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Homilía en el primer Aniversario de la muerte de monseñor Rosendo Álvarez Gastón, obispo de Almería

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Homilía en el primer Aniversario de la muerte de monseñor Rosendo Álvarez Gastón, obispo de Almería

 

Lecturas bíblicas: Dn 12,1-3

                        Sal 41,2-3.5; 42,3-5

                        Rom 6,3-9

                        M t 11,25-30

 

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos:

Se cumple el primer aniversario de la muerte del que fuera Obispo de Almería de 1989 a 2002, mi predecesor en la sede de San Indalecio. Hoy al cumplirse el cabo de año nos reunimos para celebrar la Eucaristía y encomendar a la misericordia de Dios el eterno descanso de nuestro venerado hermano y suplicar para el que fue padre y pastor de la Iglesia de Almería por voluntad de Cristo la felicidad de la vida eterna, la plena participación en la vida divina.

Hemos escuchado en el libro de Daniel que el juicio de Dios dividirá la humanidad cuando resuciten los muertos: “unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua” (Dn12,2). Los cristianos mueren en la esperanza de ser contados entre los que entrarán en la vida eterna, porque, siguiendo las enseñanzas del Apóstol, sabemos y así lo creemos que el bautismo nos ha configurado con la muerte de Cristo y con su resurrección, de suerte que “si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6,5). De esta suerte la vida del cristiano es verdadera vida en Cristo que se prolongará definitivamente una vez hayamos pasado por la muerte. Bien puede por esto mismo añadir el Apóstol en la carta a los Romanos: “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8).

En esta convicción y esperanza murió en Cristo nuestro hermano el Obispo Álvarez Gastón, y con esta misma convicción y esperanza hemos orado y oramos hoy por él, para que el perdón de Cristo le absuelva de todas sus faltas ante Dios y, “destruida la personalidad de pecador” (Rom 6,6) con la que nacemos y nos hacemos a nosotros mismos, el que fue Obispo de esta Iglesia y guio a los fieles por la senda del Evangelio alcance él mismo la paz de Dios, que es salvación y vida para siempre con Cristo en Dios.

San Pablo nos instruye sobre el misterio sacramental del bautismo, para que comprendamos que por este sacramento acontece nuestra mística unión con la muerte y resurrección del Señor, que nos abre la puerta de la vida eterna. Por el bautismo recibimos el perdón de los pecados y da comienzo a nuestra regeneración; el bautismo hace de nosotros criaturas nuevas y dispone nuestras almas a la acción santificadora del Espíritu Santo.

Efecto de la acción del Espíritu Santo en quienes han sido regenerados por el bautismo es el conocimiento de las cosas de Dios. El Espíritu Santo asimila nuestro conocer y discernir al conocimiento, de suerte aquel que es configurado con Cristo en el bautismo conoce aquello que los sabios y entendidos de las cosas del mundo ignoran: que Dios nos ha creado y nos ama en medida tal que el hombre no puede alcanzar por su sola razón natural. Cristo da gracias al Padre, como hemos escuchado en el evangelio, porque a Dios le ha parecido mejor que estas cosas le sean reveladas a la gente sencilla; es decir, a quienes aceptan la novedad de vida que trae Jesús como un don de sabiduría que viene de lo alto, y no oponen su conocimiento al saber de Dios, sino que comprenden que cuanto ellos saben de las cosas divinas es revelación de Dios, que en Jesucristo nos ha manifestado su verdad y su amor.

El Obispo como pastor de la Iglesia que Dios le ha confiado instruye a los fieles en esta verdad que hemos conocido: el misterio de Dios revelado en Cristo; y el Obispo lo transmite y da a conocer en la esperanza de alcanzar él mismo a ser contado entre los bienaventurados. Sabe que su palabra de aliento sostiene la fe de los creyentes y ora para que no se debilite, en la esperanza de que los fieles oren por él. El Obispo ruega con Cristo al Padre para que la fe de los fieles de mantenga y su testimonio sea eficaz ante el mundo, y espera de los fieles que su oración lo sostenga a él mismo en la difícil misión de hacer presente a Cristo en medio de la comunidad eclesial y ser garante de la comunión en la verdad y el amor en la cual se despliega y crece la vida de la Iglesia. El Obispo apoya su palabra autorizada en la tradición apostólica de la que da testimonio, guardando y transmitiendo el depósito recibido.

Dar testimonio de la verdad de fe y mantener la disciplina eclesial en momentos difíciles fue labor y tarea de Don Rosendo, tratando de reconducir un cierto relativismo de época y la desorientación que alimenta el relativismo. Que el Señor premie la generosa entrega que Don Rosendo realizó de sí mismo en favor de la Iglesia diocesana haciendo de la predicación de la verdad evangélica y de la caridad pastoral programa de su ministerio como apóstol de Cristo, testigo del misterio pascual de Cristo en el que creyó e hizo razón de su vida y motivo de predicación. Porque creyó vivió exhortando a poner la confianza en Dios y tener siempre esperanza, mientras se aplicaba a sí mismo las palabras de san Pablo: “«Creí, por eso hablé», también nosotros creímos y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros” (2 Cor 4,14).

Que por la oblación del sacrificio eucarístico que ahora vamos a celebrar, el Señor quiera otorgarle su gloria al siervo fiel y prudente que puso al frente de su familia, para repartirle la ración a sus horas; y que la intercesión de la Virgen María y la de san Indalecio, de cuya sede fue Obispo y pastor como sucesor de los Apóstoles le hayan acompañado en su encuentro definitivo con Cristo resucitado para entrar en el gozo del Padre.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

3 de febrero de 2015

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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