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Cuando las elecciones y la vida de la CEE se interpretan desde claves erróneas – editorial Ecclesia

Cuando las elecciones y la vida de la CEE se interpretan desde claves erróneas – editorial Ecclesia

Aun cuando con nuestro comentario Editorial de la página de la pasada semana, ya podríamos dar por zanjada la evaluación de los resultados de las elecciones en la Conferencia Episcopal Española (CEE), desafortunadas valoraciones publicadas por algunos medios de comunicación, particularmente en Internet, al respecto, nos llevan a incidir en el tema.

¿De qué se trata? De que es una equivocación, que induce además a la confusión y al malestar, presentar este proceso electoral con claves y parámetros propios de la dialéctica política: izquierdas, derechas, progresistas, conservadores, que en el caso de la Iglesia se traducirían, según el criterio subjetivo –cuando no interesado- de quienes realizan estas apreciaciones, en obispos de Francisco y en obispos nostálgicos y renuentes al actual Papa. Dividir así a los obispos –ahora y también antes, con referencias a los anteriores Pontífices- es un error, que presta, además, flaco servicio a los interesados, a la comunión eclesial, al Pueblo de Dios y al mismo Papa. Y es que nadie está autorizado, en modo alguno, a expedir carnet de mayor o menor fidelidad al Papa, una fidelidad que es incuestionable –al menos, mientras no se demuestre lo contrario- en nuestros obispos, aunque solo por la sencilla razón de que precisamente son ellos quienes más obligados están a vivir en actitud afectiva y efectiva de comunión con él.

Resulta también injusto y contradictorio que quienes precisamente más se autoproclaman defensores de las libertades y de la pluralidad no respeten la libertad y la pluralidad cuando proceden de quienes no piensan como ellos, proscribiéndolos y anatematizándolos. La comunión eclesial es una realidad dinámica desde el principio básico e inquebrantable de que el Papa es el primer y fundamental garante de la comunión, una comunión que es unidad en y desde la pluralidad y la sinodalidad, lo que la convierte en unidad polifónica y sinfónica. Y no se puede reclamar respeto a los matices, las sensibilidades y los acentos de unos y a la par denigrar los de los otros, solo porque no nos gustan o por creernos los nuevos poseedores y certificadores del tarro de las esencias de un ministerio petrino u otro y de la persona respectiva que lo encarna.

Las elecciones trienales en la CEE no han sido una vuelta al pasado, una involución, un «parar el reloj». Con su habitual mesura y amabilidad, lo dijo muy claro el reelegido presidente de la CEE (página 9 de hoy): «Tenemos puestos en hora los relojes», sincronizados con el Papa y con la realidad del mundo y de la Iglesia. «Nos sintonizamos continuamente, no estamos al margen. Estamos en comunión eclesial con el Papa», una comunión que significa obediencia, oración, apoyo y cariño. ¿O es que alguien podrá dudar de ello simplemente con las biografías y trayectorias en la mano del reelegido presidente y del nuevo vicepresidente? Ambos fueron creados obispos por Juan Pablo II, quien también hizo arzobispo al segundo. A Blázquez lo hizo arzobispo Benedicto XVI, quien, a su vez, creó cardenal y después encomendó a Cañizares una presidencia en la Curia Romana, de donde regresó a España –a nuestra segunda diócesis más poblada y más dinámica- por decisión de Francisco, quien hizo cardenal al primero. Y así podríamos seguir con el resto de los cargos electos y también de los no electos.

Continuidad y renovación, señas de identidad muy habituales en otros procesos electorales en la historia de la CEE, se han vuelto a evidenciar ahora, junto a la lógica necesidad de respetar la ley de dos trienios, que no permite reelecciones tras dos mandatos consecutivos y completos. ¿Alguien, por cierto, podrá poner en duda el acierto de esta normativa, que propicia la renovación y las oportunidades para todos? Todo ello, además, sin olvidar que los obispos se conocen, saben las diócesis que rige cada uno y… hasta saben sus edades respectivas y cómo en la vida puede haber tiempo para todo y para todos…

Las citadas continuidad y renovación –como escribimos la pasada semana-  lo son en aras a la comunión y a la misión. Una comunión que, desde la legítima pluralidad -jamás reñida con la unidad- es integración, es coordinación, es sumar fuerzas, es hacer más de todos lo que es de todos. Y para una misión que no sale sino reforzada cuanto más se realice desde la comunión y la fidelidad al Evangelio.

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