Los discursos de Benedicto XVI y Bartolomé I en español
Escrito por Ecclesia Digital
martes, 21 de octubre de 2008
El sábado 18 de octubre de 2008, a las 17.00 horas en la Capilla Sixtina, con ocasión de la participación
del Patriarca Ecuménico Bartolomé I en la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos, el Santo Padre Benedicto XVI ha presidido la celebración
de las Primeras Vísperas del XXIX domingo del tiempo “per annum”. Participaron
el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, los Miembros de la Presidencia del Sínodo
de los Obispos, 60 Cardenales y Patriarcas, 170 Arzobispos y Obispos, 200
Presbíteros, Religiosos y Laicos participantes de la XII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
PALABRAS
DEL SANTO PADRE:
Durante la Celebración, después de la
intervención del Patriarca Ecuménico, el Santo Padre ha pronunciado las
siguientes palabras:
Santidad:
De todo corazón quiero decirle "Gracias" por Sus palabras. El aplauso
de los Padres era mucho más que una expresión de cortesía, era verdaderamente
la expresión de una profunda alegría espiritual y de una experiencia viva de
nuestra comunión. En este momento hemos vivido realmente el "Sínodo":
Hemos estado juntos en marcha en la tierra de la Palabra divina bajo la guía de
Vuestra Santidad y hemos gustado de la belleza, con la gran alegría de ser
oyentes de la Palabra de Dios, de habernos confrontado con este don de su
Palabra.
Todo lo que Usted dijo estaba nutrido profundamente con el espíritu de los
Padres, de la Sagrada Liturgia, y precisamente por esta razón estaba también
intensamente contextualizado en nuestro tiempo, con un gran realismo cristiano
que nos hace ver los desafíos. Hemos visto que ir al corazón de la Sagrada
Escritura, encontrar realmente la Palabra en las palabras, penetrar en la
palabra de Dios, abre también los ojos hacia nuestro mundo, hacia la realidad
de nuestros días.
Y ésta fue además una experiencia gozosa - una experiencia de unidad ,no
perfecta tal vez , pero sí verdadera y profunda. He pensado: vuestros Padres,
que Usted ha citado ampliamente, son también nuestros Padres, y los nuestros
son también los vuestros: si tenemos Padres comunes, ¿cómo podríamos no ser
sino hermanos entre nosotros? Gracias Santidad. Sus palabras nos acompañarán en
el trabajo de la próxima semana, nos iluminarán y estaremos aún durante la
próxima semana - y más allá de ella - en camino junto a Usted.
A continuación publicamos el discurso del Patriarca Ecuménico Bartolomé I:
Su Santidad,
Padres Sinodales
Es al mismo tiempo con humildad e inspiración haber sido amablemente invitado
por Su Santidad a dirigir, con mis mejores auspicios, a esta XII Asamblea
General Ordinaria Sínodo de Obispos, un encuentro histórico de los Obispos de
la Iglesia Católica Romana de todo el mundo, reunidos en este lugar para
meditar sobre la “Palabra de Dios” y discutir sobre la experiencia y la expresión
de esta Palabra “en la vida y en la misión de la Iglesia”.
Esta gentil invitación de Su Santidad hacia quienes modestamente os hablamos,
es un gesto lleno de significado e importancia -oso deciros, un evento
histórico importantísimo. Es la primera vez en la historia que se le ofrece a
un Patriarca Ecuménico la oportunidad de dirigirse a un Sínodo de Obispos de la
Iglesia Católica Romana y, por eso, ser parte de la vida de su Iglesia hermana
al más alto nivel. Vemos esto como una manifestación de la obra del Espíritu
Santo que guía nuestras Iglesias para que se aproximen y profundicen sus
relaciones respectivamente, un paso importante hacia la restauración de nuestra
plena unidad.
Es bien sabido que la Iglesia Ortodoxa atribuye al sistema sinodal una importancia
eclesiológica fundamental. Conjuntamente al primado de la “sinodalidad”
constituye la columna vertebral del gobierno y organización de la Iglesia. Como
nuestra Comisión internacional para la Unidad del Diálogo Teológico entre
nuestras iglesias ha expresado en el documento de Ravena, esta interdependencia
entre la entre el primado de la “sinodalidad” incumbe todos los niveles de la
Iglesia: local, regional y universal. Por esto, al tener el día de hoy el
privilegio de dirigirnos a Vuestro Sínodo, nuestras esperanzas crecen para que
llegue el día en el que ambas Iglesias converjan totalmente sobre el papel de
dicho primado y de la “sinodalidad” en la vida de la Iglesia, para lo cual
nuestra Comisión teológica dedica hoy sus estudios.
