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Queridos diocesanos: Al comenzar el presente Año 2009 con la Jornada Mundial de la Paz, el Papa Benedicto XVI nos ha regalado un precioso Mensaje con el título Combatir la pobreza, construir la paz. Su contenido es tan rico y tan sugerente que nos ofrece un auténtico programa para este año y para toda la vida a los cristianos y a toda persona de buena voluntad, que queramos trabajar por la paz, luchar contra las guerras y erradicar las causas que las originan y sus consecuencias.
Guerra y pobreza o hambre están íntimamente relacionadas. Con frecuencia el hambre es la raíz de la guerra y siempre la guerra origina pobreza y hambre. Combatirlas es luchar por la paz. No sólo la pobreza material, sino también la que el Papa denomina pobreza relacional, moral y espiritual, como la del “subdesarrollo” y el “sobredesarrrollo” de millones de personas y numerosos pueblos.
Si las causas de la pobreza no asumida libremente tienen su raíz en la falta de respeto a la dignidad trascendente de la persona y de sus derechos fundamentales, tampoco es lícito combatir la pobreza con métodos o exigiendo condiciones que atenten contra la dignidad de la persona. Tales serían la regulación de la natalidad impuesta contra la libre decisión de los esposos, el aborto, el infanticidio, la eutanasia, la guerra, el exterminio de personas o pueblos enemigos, las prácticas aplicables a la reproducción de animales, que puedan ofender a la dignidad de la persona...
Formas y métodos correctos para combatir la pobreza y construir la paz son la investigación y el desarrollo, el respeto del medio ambiente, el desarme, la ayuda con personas y medios a la economía, el comercio justo, la educación integral de personas pobres en recursos y de bajo nivel moral y espiritual y de pueblos pobres y subdesarrollados.
Un principio fundamental en la lucha contra la pobreza y en la construcción de la paz en un mundo globalizado es la globalización de la solidaridad o la “solidaridad global – como dice el Papa – tanto entre países ricos y países pobres, como dentro de cada país, aunque sea rico. Es preciso un «<código ético común> - sigue diciendo el Papa - cuyas normas no sean sólo fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo ser humano. Cada uno de nosotros ¿no siente acaso en lo recóndito de su conciencia la llamada a dar su propia contribución al bien común y a la paz social?”.
Al afrontar la tarea de construir la paz y combatir la pobreza, no basta ni es el camino más correcto esperarlo todo del Estado. Es fundamental la responsabilidad de las personas y es necesaria la acertada colaboración y las sinergias que se crean en esa colaboración entre las personas, la sociedad civil y el Estado.
Es un error confiar la solución a medidas meramente técnicas, como la creación de estructuras, ajuste de precios, subvenciones anónimas... Es imprescindible una base ética y moral en todas las personas y en las instituciones. Para los cristianos sigue vigente el mandato del Señor del “amor preferencial por los pobres”
“La lucha contra la pobreza – afirmamos con el Santo Padre – necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de su auténtico desarrollo humano”. Tomando como referencia el mandato del Señor Dadles vosotros de comer, y un párrafo de la Encíclica Centessimus Annus del Papa Juan Pablo II, nos dice Benedicto XVI: “Fiel a esta exhortación de su Señor, la comunidad cristiana no dejará de asegurar a toda la familia humana su apoyo a las iniciativas de una solidaridad creativa, no sólo para distribuir lo superfluo, sino cambiando <sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad>”.
Apliquemos estos principios a la situación de la crisis en nuestra provincia. Estoy seguro de que algo cambiará.
Os saluda y bendice vuestro Obispo
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