Cardenal de Madrid recuerda la preocupación de la sociedad ante la crisis económica
Escrito por Ecclesia Digital
martes, 23 de septiembre de 2008
En su
habitual reflexión dominical, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª
Rouco Varela, recuerda que todo comienzo de curso “se presenta con unos
interrogantes y retos surgidos de los acontecimientos que la historia real va
desgranando en el día a día de nuestra existencia personal y colectiva”,
subrayando como preocupaciones fundamentales de la sociedad en estos momentos
la crisis económica, la educación de los hijos, agravada por la implantación de
la asignatura de EpC, o los debates sobre “aspectos tan centrales para la
concepción del ser humano y de la sociedad, como son el derecho a la vida desde
su concepción hasta su muerte natural y los fundamentos antropológicos y éticos
del matrimonio y de la familia”.
Madrid.
Infomadrid, 23-09-2008.- En su habitual reflexión dominical, el Cardenal
Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, habló esta semana de “La ley del
amor: la ley de leyes por excelencia”, afirmando que “todo comienzo de curso”,
como el actual, “se presenta con unos interrogantes y retos surgidos de los
acontecimientos que la historia real va desgranando en el día a día de nuestra
existencia personal y colectiva”. “Los efectos de la crisis económica han
alcanzado ya a las familias en bienes tan esenciales para ellas como son el
puesto de trabajo, la vivienda y el sostenimiento económico digno”, de manera
especial “las familias numerosas y/o las que tienen a su cargo personas mayores
o enfermas por cualquier causa, sobre todo si se trata de familias de
emigrantes”. También inquieta y preocupa “a muchos la pregunta sobre los
contenidos, la calidad pedagógica y la orientación religiosa y moral de la
enseñanza que reciben sus hijos”.
Además, el Cardenal Rouco Varela señalaba
que la implantación de la nueva asignatura obligatoria de “Educación para la
ciudadanía” que menoscaba uno de sus derechos fundamentales –no subordinable en
su sustancia normativa a ninguna instancia humana– les dificulta cumplir
satisfactoriamente con una de sus obligaciones más sagradas: la educación
integral de sus hijos. Si a esto se le añade el reclamo que reciben los jóvenes
y los niños masivamente a través de propuestas culturales y ofertas de
diversión, gravemente dañinas para un sano desarrollo de su personalidad y para
una recta formación de sus conciencias, su tarea de primeros educadores de sus
hijos se ve extraordinariamente dificultada”. Y “la apertura de nuevos
perturbadores debates en torno a aspectos tan centrales para la concepción del
ser humano y de la sociedad, como son el derecho a la vida desde su concepción
hasta su muerte natural y los fundamentos antropológicos y éticos del
matrimonio y de la familia, viene a ser un factor que agrava aún más su
situación”. O “la aparición cada vez más frecuente de casos extremos de
carencias de lo más elemental para la vida, es decir, de grave pobreza”. Todo
ello “completa un cuadro de datos que saltan de la experiencia diaria al campo
de nuestras responsabilidades familiares, sociales y ¿cómo no? pastorales”.
Ante este panorama de comienzos de curso,
se pregunta “de dónde nos puede venir luz y fuerza para afrontarlo con
esperanza, incluso, con la perspectiva ilusionada de llegar a una nueva meta de
auténtica renovación humana y espiritual de nuestras jóvenes generaciones?”. La
respuesta “nace de la fe en el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios vivo”, y
es “la ley del amor ¡una verdadera ley de leyes!”. Y es que, afirma, el hombre
“necesita de la ley de Dios, inscrita en la realidad más íntima de su ser
natural, y revelada y potenciada en toda su plenitud por su Palabra: Palabra
hecha carne en Jesucristo. Y la ley de Dios es la ley del amor”.
“¡No hay otra luz ni otra fuerza para
afrontar el inmediato futuro con el espíritu alerta y sereno y con el corazón
iluminado por la esperanza, que fortalece y entusiasma, que la de renovar
nuestro sí a la ley del amor de Dios, presentada y explicada con una
apasionante novedad por el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo!”. “Abrazarse
a Cristo, ¡a su Cruz victoriosa!, es imperativo especialmente urgente para
poder empezar el nuevo curso pastoral con ánimo decidido y valiente, al “estilo
paulino”, ajeno a todo desánimo, que no se arredra ante ninguna dificultad”. Y
es que, añade, “la lección del Amor se aprende definitivamente en Jesucristo
Resucitado”.
Concluyó pidiendo al Señor poder “afrontar
con frutos de paz y de bien, de verdadera evangelización de nuestras familias y
de nuestros jóvenes,el curso
2008/2009”.
