Sínodo de la Palabra: “Sólo la Palabra de Dios puede cambiar el corazón del hombre”
Escrito por Ecclesia Digital
domingo, 05 de octubre de 2008
Homilía de Benedicto
XVI en la apertura del Sínodo de los Obispos.
Información, síntesis y párrafos.
Domingo, 5 oct (RV).- Con el anhelo de que la luz de
Cristo ilumine cada ámbito de la humanidad, el Papa recuerda que el amor de
Dios espera una respuesta de los hombres. Cristo vence siempre y derrota la
muerte, por encima de todo mal. Haciendo resonar este mensaje de esperanza y la
promesa de Jesús, Benedicto XVI ha inaugurado la XII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos.
“Presidiendo
esta solemne celebración Eucarística, en la Basílica de San Pablo - puesto que
el Sínodo tiene lugar en el Año Paulino - Benedicto XVI ha evocado, en su
homilía, las lecturas litúrgicas de este domingo. La del profeta Isaías y la
del Evangelio de Mateo. Ambas – la imagen de la viña y la de la boda -
describen el proyecto divino de la salvación. Una conmovedora alegoría de la
alianza de Dios con su pueblo, en la que sin embargo el Señor recibe una
respuesta indigna. No la simple desobediencia a un precepto divino, sino un
verdadero rechazo de Dios.
Esta denuncia de la página evangélica interpela nuestra forma de pensar y de
actuar. En particular, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio.
La historia nos muestra, no pocas veces, «la frialdad y la rebelión de
cristianos incoherentes», ha recordado el Papa, señalando que, por consiguiente,
Dios – aun manteniendo su promesa de salvación, ha tenido que recurrir a menudo
al castigo. Pensemos en aquellas primeras comunidades cristianas que parecían
florecientes y que sin embargo desaparecieron, de las que queda un recuerdo
sólo en los libros de historia, ha señalado Benedicto XVI, poniendo en guardia
contra el riesgo de que vuelva a suceder: «¿No podría pasar lo mismo también en
nuestra época? Naciones un tiempo ricas de fe y de vocaciones ahora van
perdiendo su propia identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de
cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que ‘Dios ha muerto’, se
declara él mismo ‘dios’, considerándose como único artífice de su propio
destino, propietario absoluto del mundo. Desembarazándose de Dios y no
esperando de él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que le plazca y
que puede presentarse como única medida de sí mismo y de su propia conducta».
«Pero, cuando el hombre elimina a Dios de su propio horizonte ¿es
verdaderamente más feliz y más libre?»: «Cuando los hombres se proclaman
propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación ¿pueden
verdaderamente construir una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y
la paz? ¿No sucede, más bien - como demuestra ampliamente la actualidad
cotidiana – que se extiendan el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la
injusticia y la explotación, la violencia en todas sus expresiones? En fin de
cuentas, lo que sucede es que el hombre se encuentra más solo y la sociedad más
dividida y confundida».
El Santo Padre ha evocado la promesa que hay en las palabras de Jesús, de que
«la viña no será destruida», sino que el dueño la encomendará a otros
servidores fieles: «Ello indica que, si en algunas regiones la fe se debilita
hasta extinguirse, habrá siempre otros pueblos listos para acogerla.
Precisamente por ello Jesús - al tiempo que cita el Salmo 117: ‘La piedra que
los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido’ - asegura que
su muerte no será la derrota de Dios. Habiendo sido matado, no quedará en la
tumba, aún más, precisamente la que parecerá una derrota total, marcará el
comienzo de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte en la Cruz
seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá, pues, produciendo uva y
el dueño la arrendará a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo
(Mt 21,41)».
La imagen de la viña, con sus implicaciones morales y espirituales, volverá en
las palabras de Jesús en la Última Cena. A partir del evento pascual la
historia de la salvación conoce un cambio y sus protagonistas serán ‘otros
labradores’ que como elegidos retoños en Cristo, verdadera vid, darán frutos
abundantes de vida eterna: «El consolador mensaje que recibimos de esos textos
bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra,
sino que el que vence al final es Cristo ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de
proclamar esta Buena Nueva, como ocurre también hoy, en esta Basílica dedicada
al Apóstol de las gentes, el primero que difundió el Evangelio en vastas
regiones de Asia menor y de Europa. Renovaremos, de forma significativa, este
anuncio durante la XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos que
tiene como tema: ‘La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia».
Tras hacer hincapié en que «cuando Dios habla, solicita siempre una respuesta»
y en que «su acción de salvación requiere la cooperación humana», pues su amor
espera ser correspondido», el Papa ha recordado que «sólo la Palabra de Dios
puede cambiar profundamente el corazón del hombre, por lo que es importante que
los creyentes y las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con
ella».
El anuncio de la Palabra, en la escuela de Cristo, tiene como contenido el
Reino de Dios, que es la misma persona de Jesús, que con sus palabras y sus
obras ofrece la salvación a los hombres de toda época, ha reiterado el Santo
Padre, exhortando a no desmayar en el anuncio, cada vez más eficaz del
Evangelio en nuestro tiempo: «Todos percibimos cuán necesario es poner en el
centro de nuestra vida la Palabra de Dios, acoger a Cristo como único Redentor
nuestro, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine cada
ámbito de la humanidad: de la familia a la escuela, a la cultura, al trabajo,
al tiempo libre y otros sectores de la sociedad y de nuestra vida. Participando
en la Celebración eucarística, percibimos siempre los estrechos lazos que
existen entre el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio eucarístico: es
el mismo Misterio que se ofrece a nuestra contemplación».