Carta del Arzobispo de Granada, D. Javier Martínez, con motivo del Día de la Iglesia Diocesana
Escrito por Ecclesia Digital
miércoles, 12 de noviembre de 2008
A los sacerdotes, religiosos y fieles cristianos de la Diócesis con motivo del Día de la
Iglesia Diocesana.
Queridos hermanos y amigos:
Cuando la Iglesia Universal, o la
Iglesia que vive en un territorio determinado, como España, propone la
celebración de una Jornada especial, es siempre porque trata de poner de
relieve un aspecto de la vida de la fe o de la vida cristiana que, por uno u
otro motivo, necesita ser recordado. El Día de la Iglesia Diocesana, que se
aproxima ya, tiene el sentido de recordarnos que la vida cristiana —que es la
vida de la Iglesia— se vive siempre formando parte de una Iglesia particular
concreta, de una porción concreta de la familia de Dios, que toma cuerpo en una
Diócesis, presidida por un sucesor de los Apóstoles, esto es, por un Obispo. El
Obispo, en comunión con el sucesor de Pedro, es, como dice el Concilio, “el
principio y el fundamento visible de la unidad en su propia Iglesia”
(Constitución Lumen Gentium, 23).
De manera análoga al modo como se es hombre o mujer en el seno de una familia
concreta, y es en las relaciones de esa familia donde uno se introduce y vive
la común humanidad, así ha querido el Señor que sea en la Iglesia. También la
vida cristiana —el don de Cristo—, llega a nosotros en una historia concreta,
en la comunión y en la fe, la esperanza y la caridad que vivimos en una Iglesia
particular. Y es en esa Iglesia Particular o Diócesis donde recibimos los
sacramentos, por los que Cristo se nos da y nos sostiene en la vida con su amor;
y es también en esa Iglesia Particular donde, quienes hemos recibido un carisma
concreto, realizamos las obras apostólicas de un tipo o de otro que tratan de
comunicar a Jesucristo a otros hombres y mujeres, o de acompañarles en la vida.
Así define el Concilio Vaticano II a la Diócesis: “La Diócesis es una
porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con
la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por
él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una
Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo,
que es Una, Santa, Católica y Apostólica” (Decreto Christus Dominus, 11).
Lo que este pasaje significa es, precisamente, que el cristianismo no es un
conjunto de creencias o de valores que cada uno vive, o puede vivir,
individualmente, y que la Iglesia sería, según el modelo asociativo de las
sociedades liberales, la asociación libre de esos individuos para promover sus
ideas, sus valores, o los ritos que expresan las unas y los otros. No. La
Iglesia no es una especie de club o de asociación de los que piensan lo mismo,
y quieren vivir de la misma manera o de manera parecida. La Iglesia es una
familia creada por el don de Cristo —la vida de hijos de Dios— y, al igual que
la familia de la carne, nos precede, nos configura, no la hacemos nosotros a
nuestra medida, sino que es ella la que nos da la vida y nos hace, aunque sin
duda cada uno la enriquecemos con nuestra aportación personal. No es tanto algo
que hacemos como algo que recibimos, y que no nos es dado “construir” a nuestro
arbitrio, sino que es preciso ante todo acoger como un don, indispensable para
participar de la vida que Cristo nos da. El cristianismo no se vive de manera
individualista, ni se vive en abstracto. Se vive siempre en una Iglesia
particular, a la que uno pertenece como a su familia. Cuando no es así, el
resultado no es la Iglesia de Jesucristo.
Evidentemente, si la Iglesia quiere subrayar mediante una jornada la noción de
Iglesia Diocesana es porque lo considera necesario y útil para nuestras vidas.
Los factores que tienden a oscurecer la conciencia de lo que es la Diócesis y
lo que la Diócesis nos da son múltiples: por un lado, está el individualismo
(particular o de grupo) que nos es imbuido por la cultura ambiente, lo mismo
que un modelo de asociación constituida por unos lazos no estables, o la
influencia de los modelos burocráticos de organización, que pesan
extraordinariamente sobre nuestros modos de concebir y de vivir la Iglesia.
