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Posted 25 agosto, 2012 by Editor in Internacional
 
 

El cardenal ecuatoriano Eduardo Vela Chiriboga, legado papal 475 aniversario de la diócesis de Cusco (Perú)

Cusco-Perú
Cusco-Perú

El Santo Padre Benedicto XVI nombró este 25 de agosto al Cardenal Eduardo Vela Chiriboga, Arzobispo emérito de Quito, Ecuador, su enviado especial con motivo de las celebraciones por el 475° aniversario de la primera Diócesis del Perú y de Sudamérica, la actual Arquidiócesis de Cuzco, que tendrán lugar del 24 al 28 del próximo octubre.

Al respecto recordamos lo que el beato Juan Pablo II dijo durante la homilía de la misa celebrada precisamente en Cuzco, Perú, en el ámbito de su visita apostólica a Venezuela, Ecuador, Perú y Trinidad Tobago.

En efecto, en Cuzco, el Papa Wojtyla, el 3 de febrero de 1985, dirigiéndose, en particular, a los campesinos y pobladores de los Andes peruanos, quiso mostrarles su profundo amor y respeto, deseándoles también que sus vidas sean dignas de hombres y de cristianos, palabras recibidas con grandes aplausos:

«La Palabra de Dios leída en esta celebración ha sido elegida para que podamos entrar en lo que constituye el contenido de vuestra vida de cada día, mis queridos campesinos y pobladores de los Andes peruanos. A todos vosotros y a los que no han podido venir, aun deseándolo, os saludo con un abrazo fraterno; a los llegados de los departamentos del Cuzco, de Puno o Apurímac, así como a los procedentes de otras regiones del Perú o que en ellas se dedican a las tareas agrícola. Con esta visita hasta las alturas andinas, el Papa desea manifestaras el amor profundo que siente por vosotros, su vivo respeto ante vuestras condiciones culturales y sociales, el aliento que querría daros para que vuestra vida sea cada vez más digna de hombres y de cristianos».

En la antigua capital del Imperio Incaico, Juan Pablo II alentó a perseverar en la solidaridad y justicia, destacando el sentido de hospitalidad, de prontitud en socorrer a los huérfanos, de generosidad en compartir, defendiendo siempre el derecho a la necesaria y urgente promoción humana y amando la paz:

«Al buscarla con todas vuestras fuerzas, no permitáis que se degrade vuestra dignidad moral y religiosa cediendo a sentimientos de odio o de violencia, sino amad siempre la paz. 

La solidaridad que el libro de Rut nos presenta, es la fuerte llamada que el Papa quiere hacer a los hombres de las ciudades y a los cultivadores de la tierra, para que sean ejemplo de colaboración justa entre el campo y la ciudad, en todo el Perú y en el mundo. No se puede hacer patria sólo con la ciudad ni sólo con el agro. Es necesario ser solidarios unos de otros, estimarse y ayudarse, sin que nadie explote a nadie, porque todos somos hermanos, hijos del mismo Padre, Dios, aunque tengamos distintos servicios en la comunidad».

Después de desear a todos que el trabajo del campo se convierta en una participación en la obra redentora de Jesucristo, el Salvador del mundo, que hablaba con frecuencia de la hierba del campo, del lirio, de los pájaros, del sembrador que lanza la semilla, del pastor que cuida el rebaño, del agricultor que poda las plantas, el Papa Wojtyla exhortó a sentir la presencia de Dios en la naturaleza, en la Providencia que con la luz, la lluvia o el calor nutre y hace crecer los sembríos. Poned en vuestros surcos o campos una mirada a Dios y una oración por vosotros y por los demás. Luego se despidió cariñosamente como padre y amigo:

«Para concluir, con profundo respeto y estima por vosotros, dejo a cada campesino del Perú un abrazo de padre y amigo; a cada hogar vuestro, una cordial bendición; una plegaria por vuestras esposas y seres queridos; una caricia, para que a llevéis vosotros a cada uno de vuestros hijos. La Madre Santísima del Carmen, cuya imagen de Paucartambo voy a coronar canónicamente, os acompañe y proteja».

Al concluir su homilía, Juan Pablo II saludó también en las lenguas andinas aymara y quechua, a los amados hijos campesinos del Cuzco y de todo el Ande Peruano, renovando su gran ilusión y alegría al poder estar entre ello y su sincero y paternal afecto.

(Cecilia de Malak y María Fernanda Bernasconi – RV).

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