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1. Bienaventurados los
humildes, los sencillos, los pobres, los que buscan la paz, los que tienen un
corazón lleno de misericordia... Estas palabras parecen tan hermosas como
imposibles. ¿Como pueden ser felices los que nada tienen?
Pero miramos a la Santísima Virgen María, enaltecida en cuerpo
y alma y asunta a los cielos y, no solo lo comprendemos, sino que su vida y sus
comportamientos, con Dios y con los hombres, son ejemplo que nos conmueve y
arrastra. María Santísima, en esta fiesta de la Señora de los Reyes, nos lleva
a asumir plenamente el Evangelio como norma de vida.
2. Hace pocas semanas,
los jóvenes acudían, en Sydney, a la cita con el papa Benedicto XVI, para
celebrar la jornada mundial de la juventud. Unidos a ese mismo encuentro,
fueron miles los jóvenes de Andalucía los que se reunieron, en torno a la
Virgen del Rocío, para celebrar su fe, para reafirmar su condición de cristianos,
para asumir nuevos compromisos de caridad fraterna. La Iglesia es así:
universal, viva, con esperanza.
Hoy hemos acudido a la catedral de Sevilla para celebrar
esta gran fiesta de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al
cielo. Es la fe en Jesucristo, el hijo de Dios, el que nos ha convocado para
festejar a su Madre. La profecía se ha cumplido en María: ¡Dichosa te llamarán
todas las generaciones! Una muestra de esta constante devoción es el encuentro
que, desde hace siglos, ofrece la Iglesia de Sevilla a su venerada Patrona,
nuestra Señora de los Reyes.
3. Veneramos a María
Santísima, porque en ella vemos a la mujer que nos ofrece el más acabado modelo
de fidelidad a Dios. Durante toda su vida, la palabra de Dios estuvo en su
mente y en su corazón, en todas sus acciones. La que con tal firmeza caminó por
este mundo, asentada en la palabra de Dios, es elevada en cuerpo y alma a la
gloria del cielo. Dios enaltece a los que a Dios se acogen.
La que estuviera llena de gracia, es ahora coronada como
Reina y Señora, para ser mano bondadosa que nos reparte de los méritos de su
hijo Jesucristo. Madre que nos cubre con su manto de misericordia y que nos va
llevando hasta su hijo Jesucristo, nuestro Dios y Señor.
4. María fue a
felicitar a su prima Santa Isabel, porque iba a ser madre. Se olvida de sí
misma para ocuparse de las alegrías de los demás. Fue a felicitar la que
merecía la más grande de las bendiciones: bendita tu María, porque has creído.
Y lo que Dios te ha dicho se cumplirá.
Tendremos, pues, que dejarnos felicitar por María, y vivir
las palabras que nos dice: Dichosos vosotros, porque a pesar de los muchos
pecados, Jesucristo os puede perdonar. Dichosos vosotros, los que habéis
formado una familia, porque Dios llenará vuestra casa de la mejor de todas las
bendiciones: el amor de vuestros hijos. Dichosos los que con vuestro esfuerzo
os ganáis el pan de cada día y podéis llevar felicidad a vuestra familia.
Dichosos los pobres, porque Dios será vuestro protector. Dichosos vosotros los
enfermos, porque junto a la cruz de Cristo tendréis el consuelo de la
esperanza.
Estas palabras no son alabanza a la pobreza, al cansancio y
la fatiga, a la enfermedad..., sino anuncio de que el amor de Dios y de su
Madre Santísima nos acompaña a todos.
Dichosa Sevilla, porque con esta devoción junto a nuestra
Madre amantísima de los Reyes, has sabido formar una comunidad en la que,
guardando lo mejor de su cultura y de sus tradiciones religiosas, es espejo
permanente de fidelidad a la fe cristiana recibida. Dichosa Sevilla, porque
tienes como ejemplo y modelo a la más santa de las mujeres, la Santísima Virgen María que, de generación en
generación, viene siendo maestra de cuantos en esta Ciudad la veneran como
Patrona.
Salve, pues, Señora, elevada al cielo en cuerpo y alma.
