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Seguramente
muchos habremos
escuchado en nuestra infancia, de labios de nuestros padres y abuelos, aquel
sabio cuento que tenía como protagonistas a un padre y a su hijo:
Los dos viajaban con su burro atravesando diversos
pueblos, suscitando comentarios muy dispares entre los lugareños:
Al pasar por el primer pueblo, el padre
montaba sobre el burro y el hijo caminaba a su vera. Los comentarios no se
hicieron esperar: “¡Qué padre tan inmisericorde! ¡El pobre niño caminando y él encima
del jumento, como si fuera un sultán!”
Al escuchar las murmuraciones,
decidieron cambiarse antes de llegar a la siguiente población, de forma que ahora
el padre caminaba y el hijo era quien montaba el borrico. Pero, sin embargo,
las críticas no hicieron sino cambiar de signo: “¡Mira qué juventud tenemos hoy
en día! ¡El anciano padre caminando, y un muchacho tan ágil, sentado a lomos
del burro!”
Visto lo visto, pensaron que lo mejor
sería montar los dos sobre el asno al pasar por el tercero de los pueblos. Pero
las cosas se pusieron todavía peor: “¡Pobre burro! ¡Los que van montados en él demuestran
ser más bestias que el desdichado animal!”
Aturdidos por tanta crítica, decidieron
entrar al cuarto pueblo, ambos a pie, junto al burro. Pero, ni por esas…: “Pero,
¡qué tontos! ¿Para eso se han comprado un burro?, ¿para ir andando?”.
La
moraleja que se nos transmitía con la narración de este cuento, era tan
evidente como importante: Necesitamos ser libres del juicio ajeno, para poder
obrar en justicia y en verdad. Quien tiene su referente en las críticas de los
demás o en los aplausos cosechados, está condenado a no actuar en conciencia.
Pasados
ya muchos años, he ido comprendiendo que aquella sabia narración que mi difunto
padre nos contaba de pequeños, tiene más aplicaciones de las que él mismo
hubiese supuesto. ¿Acaso no le ocurre a la Iglesia hoy en día, lo mismo que a
los protagonistas del cuento? ¿No tenemos también nosotros que extraer la
enseñanza de conquistar la necesaria libertad interior, para que la vida de la
Iglesia sea lo que Dios quiere de ella, sin dejarnos amedrentar por tantas
burlas, sátiras y comentarios ligeros?
El padre sobre el burro y el hijo caminando
A
veces se le acusa a la Iglesia de paternalismo y/o de autoritarismo:
“¡Míralos…, hablan ex cátedra y se creen que están en posesión de la verdad!”. En
medio de una sociedad en la que la figura del padre, e incluso el mismo sentido
de autoridad están en plena crisis, existe una reacción alérgica hacia el Magisterio
de la Iglesia.
El hijo montado y el padre a pie
Es
de sobra conocida la predicación moral de Iglesia respecto a los más débiles:
enfermos, pobres, ancianos, niños no nacidos, huérfanos e hijos de familias
desestructuradas, embriones congelados, etc. Pero, sin embargo, tampoco aquí nos
libramos de la incomprensión: “¡Cada uno decide los valores que cree que deben
ser respetados!”. En efecto, la opción cristiana “pro vida”, se presenta como
enemiga de la mentalidad “pro libre elección”.
Los dos montados sobre el asno
Cuando
la Iglesia se sirve de los medios modernos para la evangelización –televisión,
radio, Internet, presencia en foros públicos, etc-, con mucha frecuencia es
percibida y criticada como una intrusa en la vida pública: “¿Por qué tienen que
sermonearnos fuera del púlpito?”. Y es que, con frecuencia se nos quiere hacer
creer que el ámbito de las creencias religiosas se circunscribe únicamente al
interior de la conciencia y a la sacristía.
Ambos a pie, junto al burro
Paradójicamente,
otras veces la Iglesia es criticada, precisamente, por no dirigirse al hombre
de hoy en su propio lenguaje: “¿Cuándo se darán cuenta de que se están quedando
anquilosados con esa forma tan obsoleta de evangelizar?”. Frente a estas
contradicciones, nosotros no podemos perder la conciencia de que los métodos
modernos de evangelización, han de ser acompañados con la oración y la
penitencia, para que puedan ser eficaces y fecundos.
Moraleja: Nuestro público es Dios
Evidentemente,
la moraleja del cuento no puede ni debe ser que, tengamos que hacernos sordos a
las correcciones y a las críticas, incluso cuando sean formuladas desde el
desamor. Así lo decía sabiamente Unamuno: “Toma consejo del enemigo”. Pero,
ciertamente, una conclusión necesaria es que no perdamos la paz por causa del
ambiente de juicios ligeros y críticas sistemáticas, en el que estamos
envueltos. Esta es la moraleja: ¡Nuestro público es Dios! La Iglesia necesita
la libertad interior para poder realizar la voluntad de Dios, que es justicia,
amor y esperanza para todos los hombres.
Por Mons. José Ignacio Munilla, obispo de
Palencia
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