lugares de aprendizaje y ejercicio de la virtud cristiana de la esperanza[6].

         Nuestro tiempo está reclamando una nueva evangelización. El olvido de Dios, la indiferencia religiosa, la negación de la trascendencia, la falta de esperanza, la religiosidad a la carta, la subjetiva apreciación de los valores, el relativismo moral, la conformación política de los principios éticos son fenómenos de esta época que nos están pidiendo un esfuerzo mayor en nuestro testimonio cristiano, una presentación más atrayente de la luz del evangelio, una oferta más sugestiva de nuestra gran esperanza. En este desafío de una nueva evangelización los fieles seglares tenéis un papel importante que cumplir; formáis parte del Pueblo de Dios y estáis comprometidos en su misión profética; también a vosotros os afecta el mandato misionero de la Iglesia: vuestra voz resuena con mayor proximidad en los ambientes de la calle y del trabajo, en los medios de comunicación social, en la familia y en la política. El ejemplo de vuestra vida cristiana resulta siempre más cercano. En la calzada de la vida, mientras vais haciendo camino al andar, vais siendo Evangelio vivo y anuncio personalizado de Cristo, Camino, Verdad y Vida. Continuáis así en el siglo XXI la calzada que inició Santo Domingo en el siglo XI.

         Nuestro santo construyó también un puente. Todo un símbolo para nuestro quehacer como cristianos en el mundo de hoy. Ser constructores de puentes y de vínculos de relación y fraternidad. Según los sociólogos, este nuevo milenio se va a caracterizar por la multiculturalidad. Ya lo estamos experimentando claramente entre nosotros con la presencia de inmigrantes de distintas procedencias, razas, culturas y credos. Pero no solamente con los que vienen de fuera; vivimos en una sociedad plural en ideas políticas, en visión del mundo,  en estilos de vida. Tenemos por delante el reto de la integración de la diversidad y la diferencia. Se trata de tender puentes. Aprender a convivir con los que son distintos a nosotros, respetarnos mutuamente, dialogar, dejar que el bien de cada uno aflore para enriquecimiento de todos. Esto no significa relativismo moral ni indiferentismo religioso, sino que nos exige conocer mejor y mantener nuestra propia identidad de católicos y ser coherentes con la fe, para así poder ofrecer a los demás lo que somos, la razón de nuestra esperanza, lo que da sentido a nuestra vida, primordialmente a Cristo y a su Evangelio. Tender puentes seguros y firmes, como el que construyó Domingo de la Calzada.

         Él nos muestra también el hospital que edificó para los peregrinos. Un verdadero símbolo de la acogida y la caridad cristiana. Al comenzar el nuevo milenio, el Papa Juan Pablo II, recordando que en nuestro tiempo son muchas las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana, nos decía que nuestra caridad hoy requiere mayor creatividad, que es la hora de “una nueva imaginación de la caridad”[7]. Tenemos por delante los grandes desafíos de la paz, la eliminación del hambre en el mundo, el respeto a toda vida humana, la familia, la ecología. Y también las pequeñas, pero no menos graves, llamadas a la solidaridad con los que sufren cerca de nosotros por enfermedad, soledad, incomprensión, sinsentido de la vida, malos tratos, ruptura familiar o carencias materiales, particularmente en la actual crisis económica. Como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI, “nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor”[8].

         El Jubileo es el tiempo oportuno para el ejercicio de la caridad y de la justicia social. El año jubilar debía devolver la igualdad entre los hijos de Israel; cada israelita recuperaba la posesión de las tierras de sus padres, si las había enajenado; también recobraba la libertad personal el que la había perdido, era tiempo de liberación. Ante Dios, creador del universo, todos somos iguales; a Él le corresponde el señorío sobre las tierras, los actuales poseedores son sólo administradores; su auténtico propietario es  Dios, que quiere que los bienes creados sirvan a todos de un modo justo. El Año Jubilar Calceatense ha de servir para estimular en nosotros la conciencia social, para conocer mejor la Doctrina Social de la Iglesia y para tratar de aplicarla en la vida política, en la sociedad y en el mundo laboral[9].

         Santo Domingo de la Calzada edificó también una iglesia. Bien sabía él que la esperanza del peregrino y la caridad hacia el prójimo encuentran su fundamento y reciben su estímulo de la fe y del amor a Dios. La iglesia que construyó el santo es para nosotros una llamada a edificar la Iglesia, siendo piedras vivas (cfr. 1 Pet 2,5) y miembros responsables de ella. Ello significa varios compromisos que pongo a vuestra consideración.

