Vigilia con los jóvenes en el hipódromo de Randwick. Discurso del Santo Padre (extractos)
Escrito por Ecclesia Digital
sábado, 19 de julio de 2008
Queridos
jóvenes
Una vez más, en esta tarde hemos oído la gran
promesa de Cristo, «cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros,
recibiréis fuerza», y hemos escuchado su mandato: «seréis mis testigos... hasta
los confines del mundo» (Hch 1, 8). Éstas fueron las últimas palabras
que Cristo pronunció antes de su ascensión al cielo.
Esta tarde ponemos nuestra atención sobre el
«cómo» llegar a ser testigos. Tenemos necesidad de conocer la persona del
Espíritu Santo y su presencia vivificante en nuestra vida. No es fácil.
Ya sabéis que nuestro testimonio cristiano es una ofrenda a un mundo que, en
muchos aspectos, es frágil. La unidad de la creación de Dios se debilita por
heridas profundas cuando las relaciones sociales se rompen, o el espíritu
humano se encuentra casi completamente aplastado por la explotación o el abuso
de las personas. De hecho, la sociedad contemporánea sufre un proceso de
fragmentación por culpa de un modo de pensar que por su naturaleza tiene una
visión reducida, porque descuida completamente el horizonte de la verdad, de la
verdad sobre Dios y sobre nosotros. Por su naturaleza, el relativismo non es
capaz de ver el cuadro en su totalidad. Ignora los principios mismos que nos
hacen capaces de vivir y de crecer en la unidad, en el orden y en la armonía.
La unidad y la reconciliación no se pueden alcanzar sólo con nuestros
esfuerzos. Dios nos ha hecho el uno para el otro (cf. Gn 2, 24) y sólo
en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin
embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como
institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una
comunidad «perfecta». No se trata de una tentación nueva. En la historia de la
Iglesia hay muchos ejemplos de tentativas de esquivar y pasar por alto las
debilidades y los fracasos humanos para crear una unidad perfecta, una utopía
espiritual.
Estos intentos de construir la unidad, en realidad la debilitan. Separar al
Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la
Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana, que es
precisamente un don del Espíritu. . Lamentablemente, la tentación de «ir por
libre» continúa. Algunos hablan de su comunidad local como si se tratara de algo
separado de la así llamada Iglesia institucional, describiendo a la primera
como flexible y abierta al Espíritu, y la segunda como rígida y carente de
Espíritu.
La unidad pertenece a la esencia de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 813); es un don que debemos reconocer y apreciar. Pidamos esta
tarde por nuestro propósito de cultivar la unidad, de contribuir a ella, de
resistir a cualquier tentación de darnos media vuelta y marcharnos. Ya que lo
que podemos ofrecer a nuestro mundo es precisamente la magnitud, la amplia
visión de nuestra fe, sólida y abierta a la vez, consistente y dinámica,
verdadera y sin embargo orientada a un conocimiento más profundo.Estad
vigilantes. Escuchad. ¿Sois capaces de oír, a través de las disonancias y las divisiones
del mundo, la voz acorde de la humanidad? Desde el niño abandonado en un campo
de Darfur a un adolescente desconcertado, a un padre angustiado en un barrio
periférico cualquiera, o tal vez ahora, desde lo profundo de vuestro corazón,
se alza el mismo grito humano que anhela reconocimiento, pertenencia, unidad.
¿Quien puede satisfacer este deseo humano esencial de ser uno, estar inmerso en
la comunión, de estar edificado y ser guiado a la verdad? El Espíritu Santo.
Éste es su papel: realizar la obra de Cristo. Enriquecidos con los dones del
Espíritu, tendréis la fuerza de ir más allá de vuestras visiones parciales, de
vuestra utopía, de la precariedad fugaz, para ofrecer la coherencia y la
certeza del testimonio cristiano.
De todos estos modos el Espíritu es el «dador de vida», que nos conduce al
corazón mismo de Dios. Así, cuanto más nos dejamos guiar por el Espíritu, tanto
mayor será nuestra configuración con Cristo y tanto más profunda será nuestra
inmersión en la vida de Dios uno y trino.
