Desde nuestras
antípodas el Papa Benedicto XVI ha anunciado, como ya se había filtrado en
días precedentes, que la próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en
2011 en Madrid; veintidós años después de la de Santiago de Compostela, en
1989, monseñor Rouco será nuevamente el anfitrión.
Mientras tanto, en España la
mayoría de los medios de comunicación social –prensa, radio, televisión,
internet– estaban entretenidos –u obsesionados– con otros temas religiosos
para, de alguna manera, ocultar y silenciar al Papa y, si daban cauce a sus
palabras en Australia, era para comentar únicamente las alusiones al cambio
climático, la lucha contra la pobreza, la petición de justicia por los abusos
sexuales de algunos sacerdotes... Es decir, a muchos les interesaba subrayar
que Madrid acogía una Conferencia Mundial sobre el diálogo entre religiones,
organizada por la Liga Mundial Musulmana y patrocinada por el Rey de Arabia
Saudí, advirtiendo que se había invitado a un representante de la Iglesia
católica; en el fondo se trataba de una conferencia, preparada para mayor
gloria de la Alianza de Civilizaciones que patrocina el presidente del Gobierno
español, por lo que nada ha extrañado el silencio de gobernantes, políticos,
periodistas, feministas, sindicalistas y demás asimilados, sobre todo si se
tiene en cuenta que en ella predominaban defensores de la pena de muerte para
quienes abandonen la religión de Estado o para los homosexuales, gentes que
mantienen relaciones directas con terroristas, líderes que pretenden cambiar
las formas de vida de los occidentales, que infravaloran a las mujeres...
Simultáneamente, medio millón de
jóvenes de todo el mundo –entre ellos, cinco mil españoles– han hecho un enorme
sacrificio para estar junto a Benedicto XVI y escuchar sus catequesis claras y
enjundiosas, como un servicio a la verdad y fundamentalmente dirigidas a la
razón y a la libertad de los jóvenes, anunciándoles que solamente Jesucristo es
el amigo que no defrauda, el que da respuesta satisfactoria a todas las
necesidades de todos los hombres.
Sin embargo, no han faltado, como
ya es habitual, quienes han tratado de reducir el mensaje pontificio a tópicos
en clave sociopolítica. A la espera de ofrecerles en su integridad todos los
textos de Benedicto XVI, hemos de destacar cómo el Papa, con una imagen de
autenticidad, de sincera humildad, rezumando paz y alegría, ha lanzado con
sencillez su propuesta cristiana a los jóvenes de todo el mundo. Los ha
considerado embajadores de esperanza ante otros muchos contemporáneos que se
encuentran sumidos en la droga, el alcohol, el consumismo o el culto al sexo; y
ha alertado sobre la frustración y la esclavitud que supone prescindir de
Cristo y adorar a los falsos dioses del amor posesivo, los bienes materiales y
el poder. No es fácil la tarea de ser testigos de la Verdad, la Bondad y la
Belleza, del Evangelio de Jesucristo en un mundo secularizado que pretende
suprimir toda referencia al Creador.
Pero ha sonado la hora de la
misión, impulsados por la fuerza del Espíritu Santo. Y la hora del compromiso.
Y, previamente, de la reflexión. Benedicto XVI ha propuesto muchos temas y ha
lanzado algunas preguntas a los jóvenes: «¿Qué dejaréis vosotros a la próxima
generación? ¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis
construyendo algo que durará? ¿Estáis viviendo vuestras vidas de modo que
dejéis espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, rechazarlo
incluso en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los
dones que se os han dado, la “fuerza” que el Espíritu Santo está ahora
dispuesto a derramar sobre vosotros? ¿Qué herencia dejaréis a los jóvenes que
os sucederán? ¿Qué os distinguirá? (…) ¿Cuántos de nuestros semejantes han
cavado aljibes agrietados y vacíos en una búsqueda desesperada de significado,
de ese significado último que sólo puede ofrecer el amor?».
Desde que en 1984 Juan Pablo II
instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud han ido cuajando compromisos
para el anuncio y la evangelización aun en medio de las dificultades del
ambiente que nos rodea. Los jóvenes españoles tienen, de aquí al mes de agosto
de 2011, un reto: ser profetas de los nuevos tiempos, mensajeros del amor de
Dios, constructores de un futuro de esperanza para toda la humanidad, capaces de
transformar sus familias, sus ambientes escolares y de diversión, la sociedad
entera. El magisterio pontificio de Sídney –que ocupará en su integridad
nuestro próximo número–debe nutrir los tres años de una larga catequesis
preparatoria del multitudinario encuentro de jóvenes de todo el mundo. La
Iglesia, como acaba de recordar el Papa, tiene necesidad de los jóvenes. Y la
Iglesia española, por tanto, tiene, a partir de ahora, encomendada una
responsabilidad añadida.
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