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UN ESLABÓN EN LA CADENA por José-Román Flecha Andrés Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
viernes, 11 de abril de 2008

“Como de la generación anterior a la nuestra no hemos conocido más que a adultos y ancianos, y de la que nos sigue no conocemos más que a jóvenes y niños, propendemos a creer que antes eran los hombres más maduros, que nuestros abuelos nacieron viejos y que nuestros nietos se morirán niños”.Image

Esta frase la escribía don Miguel de Unamuno en diciembre de 1902. Cualquiera podrían haberla firmado ahora mismo. Es ésta una observación tan elemental que nos llama la atención que generalmente no la tengamos más en cuenta. Sin embargo, ¡sería tan interesante recorrer todos el itinerario de la vida de los que nos rodean!

Las personas adustas y sesudas que hoy nos dan consejos también armaron travesuras, jugaron bromas a sus compañeros, se sublevaron contra la disciplina familiar, cometieron errores y tuvieron que arrepentirse alguna vez de ellos. ¿O no? La verdad es que cuando ganamos su confianza nos cuentan en voz baja algunas de sus trastadas. Y resultan enormemente divertidas.

Y los jóvenes inquietos y bullangueros que hoy nos quitan el sueño un día crecerán. Entrarán en el cuerpo del desempleo o encontrarán un trabajo más o menos remunerado. Adquirirán bienes y lucharán por conservarlos. Eso los convertirá en “conservadores”. Y desconfiarán de los jóvenes revolucionarios que no tengan nada que perder. ¿O no? La verdad es que cuando hablamos a solas con ellos nos hablan de sus sueños, pero también de sus temores.

Al maestro Pedro Laín Entralgo le gustaba contraponer las dos sublimes e imprescindibles tareas de “re-cordar” y “a-cordar”. Las dos implican el “cor”, es decir el corazón. Por él hemos de filtrar el pasado para verlo con misericordia y gratitud. Y con él hemos de imaginar el futuro para programarlo en comunidad con amor.

Lo malo es perder la memoria e ignorar la esperanza. Ese desdén del itinerario de la vida nos hace caer en la insensata pretensión de creernos el ombligo del tiempo y del espacio. Aupados en ella ajusticiamos el pasado y despreciamos el futuro. Condenamos a nuestros antecesores. Y renunciamos a tener descendientes.

Y ahí nos quedamos en esa satisfecha y estéril soledad sin memoria y sin proyecto. Claro que para creer que eso es la vida procuramos condenar a los que ya vivieron y vivirán. Sólo nosotros tenemos la razón. La razón que se embriaga con los sorbos de su propia vanidad.

La fe cristiana nos invita a reconocer con amorosa gratitud el don de la fe que ha llegado a nosotros por tradición. Y nos anima a transmitirla con osada esperanza a los que han de creer gracias a la gracia de Dios y a nuestro humilde testimonio.

Reconocemos a la Iglesia como nuestra Madre. Pero alguna vez podríamos imaginarla como nuestra Hija. Ella nos engendró a la fe. Pero la fe ha de pasar por nuestra voz a los que vendrán a habitar en la casa. Un eslabón más en la cadena. Eso es lo que somos.

José-Román Flecha Andrés

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Modificado el ( viernes, 11 de abril de 2008 )
 
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