Esta participación en la naturaleza misma de Dios (cf. 2 P 1, 4) tiene
lugar a lo largo de los acontecimientos cotidianos de la vida, en los que Él
siempre esta presente (cf. Ba 3, 38). Sin embargo, hay momentos en los
que podemos sentir la tentación de buscar una cierta satisfacción fuera de
Dios. Alejarnos de Él es sólo un intento vano de huir de nosotros mismos (cf.
S. Agustín, Confesiones VIII, 7). Dios está con nosotros en la vida
real, no en la fantasía. Enfrentarnos a la realidad, no huir de ella: esto es lo
que buscamos. Por eso el Espíritu Santo, con delicadeza, pero también con
determinación, nos atrae hacia lo que es real, duradero y verdadero. El
Espíritu es quien nos devuelve a la comunión con la Santísima Trinidad.
El Espíritu Santo ha sido, de modos diversos, la Persona olvidada de la
Santísima Trinidad. Tener una clara comprensión de él nos parece algo fuera de
nuestro alcance. Sin embargo, cuando todavía era pequeño, mis padres, como los
vuestros, me enseñaron el signo de la Cruz y así entendí pronto que hay un Dios
en tres Personas, y que la Trinidad está en el centro de la fe y de la vida
cristiana. Cuando crecí lo suficiente para tener un cierto conocimiento de Dios
Padre y de Dios Hijo –los nombres ya significaban mucho– mi comprensión de la tercera
Persona de la Trinidad seguía siendo incompleta. Por eso, como joven sacerdote
encargado de enseñar teología, decidí estudiar los testimonios eminentes del
Espíritu en la historia de la Iglesia. De esta manera llegué a leer, en otros,
al gran san Agustín.
Y, con todo, su experiencia del amor de Dios presente en la Iglesia lo llevó a
buscar su fuente en la vida de Dios uno y trino. Así llegó a tres precisas
intuiciones sobre el Espíritu Santo como vínculo de unidad dentro de la
Santísima Trinidad: unidad como comunión, unidad como amor duradero, unidad
como dador y don. Estas tres intuiciones no son solamente teóricas. Nos ayudan
a explicar cómo actúa el Espíritu. Nos ayudan a permanecer en sintonía con el
Espíritu y a extender y clarificar el ámbito de nuestro testimonio, en un mundo
en el que tanto los individuos como las comunidades sufren con frecuencia la
ausencia de unidad y de cohesión.
Por eso, con la ayuda de san Agustín, intentaremos ilustrar algo de la obra del
Espíritu Santo. San Agustín señala que las dos palabras «Espíritu» y «Santo» se
refieren a lo que pertenece a la naturaleza divina; en otras palabras, a lo que
es compartido por el Padre y el Hijo, a su comunión. Por eso, si la
característica propia del Espíritu es de ser lo que es compartido por el
Padre y el Hijo, Agustín concluye que la cualidad peculiar del Espíritu es la unidad.
Una unidad de comunión vivida: una unidad de personas en relación mutua de
constante entrega; el Padre y el Hijo que se dan el uno al otro. Una unidad
verdadera nunca puede estar fundada sobre relaciones que nieguen la igual
dignidad de las demás personas. Y tampoco la unidad es simplemente la suma
total de los grupos mediante los cuales intentamos a veces «definirnos»
a nosotros mismos. encia unificadora del Espíritu Santo y nos entregamos
mutuamente en el servicio de los unos a los otros.
La segunda intuición de Agustín, es decir, el Espíritu Santo como amor que
permanece, se desprende del estudio que hizo sobre la Primera Carta de san
Juan, allí donde el autor nos dice que «Dios es amor» (1 Jn 4, 16).
Agustín sugiere que estas palabras, a pesar de referirse a la Trinidad en su
conjunto, se han de entender también como expresión de una característica
particular del Espíritu Santo. Reflexionando sobre la naturaleza permanente del
amor, «quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (ibíd.),
Agustín se pregunta: ¿es el amor o es el Espíritu quien garantiza el don
duradero? La conclusión a la que llega es ésta: «El Espíritu Santo nos hace
vivir en Dios y Dios en nosotros; pero es el amor el que causa esto. El
Espíritu por tanto es Dios como amor» (De Trinitate 15,17,31). Es una
magnífica explicación: Dios comparte a sí mismo como amor en el Espíritu Santo.