El tema al que este Sínodo de los Obispos dedica sus trabajos tiene importancia
crucial, no sólo para la Iglesia Católica Romana sino para todos aquellos que
están llamados a testimoniar a Cristo en nuestro tiempo. Misión y
evangelización siguen siendo un deber permanente de la Iglesia de todos los
tiempos y lugares, de hecho éstas forman parte de la naturaleza de la Iglesia,
desde que se le llama “Apostólica”, en el sentido de su fidelidad a la
enseñanza original de los apóstoles y, por ello, a la proclamación de la Palabra
de Dios, en todos los tiempos y en todo contexto cultural. La Iglesia necesita,
por esto, volver a descubrir la Palabra de Dios en cada generación y lo hace
con un renovado vigor y persuasión también en nuestro mundo contemporáneo, y en
el profundo de en nuestros corazones tiene sed del mensaje de paz, esperanza y
caridad de Dios.
Este servicio para evangelizar debería, en efecto, mejorar y reforzarse
ampliamente, si todos los cristianos tuvieran en la capacidad de realizarlo con
una sola voz y como una Iglesia unida. En esta oración al hijo del Padre antes
de Su pasión, nuestro Señor ha dejado bien claro que la unidad de la Iglesia es
indestructible a su misión “que ellos sean uno en nosotros” (Jn 17, 21). Es por
esto más adecuado que el Sínodo abra sus puertas a los delegados de la
fraternidad ecuménica para que todos seamos conscientes de nuestra común
servicio para evangelizar, así como conocer las dificultades y problemas en su
ejecución en nuestro mundo actual.
Indudablemente este Sínodo ha estudiado el tema de la Palabra de Dios en
profundidad y en sus aspectos tanto teológicos como prácticos y pastorales. En
nuestro modesto discurso, quisiera limitarlo a nosotros mismos para compartir
con vosotros algunos pensamientos sobre el tema de este evento, delineando el
modo como la tradición ortodoxa lo ha enfocado a lo largo de siglos y, en
particular, siguiendo la enseñanza patrística. Quisiéramos concentrarnos, más
concretamente, en tres aspectos de este tema: la escucha y la proclamación de
la Palabra de Dios de las Sagradas Escrituras, la visión de la Palabra de Dios
en la naturaleza y por encima de la belleza de los iconos y, finalmente,
compartirla en relación con la Palabra de Dios en comunión con los santos y
vida sacramental de la Iglesia. Pensamos que todo esto es crucial para la vida
y la misión de la Iglesia.
Para conseguirlo, hacemos uso de la rica tradición Patrística, elaborada al
principio del tercer siglo y exponemos la doctrina de los cinco sentidos
espirituales. Para escuchar de la Palabra de Dios, contemplar la Palabra de
Dios, tocar la Palabra de Dios que son modos espirituales de percibir el único
misterio divino. En base a los Proverbios 2, 5 sobre la “divina facultad de la
percepción (aἵsqhsiϚ), Origen de Alejandría, afirmó: los sentidos revelan como
miradas para contemplar las formas inmateriales, escucha para discernir las
voces, gusto para saborear el pan viviente, olfato para gustar la fragancia
espiritual, y tacto para palapar la Palabra de Dios que es aprovechada por cada
facultad de nuestra alma.
Los sentidos espirituales se describen de varias maneras como los “cinco
sentidos del alma”, lo “divino” o las “facultades interiores”, así también las
“facultades del corazón” o de la “mente”. Esta doctrina inspiró la teología de
los Capadocianos (especialmente la de Basil el Grande y Gregorio de Nissa), así
como lo hicieron para la teología los Padres del Desierto (especialmente
Evagrius de Pontus y Macarius el Grande).
1. La escucha y la proclamación de la Palabra de Dios de las Sagradas
Escrituras
En cada celebración de la Divina liturgia de san Juan Crisóstomo, el celebrante
que preside la Eucaristía reza “podríamos haber sido hechos dignamente para
escuchar el Espíritu santo”. Para “oír, ver y tocar la Palabra de vida” (1 Jn
1, 1) no son ni los primeros, ni es el primer lugar para nuestros títulos o
herencia como seres humanos, más bien, son nuestros privilegios y el don como
criaturas del Dios viviente. La Iglesia católica es, por encima de todo, una
Iglesia bíblica. Aunque los métodos de interpretación puedan haber variado de
un Padre de la Iglesia a otro, de “escuela” a “escuela” y del este al oeste; la
Escritura siempre ha sido acogida como realidad viviente y jamás como libro
muerto.