         En primer lugar, crecer en el sentido de pertenencia eclesial. Lamentablemente hoy en día muchos bautizados viven alejados de la Iglesia, sin apenas vinculación afectiva ni efectiva, más que esporádicamente en alguna celebración de sacramentos.  Otros, aunque tienen alguna práctica religiosa, viven una especie de “cristianismo a la carta”, por la selección o acomodación a su propio parecer de las verdades de fe o de las normas de conducta. Otros, en fin, influenciados por críticas antieclesiales no sometidas a contraste y discernimiento, no tienen un sentimiento gozoso de ser hijos de la Iglesia Católica ni valoran los bienes espirituales que de ella han recibido y pueden seguir recibiendo.

Hemos de recordar que no se puede ser verdadero cristiano, seguidor de Jesucristo, sin estar en comunión real y leal con la Iglesia. Como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo una bella expresión de San Cipriano, "Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre"[10]. Si somos dóciles a la voz del Espíritu, mantendremos siempre la comunión en la Iglesia, garantizada por el ministerio apostólico y sostenida por el amor fraterno. Y aceptaremos con prontitud y obediencia cristiana las disposiciones de magisterio y gobierno que en nombre de Cristo ejercen los Pastores. No es posible imaginar a un cristiano fuera del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; sería un miembro desconectado del torrente vital, un sarmiento seco. Jesucristo nos lo dejó dicho: “sin mí no podéis nada” (Jn 15,5). El bautismo nos incorporó a la Iglesia: recordemos siempre nuestra pertenencia, conservemos viva la fidelidad. El pan eucarístico del que participamos obra la unidad en el Cuerpo místico de Cristo (Cfr. 1 Cor 10, 17). Él es el pan para el camino, el alimento viático que nos conforta en esta comunitaria peregrinación de la fe.

         En segundo lugar, por lo que se refiere a los seglares, construyen la Iglesia primordialmente a través de la familia, que es llamada por el Concilio Vaticano II “Iglesia doméstica”[11]. Transcendente misión la que tenéis en estos momentos, en que la familia sufre una grave crisis de identidad. Vivid y defended el modelo de familia que dimana del Evangelio. Demostrad con vuestra experiencia que es un camino de felicidad y de realización personal. El amor, la fidelidad, el respeto y apoyo mutuo, el saberse perdonar y darse nuevas oportunidades son a la vez un don y una tarea que hay que construir día a día.

Los padres debéis asumir el papel que os corresponde en la transmisión de la fe y en la educación de vuestros hijos. Sin hacer dejación de vuestras funciones ni trasladar a otros vuestras responsabilidades. La escuela no está para sustituiros ni para suplantaros, sino para colaborar con vosotros en esta hermosa tarea de guiar a los hijos a su pleno desarrollo personal y a la capacidad de conducir su vida. Tenemos a nuestra disposición el rico tesoro de la sabiduría cristiana que nos ayuda en esta delicada labor: no renunciemos ligeramente a nuestra herencia, no hay nada comparable. Inscribid a los hijos en la clase de religión católica, para que aprendan los fundamentos y orientaciones de nuestra fe en diálogo con la cultura contemporánea. Y, por supuesto, apoyadlos en todo el proceso de iniciación cristiana a través de la catequesis parroquial. Que vuestros hogares, queridos padres cristianos, sean auténtica Iglesia doméstica en la que se aprenda a amar a Dios, a rezarle, a ofrecerle el don de la propia vida, a conocer y amar su mensaje y sus mandatos, a abrir el corazón a los pobres y a los necesitados no sólo de bienes materiales, sino de esa luz que viene del conocimiento y amor de Dios; no hay peor necesidad que carecer del sentido de la vida y de la esperanza de alcanzar un día la vida eterna.

En tercer lugar os animo a los seglares conscientes de vuestra fe, a que contribuyáis a la edificación de la Iglesia desde vuestro compromiso y corresponsabilidad eclesial. Entre otros documentos eclesiales, la Exhortación postsinodal “Christifideles laici” ha señalado los cauces de participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-comunión[12]. ¡Qué riqueza de ministerios y carismas derrama el Espíritu Santo entre nosotros! Los seglares pueden ejercer algunos ministerios que derivan del sacramento del Bautismo y de la Confirmación, sin confundirlos con los que derivan del sacramento del Orden y según las normas canónicas. Y tantas funciones, sin las cuales nuestra Iglesia quedaría amortecida en su misión pastoral: desde la catequesis hasta la animación de la liturgia, el servicio de la caridad o la pastoral de la salud y tantos otros servicios y participación en consejos y órganos pastorales, que enriquecen y dinamizan nuestras parroquias, asociaciones de fieles y comunidades cristianas. Gracias por todo lo que hacéis en vuestro compromiso apostólico personal y asociado. Los proyectos que tenemos como Diócesis -la creación de grupos bíblicos en las parroquias y la reflexión y puesta en marcha de las futuras Unidades de Pastoral, como respuesta a las nuevas necesidades- exigirán una implicación mayor de los seglares, así como una formación más profunda y adecuada, a la vez que una renovada eclesiología de comunión en los presbíteros.