Madrid, 20 de septiembre de 2008
La ley del amor: la ley de leyes por
excelencia
Mis
queridos hermanos y amigos:
Todo
comienzo de curso en la escuela, en la familia, en la comunidad parroquial… en
una palabra, en la sociedad y en la Iglesia, al lado de las viejas y conocidas
exigencias, sobre todo, para los padres, educadores y las personas responsables
en todos esos ámbitos de la vida social y eclesial, se presenta siempre con
unos interrogantes y retos surgidos de los acontecimientos que la historia real
va desgranando en el día a día de nuestra existencia personal y colectiva. Así
ocurre también con el curso 2008/2009 que acaba de comenzar. Los efectos de la
crisis económica han alcanzado ya a las familias en bienes tan esenciales para
ellas como son el puesto de trabajo, la vivienda y el sostenimiento económico
digno. Lo notan con especial gravedad las familias numerosas y/o las que tienen
a su cargo personas mayores o enfermas por cualquier causa, sobre todo si se
trata de familias de emigrantes. Vuelve, además, a inquietar y a preocupar a
muchos la pregunta sobre los contenidos, la calidad pedagógica y la orientación
religiosa y moral de la enseñanza que reciben sus hijos. La implantación de la
nueva asignatura obligatoria de “Educación para la ciudadanía” que menoscaba
uno de sus derechos fundamentales –no subordinable en su sustancia normativa a
ninguna instancia humana– les dificulta cumplir satisfactoriamente con una de
sus obligaciones más sagradas: la educación integral de sus hijos. Si a esto se
le añade el reclamo que reciben los jóvenes y los niños masivamente a través de
propuestas culturales y ofertas de diversión, gravemente dañinas para un sano
desarrollo de su personalidad y para una recta formación de sus conciencias, su
tarea de primeros educadores de sus hijos se ve extraordinariamente
dificultada. La apertura de nuevos perturbadores debates en torno a aspectos
tan centrales para la concepción del ser humano y de la sociedad, como son el
derecho a la vida desde su concepción hasta su muerte natural y los fundamentos
antropológicos y éticos del matrimonio y de la familia, viene a ser un factor
que agrava aún más su situación. Por otro lado, la aparición cada vez más
frecuente de casos extremos de carencias de lo más elemental para la vida, es
decir, de grave pobreza, completa un cuadro de datos que saltan de la
experiencia diaria al campo de nuestras responsabilidades familiares, sociales
y ¿cómo no? pastorales. El camino del nuevo curso 2008/2009 se nos presenta a
todos empinado y tortuoso; el horizonte, nublado y oscuro. ¿De dónde nos puede
venir luz y fuerza para afrontarlo con esperanza, incluso, con la perspectiva
ilusionada de llegar a una nueva meta de auténtica renovación humana y
espiritual de nuestras jóvenes generaciones? Hay una respuesta, siempre antigua
y siempre nueva, que nace de la fe en el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios
vivo, encarnado, muerto y resucitado por nuestra salvación: es la respuesta de
la ley del amor ¡una verdadera ley de leyes!
Las
leyes humanas son imprescindibles y, cuando son justas, altamente beneficiosas
para las personas y los pueblos; pero insuficientes a la hora de tener que
tomar y mantener en el camino verdadero, el que conduce al bien integral del
hombre, las grandes y fundamentales decisiones y la consiguiente línea de
comportamiento que configura la vida del hombre según la dignidad que le es
propia como creatura, imagen de Dios, llamado a ser su hijo. El hombre, en el
camino de su historia personal, que incluye y determina la historia común, necesita
de la ley de Dios, inscrita en la realidad más íntima de su ser natural, y
revelada y potenciada en toda su plenitud por su Palabra: Palabra hecha carne
en Jesucristo. Y la ley de Dios es la ley del amor. Incluso, todo lo que pueda
haber de bueno en las normas humanas es recogido, purificado y elevado a una
plenitud desbordante de bondad en el mandato: ¡Ama a Dios y a tu prójimo como a
ti mismo! ¡Más aún, ama al prójimo como Cristo nos amó, entregando su vida en
la Cruz en oblación y sacrificio por nuestros pecados!
Parece
una expresión paradójica, insoluble a la luz de nuestra razón y de las
experiencias humanas más corrientes, la de que “el amor” pueda ser mandado;
porque, efectivamente, o es libre o no es amor. Se trata, sin embargo, de una
aparente contradicción, puesto que el amor verdadero ¡el Dios que es amor!
vincula por sí mismo, es decir, por su fuerza, atracción y eficacia salvadora.
El hombre puede, sin duda, elegir el quedarse fuera del círculo de los que son
amados por Dios y de los que aman según el amor de Dios; pero el precio de esa
opción es su perdición.
¡No
hay otra luz ni otra fuerza para afrontar el inmediato futuro con el espíritu
alerta y sereno y con el corazón iluminado por la esperanza, que fortalece y
entusiasma, que la de renovar nuestro sí a la ley del amor de Dios, presentada
y explicada con una apasionante novedad por el Evangelio de Nuestro Señor
Jesucristo! Con Él, abrazados a Él, esa ley, desplegada y concretada en los
Mandamientos del Decálogo e iluminada y enriquecida prodigiosamente en el
Sermón de las Bienaventuranzas, es para el hombre norma indefectible y gracia
victoriosa. Abrazarse a Cristo, ¡a su Cruz victoriosa!, es imperativo
especialmente urgente para poder empezar el nuevo curso pastoral con ánimo
decidido y valiente, al “estilo paulino”, ajeno a todo desánimo, que no se
arredra ante ninguna dificultad.
La
lección del Amor se aprende definitivamente en Jesucristo Resucitado: en su
amor, perpetuado en la Eucaristía. “Poner la mirada en el costado traspasado de
Cristo –enseña Benedicto XVI en “Dios es Amor”, 12–… ayuda a comprender lo que
ha sido el punto de partido de esta Carta Encíclica… Es allí, en la Cruz, donde
puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es
el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir
y de su amar”. Sí, la vocación del corazón del hombre es el amor y esa vocación
sólo encuentra respuesta y posibilidad de realización en el corazón de Cristo
Crucificado.
¡Qué
bellamente oportuna resulta la Oración Colecta del presente Domingo!: “¡Oh
Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo;
concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna”. Y,
podríamos añadir, concédenos afrontar con frutos de paz y de bien, de verdadera
evangelización de nuestras familias y de nuestros jóvenes,el curso 2008/2009. A María, la Virgen de La
Almudena, encomendamos filialmente nuestra plegaria.