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Los derechos humanos fundamentales, un dato de alcance universal Imprimir E-Mail
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Escrito por Traducción de ECCLESIA   
jueves, 11 de diciembre de 2008

Discurso de Benedicto XVI tras el concierto organizado por el Pontificio Consejo «Justicia y Paz» en el LX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (10-12-2008)Image

Ilustres señores y amables señoras, queridos hermanos y hermanas:

 

Dirijo un cordial saludo a las autoridades aquí presentes, especialmente al presidente de la República Italiana, a las demás autoridades italianas, al Gran Maestre de la Orden de Malta y a todos los participantes en esta velada dedicada a la escucha de piezas de música clásica, interpretadas por la Brandenburgisches Staatsorchester de Fráncfort, dirigida en esta ocasión por la directora Inma Shara. A ella y a los profesores de dicha agrupación deseo expresarles el común aprecio por el talento y la eficacia con que han interpretado tan sugestivas páginas musicales. Doy las gracias al Pontificio Consejo «Justicia y Paz» y a la «Fundación San Mateo en memoria del cardenal François-Xavier Van Thuân» por la organización de este concierto, al que le han precedido el acto conmemorativo del LX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; la entrega del premio Cardenal Van Thuân 2008 al señor Cornelio Sommaruga, ex presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, y la de los premios «Solidaridad y desarrollo» al padre Pedro Opeka, misionero en Madagascar; al padre José Raul Matte, misionero entre los leprosos del Amazonas; a los destinatarios del proyecto Gulunap para la creación de una facultad de Medicina en el norte de Uganda, y a los responsables del proyecto Villaggio degli Ercolini para la integración de niños y muchachos de etnia gitana en Roma. Vaya también mi saludo agradecido a cuantos han colaborado en la realización del concierto y a la RAI que lo ha retransmitido, ampliando así la audiencia de sus beneficiarios.

El 10 de diciembre de hace sesenta años, la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en París, adoptaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que sigue constituyendo hoy en día un punto de referencia altísimo del diálogo intercultural sobre la libertad y los derechos humanos. Sólo se garantiza realmente la dignidad de todo hombre cuando todos sus derechos fundamentales gozan de reconocimiento, tutela y promoción. Desde siempre reitera la Iglesia que los derechos fundamentales, más allá de la distinta formulación y del diferente valor que pueden adquirir en el ámbito de cada cultura, constituyen un dato de alcance universal inscrito en la propia naturaleza humana. La ley natural, grabada por el Creador en la conciencia humana, es un denominador común de todos los hombres y de todos los pueblos; es una guía universal que todos pueden conocer y sobre cuya base todos pueden entenderse. Por consiguiente, los derechos humanos se basan, en última instancia, en Dios creador, que ha otorgado a cada uno de nosotros inteligencia y libertad. Si se prescinde de tan sólida base ética, los derechos humanos se vuelven frágiles, al quedar faltos de un fundamento firme.

La celebración del sexagésimo aniversario de la Declaración brinda, pues, la ocasión de comprobar hasta qué punto las diferentes legislaciones nacionales y —cosa aún más importante— las conciencias individuales y colectivas respetan hoy los ideales aceptados por la mayoría de la comunidad de las naciones en 1948. No cabe duda de que se ha recorrido un largo camino, pero aún queda un tramo extenso por completar: cientos de millones de hermanos y hermanas nuestros siguen viendo amenazados sus derechos a la vida, a la libertad, a la seguridad; no siempre se respeta la igualdad entre todos los hombres o la dignidad de cada uno de ellos, al tiempo que se erigen nuevas barreras por motivos relacionados con la raza, la religión, las opiniones políticas u otras convicciones. Que no cese, pues, el compromiso compartido de fomentar y definir mejor los derechos humanos, y que se intensifique el esfuerzo para garantizar su respeto. Acompaño estos votos con la oración para que Dios, Padre de todos los hombres, nos permita construir un mundo en el que cada ser humano se sienta acogido con plena dignidad y donde las relaciones entre los individuos y entre los pueblos estén regidas por el respeto, el diálogo y la solidaridad. Vaya a todos mi bendición.

 

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)

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