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Desde que el Papa Pablo VI creara la Jornada Mundial de la Paz, todos los años, el día 1 de enero, la Iglesia proclama su mensaje de reconciliación universal y lanza un grito suplicante por la paz y la justicia entre los hombres y los pueblos.
4 de enero de 2009 Es seguro que, en los pocos días que llevamos del año que acabamos de estrenar, nos hemos deseado muchas veces un feliz año nuevo. Y también es seguro que estos deseos parecen en esta ocasión algo más aguados. Junto a las voces que manifiestan este deseo de felicidad se escuchan también otras voces —en los medios de comunicación y también entre los particulares— más pesimistas. Es indudable que estamos en tiempos de crisis, pero por eso estamos también en tiempos de esperanza. La misma palabra crisis tiene actualmente una connotación negativa. Cuando la usamos, indicamos que algo no va bien. Pero me gusta recordar que el sentido más auténtico de la palabra indica, más que una cosa negativa, algo que está cambiando y que puede acabar bien. Pensad, por ejemplo, en las crisis de crecimiento de los niños hasta llegar a la madurez, o en el nacer, que también es un momento crítico. Hemos de aprovechar el momento presente —¡no tenemos otro!— para vivir intensamente. Una buena dosis de realismo es siempre necesaria, pero no podemos centrarnos en las cosas que no van bien; miremos, en cambio, aquellas que sí que van bien y aprovechémoslas al máximo; y las que son mejorables intentemos cambiarlas en lo que esté en nuestra mano. ¿No pensáis que insistir demasiado en las cosas negativas nos hace pesimistas? Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza; si no fuera así seriamos los más desgraciados de todos, puesto que nuestra fe, que no nos aparta del mundo sino que nos ayuda a amarlo y transformarlo, nos da razón de la esperanza. ¡Si somos gente de esperanza démosla, pues, a nuestros conciudadanos! Pero una esperanza activa, que nos lleve a trabajar intensamente, que esto es lo que exige el momento presente: un trabajo firme, bien hecho. Mirad la historia y veréis que los grandes pueblos han resurgido de los momentos de hundimiento gracias a un trabajo intenso. Y con el trabajo intenso dos actitudes más: la solidaridad, que nos lleve a estar cerca de todo el mundo y que nos aleje del pensamiento egoísta de decir: yo estoy bien, los demás que se apañen; y con la solidaridad, la confianza. Si somos gente de fe no olvidaremos nunca que todo está en manos de Dios y que él no nos fallará en ninguna ocasión. Dejadme que una vez más y de todo corazón os desee un feliz año. Recorramos los próximos meses con espíritu de optimismo convencidos de que, con el esfuerzo de todos, podemos construir un mundo más solidario y más habitable donde reinen de verdad la justicia y la paz. + Jaume Pujol Balcells Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado
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