Por lo tanto, en el contexto de la fe viviente la Escritura es el testimonio
vivo de la historia vivida de la relación del Dios viviente con los pueblos
vivientes. La Palabra “quien habló con los profetas “ (Credo
Nicene-Constantinopoli), se dice para ser escuchada y tener efecto. Es, antes
que nada, una comunicación oral y directa planeada para los seres humanos. El
texto escrito es, por lo tanto, derivado y secundario y sirve siempre al
lenguaje hablado. No se transmite mecánicamente, sino que es comunicado de
generación en generación como un mundo viviente. A través del profeta Isaías,
el Señor había prometido:
“Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que
empapan la tierra... Así será mi palabra, la que salga de mi boca [...] y haya
cumplido aquello a que la envié” (55, 10-11).
Además, como san Juan Crisóstomo explica, la Palabra divina demuestra profunda
consideración (sugκatάbasiϚ) a la diversidad personal y contextos culturales de quienes
escuchan y acogen. La adecuación de la Palabra a la específica realidad `personal
y al contexto cultural particular define la dimensión misionera de la Iglesia,
que es llamada a transformar la simple palabra a través de la Palabra. En el
silencio como en una declaración o en la oración como en la acción, la Palabra
divina se orienta al mundo entero, “haced discípulos a todas las gentes” (Mt
28, 19) sin privilegio ni prejuicio de raza, cultura, género y clase. Cuando
tratamos de llevar a cabo la misión divina, estamos confiados porque “Yo estoy
con vosotros todos los días” (Mt 28, 20). Estamos llamados a proclamar la
Palabra divina en todas las lenguas, “Me he hecho todo a todos para salvar a
toda costa a algunos” (1 Cor 9, 22).
Como discípulos de la Palabra de Dios, por esto, hoy en día es más que nunca
necesario que ofrezcamos una única perspectiva - más allá de lo social,
político y económico - en la medida de la necesidad de erradicar la pobreza,
proporcionar equilibrio en el mundo global, combatir el fundamentalismo y el
racismo, y desarrollar la tolerancia religiosa en el mundo de conflicto. Como
respuesta a las necesidades de pobreza del mundo, frágil y marginado, la
Iglesia puede probar a generar una digno distintivo del espacio y del carácter
de la comunidad global. Mientras que el lenguaje teológico de la religión y la
espiritualidad difiera del vocabulario técnico de la economía y de la política,
las barreras que, en una primera instancia, aparecen separar los asuntos
religiosos (tales como el pecado, la salvación y la espiritualidad) del interés
pragmático (tales como el comercio, el intercambio y la política) no sean
impenetrables, no se quebrarán los múltiples desafíos de la justicia social y
de la globalización.
Sea que hayamos tratado sobre el ambiente y la paz, la pobreza y el hambre, la
educación y la salud, actualmente aumenta un marcado sentido de la preocupación
general y de responsabilidad común, que es percibida como una fuerza de la
gente que tiene fe, tanto como entre quienes tienen una mirada expresamente
secular. De ninguna manera. nuestro compromiso con estos asuntos socaba o
suprime las diferencias existentes entre las varias disciplinas o está en
desacuerdo con quienes ven el mundo de diferente manera. A pesar de esto, hoy
se favorece una responsabilidad creciente y común para conseguir el bienestar
de la humanidad. Es un encuentro entre individuos e instituciones que actúa
como una buena señal para el mundo. Es un compromiso que destaca la suprema
vocación y misión de los discípulos y seguidores de la Palabra de Dios que
trasciende las diferencias políticas y religiosas para transformar el entero
mundo visible para la gloria del Dios invisible.