Igualmente pesa el reduccionismo que sólo entiende la fe como un conjunto de
“creencias” o de “ideas”. Todos estos son factores culturales, que siempre
tienen una influencia sobre la autoconciencia de la Iglesia y la debilitan
extraordinariamente, casi sin que nos demos cuenta. En otro sentido, pero es de
igual forma un factor cultural propio de nuestro tiempo, influye también en el
empobrecimiento del sentido de pertenencia a una Iglesia particular la
extraordinaria movilidad de las personas en nuestro mundo, la facilidad para
desplazarse, así como el fenómeno de la globalización y de la
internacionalización de las relaciones humanas. Todos estos factores debilitan
la conciencia de pertenencia de las personas, no sólo a la Iglesia, sino
también a otras realidades igualmente preciosas, como la familia, el pueblo o
la nación. Lo local tiende a diluirse, o a afirmarse sólo en términos de
intereses y de poder “frente” a alguna organización considerada
“central”. Y sin embargo, la vida humana sólo se realiza en espacios
“locales”, y cuanto más personales y abarcables sean esos espacios, mejor. El
anonimato de las metrópolis contemporáneas, en cambio, tiende de mil maneras a
deteriorar nuestra humanidad.
Todos estos aspectos de la vida contemporánea repercuten en la vida de la
Iglesia de diversos modos. Y todos, incluso los más negativos, son también una
oportunidad para cuidar mejor nuestra vida eclesial, y por tanto nuestra
humanidad. Pero, precisamente, cuando se presta atención a estos aspectos, se
percibe mejor que la vida que Cristo nos da en la comunión de la Iglesia es un
don precioso: no sólo eso, sino que la vida de la Iglesia es lo más precioso
que hay sobre la tierra, porque la presencia y el don de Cristo que no cesan de
dársenos en ella son el bien más grande que los hombres podemos tener.
Por eso, la jornada de la Iglesia Diocesana nos ayuda a recuperar, a retomar,
algunos aspectos sustantivos de la experiencia cristiana. Nos da el marco justo
de la pertenencia y, al mismo tiempo, nos recuerda el bien (los muchos bienes)
que están ligados a esa pertenencia bien vivida.
Todos formamos la Iglesia diocesana. Todos los cristianos que vivimos en la
Diócesis, aunque sea por un tiempo. Incluso los visitantes, tan numerosos entre
nosotros, son parte nuestra, son miembros de la Iglesia Una que, mientras están
entre nosotros, participan con nosotros y aquí de la plenitud de vida que
Cristo nos ofrece a todos.
Esenciales a la vida de la Iglesia diocesana son las parroquias, que son el
modo común como la vida de la Iglesia se acerca a la vida de los barrios, de
las familias, de las personas. En ellas, y en comunión con el Obispo, se vive y
se celebra la totalidad de los aspectos de la vida cristiana. Pero las
parroquias no están solas, ni son las únicas comunidades eclesiales. Junto a
las parroquias están las comunidades religiosas, de todo tipo, que proclaman
que Cristo es capaz de llenar la vida de un hombre o de una mujer, y que
sostienen en la Diócesis obras apostólicas de todo tipo, sobre todo de carácter
educativo o social. Y están los Institutos Seculares, y los movimientos,
antiguos y nuevos, y las comunidades, neocatecumenales o de otros tipos, y una
infinidad de grupos constituidos o más o menos informales, que procuran
testimoniar a Cristo en la vida, y que llevan a cabo mil tareas de
evangelización y de participación en la misión que todos juntos tenemos: dar
testimonio y comunicar el bien que nosotros hemos recibido, para que nadie se
vea privado de él. Pues bien, todos nosotros, todos juntos, formamos la
Diócesis, esta porción de la Iglesia de Cristo que vive aquí, en Granada.
Lo más importante es amarla. Y amar todas las realidades que la componen.