Una última consideración sobre el significado que puede tener para nosotros la iglesia que Santo Domingo construyó. Él la edificó para dar culto a Dios nuestro Señor y a su Madre la Virgen María. Era bien consciente de que se puede y debe adorar a Dios en espíritu y verdad en lo profundo del corazón  (cfr. Jn 4,23) y orarle en lo escondido (cfr. Mt 6,6), pero también conocía la dimensión comunitaria de la fe y el culto cristiano, que no se pueden vivir de manera individualista. Así se viene realizando desde la época apostólica, reuniéndose –en casas primero, en iglesias después- para escuchar la Palabra de Dios, orar juntos y celebrar la Eucaristía. De una manera muy especial esto lo hacían los domingos, para celebrar la muerte y resurrección del Señor. Esta práctica caló tan hondamente en las comunidades cristianas que los mártires de Abitinia en la persecución de Diocleciano, dirigiéndose al juez que los condenaba a muerte por reunirse los domingos, respondieron: “Sin la celebración del domingo no podemos vivir”[13].

Os exhorto, queridos diocesanos a que durante este Año Jubilar hagamos todos –pastores y fieles- un esfuerzo por valorar, difundir y celebrar el domingo. Es el día del Señor, día de descanso y fiesta, día de la comunidad, día de la Eucaristía dominical en la casa del Señor. Ahí nos reunimos para animar y fortalecer nuestra fe, para escuchar la Palabra de Dios que nos ilumina en el camino de la vida, para vivir la experiencia gozosa de la fraternidad, para celebrar y participar de la Eucaristía[14]. Nos  hemos de plantear como un objetivo pastoral concreto y verificable el mejorar en cantidad y calidad la participación en la Misa de los domingos en nuestras parroquias. Y poner los medios para que acudan más familias con sus hijos y más jóvenes. De ello se derivarán muchos bienes, tanto en la formación continua de nuestros cristianos, como en su vida comprometida y en su sentido de pertenencia eclesial. Ya San Ignacio de Antioquía calificaba a los cristianos como “los que viven según el domingo”[15].

Si así tratamos de seguir el ejemplo de Santo Domingo en sus actitudes y en sus obras, cumpliremos, como él, la  palabra de Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo… Brille vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y de gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14.16).

 

 

IV 

“Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5)

EXHORTACIÓN A PRACTICAR EL JUBILEO

 

         Es mi deseo que todas las comunidades cristianas de esta Iglesia que camina en La Rioja organicen en este Año Jubilar peregrinaciones a la tumba del santo patrono de nuestra Diócesis en la catedral de Santo Domingo de La Calzada y que los párrocos pongan los medios para que los fieles puedan lucrar las gracias especiales que la Santa Sede ha vinculado a este Jubileo. De manera particular se preparen, mediante la conversión del corazón, a celebrar el sacramento de la Penitencia, para lo cual tendrán oportunidad de confesores en la ermita de la Plaza.

No dejéis de pedirle a Santo Domingo, apóstol de la fe y de la caridad, el gran milagro de la santidad para todos los bautizados; que no falten seglares comprometidos en la obra evangelizadora de la Iglesia; que nos conceda abundantes y santas vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y misionera; que nos otorgue también ser constructores de “puentes de diálogo” que faciliten el acercamiento y la vivencia de la verdadera fraternidad en el respeto mutuo. Pedidle que la caridad arraigue fuertemente entre nosotros. Que nadie se sienta sólo y desamparado. Que la acogida sea real y fraterna con los que se han establecido en nuestra tierra, especialmente los inmigrantes. Que sientan que nuestra tierra y nuestra comunidad cristiana quieren ser casa común para todos, como lo era el Hospital que construyó Santo Domingo para los peregrinos.

         Acoged con cariño los proyectos de caridad que queremos financiar como fruto de este año jubilar, mediante vuestra limosna generosa, que será expresión de la penitencia y de la solidaridad: la ayuda a la Parroquia de Santo Domingo de la Calzada, en Cañada Real de Madrid, en su trabajo con los marginados de ese barrio; la financiación del piso de acogida, en el barrio de la Estrella de Logroño, para quienes salen de la cárcel en libertad provisional y no tienen dónde ir y que será atendido por Cáritas Diocesana; la ayuda a los proyectos misioneros de Fô-Bouré en Benin y de Shell-Mera en Ecuador; y finalmente el proyecto presentado por Cáritas Jerusalén que tiene como objetivo el crear puentes de diálogo, convivencia y paz entre palestinos y judíos.