2. Ver la Palabra de Dios - La belleza de los iconos y de la naturaleza
En ninguna otra parte lo invisible se hace más visible que en la belleza de la
iconografía y en la maravilla de la creación. En las palabras del defensor de
las imágenes sagradas, San Juan Damasceno: “En cuanto creador del cielo y la
tierra, Dios, la Palabra, fue el primero que pintó y retrató los iconos”. Cada
pincelada del pincel de un iconógrafo - como cada palabra de una definición
teológica, cada nota musical cantada en salmodia y cada piedra esculpida de una
diminuta capilla o de una magnífica catedral - articula la divina Palabra en la
creación, que alaba a Dios en cada ser y en cada cosa que vive (cfr. Sal
150,6).
Cuando afirmó las imágenes sagradas, el Séptimo Concilio Ecuménico de Nicea no
se estaba ocupando del arte religioso; estaba continuando y confirmando las
primeras definiciones sobre la plenitud de la humanidad de la Palabra de Dios. Los
iconos nos recuerdan visiblemente nuestra vocación divina; nos invitan a
elevarnos más allá de nuestras triviales preocupaciones e ínfimas reducciones
del mundo. Nos alienta a buscar lo extraordinario en lo realmente ordinario, a
estar llenos del mismo asombro que caracterizó la maravilla divina en el
Génesis: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). La
palabra griega para decir “bondad” es κάλλος, que implica -etimológica y
simbólicamente- un sentido de “llamada”. Los iconos subrayan la misión
fundamental de la Iglesia de reconocer que todas las personas y todas las cosas
son creadas para ser, y están llamadas a ser, “buenas” y “bellas”.
En efecto, los iconos nos recuerdan otro modo de ver las cosas, otro modo de
experimentar realidades, otro modo de resolver conflictos. Estamos llamados a
asumir lo que la himnología del domingo de Pascua llama “otro modo de vida”,
puesto que nos hemos comportado de manera arrogante y desdeñosa con la
creación. Hemos rehusado contemplar la Palabra de Dios en los océanos de
nuestro planeta, en los árboles de nuestros continentes y en los animales de
nuestra tierra. Hemos renegado de nuestra verdadera naturaleza, que nos invita
a rebajarnos lo suficiente para escuchar la Palabra de Dios en la creación, si
deseamos ser “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1,4). ¿Cómo ignorar las
amplias implicaciones de la Palabra divina hecha carne? ¿Por qué no logramos
percibir la naturaleza creada como la extensión del Cuerpo de Cristo?
Los teólogos cristianos de Oriente siempre resaltaban las proporciones cósmicas
de la encarnación divina. La Palabra encarnada es intrínseca a la creación, que
vino a la vida a través de las palabras divinas. San Máximo el Confesor insiste
en la presencia de la Palabra de Dios en todas las cosas (cfr. Col 3,11); el
Logos divino está en el centro del mundo, revelando misteriosamente su
principio original y su finalidad última (cfr. 1 P 1,20). Éste es el misterio
que describe san Atanasio de Alejandría:
El Logos (escribe) no está contenido en ninguna cosa y, sin embargo, contiene
cada cosa; está en cada cosa pero fuera de cada cosa... el primogénito de todo
el mundo en cada uno de sus aspectos.
El mundo entero es un prólogo al Evangelio de San Juan. Y cuando la Iglesia no
reconoce las dimensiones más vastas, cósmicas, de la Palabra de Dios,
restringiendo sus preocupaciones a problemas puramente espirituales, desatiende
su misión de implorar a Dios para que transforme -siempre y en todo lugar, “en
todas partes en Su dominio”- el entero cosmos contaminado. No hay que
maravillarse si el Domingo de Pascua, cuando la celebración pascual alcanza su
culmen, los cristianos ortodoxos cantan:
Ahora cada cosa se llena de luz divina: el cielo y la tierra, y todas las cosas
bajo la tierra. Regocíjese toda la creación.
Toda genuina “ecología profunda” está, por consiguiente, inextricablemente
unida a la teología profunda: Incluso una piedra, escribe Basilio el Grande,
lleva la huella de la Palabra de Dios. Ésta es la verdad de una hormiga, de una
abeja y de un mosquito, las más pequeñas de las criaturas. Pues Él se extiende
en los amplios cielos y yace en los inmensos mares; y Él creó el minúsculo
hueco del aguijón de la abeja.
Recordar nuestra pequeñez en la vasta y maravillosa creación de Dios subraya
únicamente nuestro papel central en el designio de Dios para la salvación del
mundo entero.
