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Fátima, mar inmenso de la Luz de Dios en medio de nuestras tinieblas – editorial Ecclesia

Fátima, mar inmenso de la Luz de Dios en medio de nuestras tinieblas

El Papa Francisco en Fátima, en la estela de sus últimos antecesores y peregrino entre miles y millones de peregrinos de ayer, de hoy y de mañana, ha vuelto a testimoniar la verdad del mensaje de este lugar luso, uno de los corazones del catolicismo. Ha sido los días 12 y 13 de mayo (ver páginas 31 a 33), en el primer centenario exacto de las apariciones marianas ¿Cuál es esta verdad? Que Fátima es Luz de Dios (así, con mayúsculas: Luz) en medio de las tinieblas de nuestra humanidad, tomada esta última expresión en un doble sentido: la existencia humana de cada uno de nosotros y las vicisitudes y sombras de nuestra entera sociedad.

Fátima es Luz de Dios en medio de las tinieblas de una humanidad que, en Europa y en Occidente, se empeña en vivir como si Dios no existiera y que apenas se conmueve religiosamente, salvo cuando se trata de la piedad mariana; y en medio de una humanidad que en Oriente Próximo y Lejano, ultraja su santo Nombre, amparándose en él para matar y extorsionar.

Fátima es Luz de Dios, Luz de paz, en medio de las tinieblas de una humanidad que sigue declarándose pacífica, pero que sigue «haciendo» la guerra, esa III Guerra Mundial en pedazos, en trocitos, como el mismo Francisco define las actuales situaciones de inestabilidad que asolan nuestro mundo, con mayor o menor intensidad, virulencia y crudeza, desde Siria a Corea del Norte, por citar dos de nuestras pesadillas actuales. Fátima es Luz del Dios de la paz, de una paz que se ha de trabajar artesanalmente por todos y cada uno, a título personal y comunitario, como un inexcusable deber cristiano, ético y cívico. Una paz que es también sinónimo de perdón y de reconciliación.

Fátima es Luz de Dios en medio de las tinieblas de una humanidad que endurece y atrofia de modo progresivo su corazón y sus entrañas ante el gemido y el llanto de los más necesitados: ancianos, enfermos, pobres, parados, migrantes, refugiados, víctimas del olvido y el desamor, de la explotación y de la trata, traficantes de armas y de mentiras, en suma, los desheredados y descartados de nuestras periferias de lejos y de cerca. Fátima es Luz de Dios en medio de las tinieblas del dolor, de la enfermedad, de la ancianidad, de la soledad, de la orfandad.

De las tinieblas, en suma de la cruz, cuando esta nos toca, nos afecta en primera persona, bien en nosotros mismos, bien en nuestros seres más queridos. Y entonces Fátima es Luz de Dios cuando atravesamos por alguna cruz porque Él ya la ha pasado antes «En su Pasión, cargó con nuestros sufrimientos. Jesús sabe lo que significa el sufrimiento, nos comprende, nos consuela y nos da fuerza», y al igual que, aunque oculto, está realmente presente en la eucaristía, del mismo modo, se halla invisible, pero también real y fecundador, en las llagas de todos los crucificados y en las astillas de todas las cruces.

Los enfermos y crucificados todos —proclamó Francisco en su última intervención en Fátima, quizás la más hermosa— son «partícipes a título pleno de la vida y misión de la Iglesia». Son «un patrimonio para toda comunidad cristiana», «un tesoro valioso de la Iglesia». Y si estas ideas y sentimientos deben acompañar y guiar siempre la acción evangelizadora de la Iglesia, en estos días en que, en España, celebramos la Pascua del Enfermo y concluimos la campaña de la Jornada Mundial del Enfermo, en su veinticinco aniversario (ver páginas 6 a 9 y 10 y 11), han de encontrar una mayor resonancia y respuesta permanentes.

Fátima es Luz de Dios en medio de las tinieblas del pecado. Del pecado que Él siempre está dispuesto a perdonar y a acoger en el sacramento de la confesión, resplandor sin ocaso de su Misericordia, y para lo cual requiere de nuestra humildad y cooperación y de nuestro saber que no salva la lógica humana y mundana de los sabios y entendidos, sino la bienaventuranza de los sencillos y de los humildes.

Fátima es, sí, Luz de paz, de concordia, de fe, de amor y de esperanza, que tanto necesitamos todos. Una Luz que irrumpió hace cien años y que sigue alumbrando con igual fulgor si somos capaces de ser, por ejemplo, como Jacinta, Francisco y Lucía.

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  • La Luz llegó de manos de una mujer, de María, no se hizo visible pomposamente en medio del bullicio y ruidos que ensordecen y separan a la oscuridad de las tinieblas; vino a iluminar, a solicitar la orientación de un camino más justo, más humano.- La Luz se posó sobre tres niños de corta edad, adornados por el don precioso de la inocencia; María, encontró en sus almas sitio adecuado para dejar su mensaje de paz para los hombres de buena voluntad.- Capaces de ser como estos niños, quizás no sea posible, pero aprender la lección y aplicarnos el cuento, a fin de orientar nuestras vidas según lo que Dios espera de nosotros sí.- Que estos santos niños, Jacinta, Francisco y Lucía, intercedan por nosotros ante el Padre.-

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