Desear el bien a todas, apreciarlas por lo que son y lo que aportan al bien
común, al tesoro común de santidad y de vida, que es de todos. Cuando soy
consciente de lo que la Iglesia me da, y de lo que la Iglesia representa en la
vida (el lugar en el que Cristo me alcanza y se me da, el lugar en el que me
llega su ternura y su misericordia), uno comprende que la Iglesia es la
realidad más querida en el mundo, la más indispensable, y el regalo más grande
del Señor, pertenecer a ella, ser parte de ella.
Luego hay que pedirle al Señor que las relaciones que se dan entre nosotros
reflejen las relaciones que han de darse entre los miembros del Cuerpo de
Cristo. Que no son relaciones de interés, o de cálculo, o como son con tanta
frecuencia las relaciones en el mundo: te doy para obtener algo, o porque
tienes algo que a mí me interesa, o porque quiero utilizarte para un fin que,
en definitiva, es mío. Así son las relaciones comerciales, pero ya las de una
familia sana no se rigen por esos principios: la gratuidad tiene un papel mucho
más importante. Y también en la Iglesia debe tenerlo en las relaciones entre
las personas, y entre las instituciones. Ser el Cuerpo de Cristo significa
vivir una comunión que es sólo don de Dios, y que por eso sólo podemos desear,
pedir, cuidar en la medida en que nos es dada. Pero la forma de la comunión es,
si se quiere, la gratuidad, es decir, el anteponer el bien del otro, de los
otros, a mi interés, como el Señor se entrega por nosotros, no porque tenga
necesidad de nosotros, o nosotros podamos “darle” algo, sino porque nosotros
tenemos necesidad de Él. Otro nombre posible de esta comunión es el de amistad,
en el sentido que el Señor le dio en la Última Cena.
De esta vida de comunión brota también la necesidad del corazón de la comunión
de bienes, de sostener entre todos las obras de la Iglesia. Como sabéis, este
año entra ya en vigor la nueva forma de financiación de la Iglesia, que
dependerá sólo de las ayudas de los fieles, mediante el IRPF o mediante
donativos y suscripciones, y otros tipos de ayudas. Yo os exhorto, os suplico,
que seáis generosos. Todos. Los que tenéis más medios y los que tenéis pocos.
Suscribíos, si podéis, a vuestras parroquias o al mismo Arzobispado. Colaborad
y difundid la campaña “Por tantos”, de forma que los católicos españoles
podamos sostener la vida de la Iglesia, como hacen los católicos de todos los
países.
Entre todos, hemos de sostener los seminarios y los centros de estudio donde se
forman los seminaristas. Entre todos, construir las parroquias nuevas que
necesita Granada. Y hemos de sostener las parroquias que existen, y mejorarlas.
Es verdad que hemos estado muy mal acostumbrados durante décadas, porque el
Estado hacía lo que siempre hubiéramos debido hacer nosotros mismos. Es verdad
que, además, en la Diócesis de Granada, ha existido la costumbre, en décadas
pasadas, de hacer frente a las necesidades vendiendo patrimonio que la Diócesis
tenía. Pero ahora todo eso se ha acabado. La Iglesia podrá hacer lo que
nosotros podamos sostener que haga. Eso es una purificación, es una gracia.
Porque nos pone a nosotros y a nuestra libertad ante nuestra responsabilidad,
nos permite ver con nuestros ojos, sin engañarnos a nosotros mismos, cuál es
nuestro amor a la Iglesia, cuál es nuestro aprecio por la vida que Cristo nos
da en ella.
Sed, pues, generosos. No sólo el día de la Iglesia Diocesana, sino a lo largo
del año. A pesar de la crisis. Precisamente por causa de la crisis, tenemos
todos más necesidad de Dios. Y, sobre todo, orad para que, en este momento
preciso de la historia, una comunión cada vez más grande entre nosotros muestre
al mundo la belleza de “ser Iglesia”, de ser cristiano, de pertenecer a este
precioso Pueblo hecho de todos los pueblos, a esta gracia sin límites.
Pedídselo al Señor, y a la Santísima Virgen, que esa es una oración que es
escuchada siempre.