3. Tocar y compartir la Palabra de Dios - La comunión de los santos y los
sacramentos de la vida
La Palabra de Dios se “mueve hacia fuera de sí misma en éxtasis” (Dionisio el
Areopagita) de modo persistente, buscando apasionadamente “poner su Morada
entre nosotros” (Jn 1,14), que el mundo pueda tener vida en abundancia (Jn
10,10). La misericordia compasiva de Dios es derramada y compartida “para que
multiplique los objetos de Su beneficencia” (Gregorio el Teólogo). Dios asume
todo lo que es nuestro, “ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el
pecado” (Hb 4,15), para ofrecernos todo lo que es de Dios y convertirnos en
dioses por la gracia. “Siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de
enriqueceros con su pobreza”, escribe el gran Apóstol Pablo (2 Co 8,9), al cual
tan acertadamente está dedicado este año. Esto es la Palabra de Dios; le
debemos gratitud y gloria.
La Palabra de Dios recibe su total encarnación en la creación, sobre todo en el
Sacramento de la Santa Eucaristía. En ella la Palabra de Dios se hace carne y
nos permite, ya no simplemente oírle o verle, sino tocarle con nuestras propias
manos, como declara san Juan (1 Jn 1,1), y nos hace partícipes de su propio
cuerpo y sangre (σύσσωμοι και σύναιμοι) en palabras de san Juan Crisóstomo. En
la Sagrada Eucaristía oímos la Palabra y al mismo tiempo la vemos y compartimos
(κοινωνία). No es una casualidad que en los primeros documentos eucarísticos, como
el libro de la Revelación y la Didaché, la Eucaristía fuera asociada a la
profecía, y los obispos que la presidían eran vistos como los sucesores de los
profetas (ej. Martyrion Polycarpi). La Eucaristía ya fue descrita por san Pablo
(1Co 11) como “proclamación” de la muerte de Cristo y Su Segunda Venida. Puesto
que la finalidad de las Escrituras es esencialmente la proclamación del Reino y
el anuncio de realidades escatológicas, la Eucaristía es un anticipo del Reino
y, en este sentido, la proclamación de la Palabra por excelencia. En la
Eucaristía, Palabra y Sacramento se convierten en una única realidad. La
palabra deja de ser “palabras” y se hace “Persona”, encarnándose en todos los
seres humanos y en toda la creación.
En la vida de la Iglesia, el vaciarse de sí mismo de forma inconmensurable
(κένωσις) y el compartir generoso (κοινωνία) del Logos divino se refleja en la
vida de los santos como experiencia tangible y expresión humana de la Palabra
de Dios en nuestra comunidad. En este sentido, la Palabra de Dios se convierte
en Cuerpo de Cristo, crucificado y glorificado al mismo tiempo. Como
consecuencia, el santo vive una relación orgánica con el cielo y la tierra, con
Dios y toda la creación. En una lucha ascética, el santo reconcilia la Palabra
y el mundo. Mediante el arrepentimiento y la purificación, el santo se colma -
como insiste san Isaac el Sirio - de compasión por todas las criaturas, que es
la suprema humildad y perfección.
Por eso el santo ama con fervor y amplitud, ambas incondicionales e irresistibles.
En los santos, conocemos la verdadera Palabra de Dios, puesto que - como afirma
san Gregorio Palamas - Dios y sus santos comparten la misma gloria y esplendor.
En la dulce presencia de un santo, aprendemos que la teología y la acción coinciden.
En el amor compasivo del santo, hacemos experiencia de Dios como “nuestro
Padre” y de la misericordia de Dios como “eterna” (Sal 135). El santo se
consume con el fuego del amor de Dios. Por esta razón los santos transmiten
gracia y no pueden tolerar la menor manipulación o explotación de la sociedad o
de la naturaleza. El santo simplemente hace lo que es “justo y necesario”
(Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo), siempre dignificando la humanidad y
honorando la creación. “Sus palabras tienen la fuerza de la acción y su
silencio el poder del discurso” (San Ignacio de Antioquía).
Y en la comunión de los santos, cada uno de nosotros está llamado a “ser como
fuego” (Refranes de los Padres del Desierto), para tocar el mundo con la fuerza
mística de la Palabra de Dios, para que - como extensión del Cuerpo de Cristo -
también el mundo pueda decir: “Alguien me ha tocado” (cfr. Mt 9,20). El Mal se
puede erradicar sólo con la santidad, no con la dureza. Y la santidad introduce
en la sociedad una semilla que la cura y la transforma. Alimentados con la vida
de los Sacramentos y la pureza de la oración, somos capaces de entrar en el
misterio más recóndito de la Palabra de Dios. Es como en el caso de las placas
tectónicas de la corteza terrestre: los estratos más profundos necesitan sólo
moverse unos pocos milímetros para hacer añicos la superficie del mundo. Sin
embargo, para que acontezca esta revolución espiritual, necesitamos hacer la
experiencia radical de la metanoia - una conversión de comportamientos, costumbres
y prácticas - así como hemos medido la Palabra de Dios, los dones de Dios y la
creación de Dios o abusado de ellos.