         Doy las gracias muy cordialmente a todos los que estáis trabajando en la organización de este Año Jubilar, para que produzca los frutos espirituales que esperamos. Particularmente al Cabildo Catedral y Parroquia, a la Cofradía del Santo y a todos los Calceatenses, a los que felicito ya por esta efemérides tan singular. Los Organismos pastorales diocesanos colaborarán,  desde su ámbito, para conseguir los objetivos que nos hemos propuesto. Y de manera muy especial expreso mi agradecimiento a la Santa Sede, que benévolamente nos ha concedido las indulgencias particulares para el Año Jubilar, además del préstamo de varias obras de arte para la Exposición “Pecado, Penitencia y Perdón”, que tendrá lugar en el claustro de la Catedral. He de agradecer también a las Autoridades Autonómicas de La Rioja y Municipales de Santo Domingo de la Calzada, lo mismo que a las demás Instituciones y Organismos colaboradores, el apoyo que nos están prestando para la restauración de edificios y obras de arte y para la buena organización de la infraestructura y servicio a los peregrinos, así como para la difusión y extensión cultural de todo lo relacionado con la figura y obra de Santo Domingo de la Calzada.

 

         Este Año Jubilar es un año de gracia del Señor: si sabemos aprovecharlo, si somos dóciles a la voz del Espíritu, una nueva primavera espiritual florecerá en la Iglesia diocesana. Si cooperamos con nuestra renovación interior a la nueva evangelización a la que estamos todos llamados por nuestro bautismo, si contribuimos a difundir el sentido de peregrinación de la vida, a transmitir la gran esperanza cristiana a los hombres de nuestra generación tan escasos de certezas, esta renovación podrá afectar a toda España, a toda Europa, de la que miles de peregrinos anualmente pasan a venerar el sepulcro de Santo Domingo de camino a Santiago de Compostela, y a la Iglesia universal. Es la gran tarea a la que nos está invitando nuestro patrono Santo Domingo de la Calzada, en este noveno centenario de su tránsito a la casa del Padre, él que nos precedió en el camino de la fe por estas  nuestras mismas tierras riojanas. La luz de su vida, reflejo de la luz de Cristo, ilumina el camino de nuestra peregrinación cotidiana. En nuestro esfuerzo diario, nos animaremos cantando con el profeta: “Venid subamos al monte del Señor, a la casa de Dios. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas. Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 3.5).

         Y para que el Señor nos conceda los frutos que esperamos de este Año Jubilar, os invito a rezar ya desde ahora la oración del Jubileo, invocando la intercesión de Santo Domingo de la Calzada:

 

ORACIÓN A SANTO DOMINGO DE LA CALZADA

EN SU AÑO JUBILAR

 

Glorioso Santo Domingo de la Calzada,

que fuiste luz en el Camino

construyendo para los peregrinos

una calzada, un puente, un hospital y una iglesia;

concédenos a cuantos te invocamos

como protector y ejemplo en este Año Jubilar,

que caminemos con esperanza cristiana

por la calzada de la vida,

establezcamos puentes de unión y paz

en medio de la división y las diferencias,

seamos hospitalarios y caritativos,

y vivamos la fe y el culto a Dios

participando en los sacramentos de la Iglesia

y siendo testigos fieles de Jesucristo,

que vive y reina

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Con mi afecto y bendición.

 

Logroño, 2 de febrero de 2009, fiesta de la Presentación del Señor.

 

+ Juan José Omella Omella - Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

 

 

 

 

 



[1] San Agustín, Confesiones III,6,11.

[2]  Codex Calixtinus, cap. VIII.

[3] Bula del Arzobispo Guillermo Efesino y otros obispos fechada el 6 de octubre de 1350  en Avignon, conservada en el Archivo Catedral de Santo Domingo de la Calzada.

[4] Juan Pablo II, Carta Apostólica “Tertio Millennio Adveniente”, 42 (1994).

[5] Misal Romano, Prefacio de los Santos, II.

[6] Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 48-51; Gaudium et Spes, 38-39; 45; Benedicto XVI, Encíclica “Spe Salvi “(2007), esp. nn. 24-50.

[7] Juan Pablo II, Carta Apostólica “Novo millennio ineunte”, 51 (2001).

[8] Benedicto XVI, Carta Encíclica “Deus caritas est”, 29 (2005).

[9] Recomiendo la lectura del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, preparado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” (2004).

[10] San Cipriano, La Unidad de la Iglesia Católica, 6: Catecismo de la Iglesia Católica, n. 181.

[11] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11.

[12] Cfr. Juan Pablo II, Exhortación postsinodal “Christifideles Laici”, esp. nn. 18-31 (1988).

[13] Actas de San Saturnino y otros muchos mártires de África, 9-10: PL 8, 709-710.

[14] Sería oportuno releer la bellísima Carta Apostólica de Juan Pablo II, Dies Domini (1998), que explica las diversas dimensiones del domingo y sus potencialidades para la vida cristiana.

[15] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 9,1.

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