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En la ceremonia de despedida en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy, Benedicto XVI hizo un repaso de estos seis
días de visita a Washington y Nueva York y mostró su agradecimiento a "las
autoridades civiles y voluntarios que han sacrificado su tiempo y energía para
asegurar el sereno desarrollo del viaje".
DISCURSO COMPLETO
Señor Vicepresidente,
Ilustres Autoridades,
Queridos Hermanos en el Episcopado,
Queridos Hermanos y Hermanas:

Ha llegado el momento de despedirme de
vuestro País. Los días que he pasado en los Estados Unidos han estado
bendecidos por muchas e inolvidables experiencias del sentido de hospitalidad
de los Americanos. Deseos expresarles a todos ustedes mi profunda gratitud por
su amable acogida. Me ha alegrado ser testigo de la fe y de la devoción de la
comunidad católica en esta Nación. Ha sido alentador encontrar a los líderes y
a los representantes de otras comunidades cristianas y de otras religiones,
motivo por el cual les aseguro mi consideración y estima. Agradezco al Señor
Presidente Bush el que viniera a saludarme al comienzo de mi visita, y doy las
gracias al Señor Vicepresidente Cheney por su presencia aquí en el momento de
mi salida. Las autoridades civiles, los encargados y voluntarios en Washington
y en Nueva York han sacrificado generosamente su tiempo y energías para
asegurar el sereno desarrollo de mi visita en cada una de sus etapas, y por
esta razón expreso mi profundo agradecimiento al Señor Alcalde de Washington,
Adrian Fendy, y al Señor Alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg.
Reitero mis felicitaciones y mi plegaria a
los representantes de las Sedes de Baltimore, la primera Archidiócesis, y a las
de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville, en este año jubilar. Que el
Señor continúe colmándoles de bendiciones en los años venideros. Renuevo mi
reconocimiento por su arduo compromiso y su dedicación a todos mis Hermanos en
el Episcopado, a Mons. DiMarzio, Obispo de Brookling, a los oficiales y al
personal de la Conferencia Episcopal, que han contribuido de diversos modos a
la preparación de esta visita. Con gran afecto saludo una vez más a los
sacerdotes y religiosos, a los diáconos, a los seminaristas y a los jóvenes, y
a todos los fieles de los Estados Unidos, y los aliento a perseverar dando un
gozoso testimonio de Cristo, nuestra esperanza, nuestro Señor y Salvador
resucitado, que renueva todas las cosas y nos da la vida en abundancia.
Uno de los momentos más significativos de mi
visita ha sido la oportunidad de dirigir la palabra a la Asamblea de las Naciones
Unidas. Agradezco al Secretario General, Ban Ki-moon, su atenta invitación y su
acogida. Revisando los sesenta años transcurridos desde la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre, agradezco todo lo que la Organización ha
logrado realizar para defender y promover los derechos fundamentales de todo
hombre, mujer y niño en cualquier parte del mundo, y aliento a todos los
hombres de buena voluntad a continuar esforzándose sin desfallecer en la
promoción de la coexistencia justa y pacífica entre los pueblos y las naciones.
La visita que esta mañana he realizado a
“Ground Zero” permanecerá profundamente grabada en mi memoria. Seguiré rezando
por los que fallecieron y por los que sufren las consecuencias de la tragedia
que tuvo lugar en 2001. Rezo por todos los Estados Unidos, realmente por todo
el mundo, para que el futuro traiga una mayor fraternidad y solidaridad, un
creciente respecto recíproco y una renovada fe y confianza en Dios, nuestro
Padre que está en el cielo.
Con estas palabras de despedida, les dejo,
rogándoles que se acuerden de mí en sus plegarias, a la vez que les aseguro mi
afecto y mi amistad en el Señor. Dios bendiga a América.
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