Salve, Señora de los Reyes, consuelo de los que sufren, amparo de quienes perdieron la esperanza, madre de todos, reina
de Sevilla.
5. Esta devoción
sincera a María no puede ser únicamente un vestido precioso para un día de
fiesta, sino traje diario por el que se nos reconozca como auténticos hermanos
de Jesucristo, el hijo de María. Que pueda siempre decirse de nosotros que nos
parecemos a nuestra Madre, en nuestra manera de mirar a Dios y de servir a
todos. Que la conducta ejemplar de los hijos será la mejor honra y alegría de
la Madre.
Pero no olvidemos que nuestra Madre Inmaculada fue redimida
con la sangre y la cruz de su Hijo. En la cruz de Jesús se dieron cita los
sentimientos y las reacciones más deleznables del corazón humano. Con nuestros
convencimientos sobre derechos humanos y respeto por la dignidad del hombre,
nos indignaríamos por tanta conculcación de los derechos a la integridad de la
persona.
La cruz que está sobre los hombros de nuestros hermanos,
también es una cruz verdadera. Quien hace de la cruz de Jesús timbre de gloria
-¡Líbreme Dios de gloriarme si no en la cruz..!- no puede olvidarse del
sufrimiento de los hombres y mujeres que padecen desde la enfermedad hasta la
injusticia, pasando por tantas circunstancias adversas, que le producen un
estado de dolor, contra las que hay que luchar con todas las fuerzas.
Y, por encima de todo, que jamas seamos nosotros mismos los
culpables de esas cruces. Promotores de la justicia, de la caridad, de la
comprensión, del apoyo a toda obra buena, dispuestos a ser cireneos de los
agobiados por el peso de sus cruces. Que las cruces pesen un poco menos en los
hombros de los que las padecen. Es imposible desterrarlas, pero siempre será
posible hacérselas un poco más llevaderas. La cruz sigue incrustada en la carne
y en el corazón de todos los hombres. Por eso el que ha entendido la cruz en
Cristo, tiene que luchar contra ella con todas sus fuerzas.
Se nos anuncian momentos difíciles para nuestra economía. Ni
que decir tiene que, en manera alguna, voy a proponer soluciones técnicas, ni
políticas, si siquiera sociales. Pero, desde la responsabilidad moral que nos
ofrece la luz del Evangelio, y sabiendo quienes van a ser los más afectados en
estos momentos de dificultad, quiero recomendar lo siguiente:
- Que en todas las parroquias haya una atención particular
para aquellas personas que puedan estar en especial situación de dificultad.
Estimular la caridad fraterna de los fieles, recordarles la obligación de
compartir los bienes que recibimos del Señor.
- Nuestras comunidades de vida consagrada, asociaciones,
movimientos y hermandades, que en sus programas de acción caritativa y social
hagan un esfuerzo de generosidad en estos momentos de dificultad.
- Colaboraremos con otras asociaciones y entidades
ciudadanas en aquellas acciones sociales de solidaridad y apoyo a los más
afectados.
- Las distintas secciones de Caritas diocesana facilitarán
las informaciones y sugerencias necesarias para emprender las acciones más
convenientes.
- Recordar la doctrina social de la Iglesia, particularmente
en todo aquello que se refiere al derecho al trabajo y a tener un empleo digno,
y apoyar aquellas justas medidas que propongan las autoridades
competentes.
Pedir a Dios que ayude a los dirigentes para que puedan
encontrar, cuanto antes, los mejores caminos de solución. Que todos sepamos
cumplir con nuestras obligaciones como ciudadanos y como cristianos. Y no
olvidar nunca que la primera norma y regla de nuestra vida es la del mandamiento
nuevo del Señor, el amor fraterno.
6. En esta fiesta de la
Asunción de María a los cielos, no hemos encontrado regalo alguno mejor para
obsequiar a nuestra Madre que los sentimientos de amor filial de sus hijos, y
un poco del pan de cada día. Se lo ofrecemos para que su hijo Jesucristo llene
nuestra mesa del alimento santo de la Eucaristía.
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