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“Como de la
generación anterior a la nuestra no hemos conocido más que a
adultos y ancianos, y de la que nos sigue no conocemos más que a jóvenes y
niños, propendemos a creer que antes eran los hombres más maduros, que nuestros
abuelos nacieron viejos y que nuestros nietos se morirán niños”.
Esta
frase la escribía don Miguel de Unamuno en diciembre de 1902. Cualquiera podrían
haberla firmado ahora mismo. Es ésta una observación tan elemental que nos
llama la atención que generalmente no la tengamos más en cuenta. Sin embargo,
¡sería tan interesante recorrer todos el itinerario de la vida de los que nos
rodean!
Las
personas adustas y sesudas que hoy nos dan consejos también armaron travesuras,
jugaron bromas a sus compañeros, se sublevaron contra la disciplina familiar,
cometieron errores y tuvieron que arrepentirse alguna vez de ellos. ¿O no? La
verdad es que cuando ganamos su confianza nos cuentan en voz baja algunas de
sus trastadas. Y resultan enormemente divertidas.
Y los jóvenes inquietos y bullangueros que
hoy nos quitan el sueño un día crecerán. Entrarán en el cuerpo del desempleo o
encontrarán un trabajo más o menos remunerado. Adquirirán bienes y lucharán por
conservarlos. Eso los convertirá en “conservadores”. Y desconfiarán de los
jóvenes revolucionarios que no tengan nada que perder. ¿O no? La verdad es que
cuando hablamos a solas con ellos nos hablan de sus sueños, pero también de sus
temores.
Al
maestro Pedro Laín Entralgo le gustaba contraponer las dos sublimes e
imprescindibles tareas de “re-cordar” y “a-cordar”. Las dos implican el “cor”,
es decir el corazón. Por él hemos de filtrar el pasado para verlo con
misericordia y gratitud. Y con él hemos de imaginar el futuro para programarlo
en comunidad con amor.
Lo
malo es perder la memoria e ignorar la esperanza. Ese desdén del itinerario de
la vida nos hace caer en la insensata pretensión de creernos el ombligo del
tiempo y del espacio. Aupados en ella ajusticiamos el pasado y despreciamos el
futuro. Condenamos a nuestros antecesores. Y renunciamos a tener descendientes.
Y
ahí nos quedamos en esa satisfecha y estéril soledad sin memoria y sin
proyecto. Claro que para creer que eso es la vida procuramos condenar a los que
ya vivieron y vivirán. Sólo nosotros tenemos la razón. La razón que se embriaga
con los sorbos de su propia vanidad.
La
fe cristiana nos invita a reconocer con amorosa gratitud el don de la fe que ha
llegado a nosotros por tradición. Y nos anima a transmitirla con osada
esperanza a los que han de creer gracias a la gracia de Dios y a nuestro
humilde testimonio.
Reconocemos
a la Iglesia como nuestra Madre. Pero alguna vez podríamos imaginarla como
nuestra Hija. Ella nos engendró a la fe. Pero la fe ha de pasar por nuestra voz
a los que vendrán a habitar en la casa. Un eslabón más en la cadena. Eso es lo
que somos.
José-Román
Flecha Andrés
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