De nuevo, queridos amigos, podemos echar una mirada a lo que el Espíritu Santo
ofrece al mundo: amor que despeja la incertidumbre; amor que supera el miedo de
la traición; amor que lleva en sí mismo la eternidad; el amor verdadero que nos
introduce en una unidad que permanece.
Agustín deduce la tercera intuición, el Espíritu Santo como don, de una
reflexión sobre una escena evangélica que todos conocemos y que nos atrae: el
diálogo de Cristo con la samaritana junto al pozo. Jesús se revela aquí como el
dador del agua viva (cf. Jn 4, 10), que será después explicada como el
Espíritu (cf. Jn 7, 39; 1 Co 12, 13). El Espíritu es «el don de
Dios» (Jn 4, 10), la fuente interior (cf. Jn 4, 14), que sacia de
verdad nuestra sed más profunda y nos lleva al Padre. De esta observación,
Agustín concluye que el Dios que se entrega a nosotros como don es el Espíritu
Santo (cf. DeTrinitate, 15,18,32). Amigos, una vez más echamos
un vistazo sobre la actividad de la Trinidad: el Espíritu Santo es Dios que se
da eternamente; al igual que una fuente perenne, él se ofrece nada menos que a
sí mismo.
Queridos jóvenes, ya hemos visto que el Espíritu Santo es quien realiza la
maravillosa comunión de los creyentes en Cristo Jesús. Fiel a su naturaleza de
dador y de don a la vez, él actúa ahora a través de vosotros. Inspirados por
las intuiciones de san Agustín, haced que el amor unificador sea vuestra
medida, el amor duradero vuestro desafío y el amor que se entrega
vuestra misión.
Este mismo don del Espíritu Santo será mañana comunicado solemnemente a los
candidatos a la Confirmación. Yo rogaré: «Llénalos de espíritu de sabiduría y
de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia
y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor». Lo que constituye
nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos.
Después de todo, muchas personas generosas que no son cristianas pueden hacer
mucho más de lo que nosotros hacemos. Amigos, ¿aceptáis entrar en la vida
trinitaria de Dios? ¿Aceptáis entrar en su comunión de amor?
Los dones del Espíritu que actúan en nosotros imprimen la dirección y definen
nuestro testimonio. Los dones del Espíritu, orientados por su naturaleza a la
unidad, nos vinculan todavía más estrechamente a la totalidad del Cuerpo de
Cristo (cf. Lumen gentium, 11), permitiéndonos edificar mejor la
Iglesia, para servir así al mundo (cf. Ef 4, 13). Nos llaman a una
participación activa y gozosa en la vida de la Iglesia, en las parroquias y en
los movimientos eclesiales, en las clases de religión en la escuela, en las
capellanías universitarias o en otras organizaciones católicas. Me siento muy
feliz de estar con vosotros. Invoquemos al Espíritu Santo: él es el autor de
las obras de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 741). Dejad que
sus dones os moldeen. Al igual que la Iglesia comparte el mismo camino con toda
la humanidad, vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los
altibajos de la vida cotidiana. Madurad vuestra fe a través de vuestros
estudios, el trabajo, el deporte, la música, el arte. Sostenedla mediante la
oración y alimentadla con los sacramentos, para ser así fuente de inspiración y
de ayuda para cuantos os rodean. En definitiva, la vida, no es un simple
acumular, y es mucho más que el simple éxito. Estar verdaderamente vivos es ser
transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios.
Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar
vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la
sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los
signos de vuestra grandeza.
Y ahora, mientras nos preparamos para adorar al Santísimo Sacramento en el
silencio y en la espera, os repito las palabras que pronunció la beata Mary
MacKillop cuando tenía precisamente veintiséis años: «Cree en todo lo que Dios
te susurra en el corazón». Creed en él. Creed en la fuerza del Espíritu de amor.