Esta conversión es, por supuesto, imposible sin la gracia divina; simplemente
no podemos conseguirla con el mayor de los esfuerzos o la fuerza de voluntad
humanos. “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible” (Mt
19,26). El cambio espiritual se da cuando nuestros cuerpos y almas se injertan
en la vida de Palabra de Dios, cuando nuestras células contienen el flujo de sangre
vivificante de los Sacramentos, cuando estamos abiertos a compartir todas las
cosas con todo el mundo. Como nos recuerda san Juan Crisóstomo, el sacramento
de “nuestro vecino” no puede ser aislado del sacramento “del altar”.
Desgraciadamente, hemos ignorado nuestra vocación y obligación de compartir. La
injusticia social y la desigualdad, la pobreza global y la guerra, la
contaminación ecológica y la degradación son el resultado de nuestra falta de
habilidad o de voluntad para compartir. Si reivindicamos mantener el sacramento
del altar, no podemos olvidar el sacramento de nuestro vecino o renunciar a él,
es una condición fundamental para el cumplimiento de la Palabra de Dios en el
mundo, dentro de la vida y la misión de la Iglesia.
Queridos hermanos en Cristo,
hemos explorado la enseñanza patrística de los significados espirituales,
discerniendo el poder de oír y hablar la Palabra de Dios en la Escritura, ver
la Palabra de Dios en los iconos y la naturaleza, y asimismo, tocar y compartir
la Palabra de Dios en los santos y los Sacramentos. Por consiguiente, para que
la vida y la misión de la Iglesia sean verdaderas, tenemos que dejarnos cambiar
personalmente por la Palabra. La Iglesia tiene que parecerse a una madre, que
se sustenta y se nutre con el alimento que toma. Nada de lo que no pueda
alimentar y nutrir a cada hombre podrá sustentarle. Cuando el mundo no comparte
el gozo de la Resurrección de Cristo, ello supone una acusación a nuestra
propia integridad y a nuestro compromiso de vivir la Palabra de Dios. Antes de
cada celebración de la Liturgia Divina, los cristianos ortodoxos rezan para que
la Palabra sea “partida y consumida, distribuida y compartida” en comunión. Y
“nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”
y hermanas (1Jn 3,14).
El desafío que tenemos delante es el discernimiento de la Palabra de Dios
frente al Mal, la transfiguración de cada último detalle y punto de este mundo
a la luz de la Resurrección. La victoria ya está presente en lo profundo de la
Iglesia, siempre que hagamos experiencia de la gracia de la reconciliación y la
comunión. Puesto que luchamos - dentro de nosotros mismos y en el mundo - para
reconocer el poder de la Cruz, también empezamos a apreciar como cada acto de
justicia, cada chispa de belleza, cada palabra de verdad puede eliminar
gradualmente la presencia del Mal. Sin embargo, por encima de nuestros frágiles
esfuerzos tenemos la garantía del Espíritu, que “viene en ayuda de nuestra
flaqueza” (Rm 8,26) y está a nuestro lado como nuestro defensor y “Paráclito”
(Jn 14,6), penetrando en todas las cosas y “transformándonos - como dice san
Simeón el Nuevo Teólogo - en cada cosa que la Palabra de Dios dice sobre su
reino celestial: perla, semilla de mostaza, levadura, agua, fuego, pan, vida y
sala del banquete místico”. Éste es el poder y la gracia del Espíritu Santo,
que invocamos como conclusión de nuestro discurso, extendiendo a Su Santidad
nuestra gratitud y a cada uno de vosotros nuestra bendición:
Rey celestial, Consolador, Espíritu de Verdad presente en todas partes y que
colma todas las cosas; tesoro de bondad y dador de vida: Ven, y habita entre
nosotros. Y límpianos de toda impureza; y salva nuestras almas. Porque tú eres
bueno y amas a la humanidad. ¡Amén!