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CRISTO DA MÁS. LO OFRECE TODO. LO DA
TODO
“Cristo
ofrece. Más aún, ofrece todo. Solo El, que es la Verdad, puede ser la Vía y,
por tanto, también la Vida. Así, la “Vía” que los apóstoles llevaron hasta los
confines de la tierra es la vida en Cristo. Es la vida de la Iglesia”.
Sí, sí, si tuviera que elegir una frase de las
palabras del Papa en la fiesta de recepción a la XXIII JMJ en Barangaroo, sería
esta. Y si tuviera que elegir un titular sería el que encabeza esta crónica:
Cristo da más. Lo ofrece todo. Lo da todo. 
Somos
criaturas nuevas, se nos da una vida nueva
Pero, ¿qué es lo que nos da Cristo? Una
vida nueva. Una existencia transformada e iluminada en el tamiz de la suya y de
la Palabra de Dios. Cristo nos da las certezas, las respuestas que el hombre de
hoy y de todos los tiempos –también el joven- busca y necesita. Cristo nos hace criaturas nuevas.
Es
la nueva y transformada vida que les llegó a los apóstoles a partir del primer
y definitivo Pentecostés. Es la nueva vida que los transformó de rudos,
acobardados y pusilánimes hombres en aguerridos, tenaces y apasionados testigos
de Jesucristo. Llenos del Espíritu, se pusieron el mundo por montera y
expandieron la semilla del Evangelio por doquier, incluso oponiéndonos “a la
perversidad de la cultura que les circundaba”.
Es
la nueva y transformada vida por nos hace entender la creación como don y como
tarea del Padre, como servidores y administradores de un mundo magnífico pero
no perfecto, un mundo que se ha cuidar y salvaguardar, conscientes de que el
ser humano es la primera de las criaturas, pero no por ello la única ni la
dominadora del resto. De un mundo, en suma, en el que el hombre ha de labrar el
rostro de la eternidad.
Es la nueva y transformada vida que
sabe que la existencia, que el cosmos, la naturaleza y las personas no están
gobernadas por el azar, por la casualidad o por la materia, sino que obedecen a
un plan superior y excelso, a un plan amoroso y bondadoso, a una historia de
verdadera salvación.
Es la vida nueva y transformada que
sabe que sí existe una verdad absoluta, que sí existen lo bueno y lo malo, la
verdad y la mentira, que hay principios y valores muy por encima de los
intereses ocasionales de los poderosos de turno de este mundo.
Es la vida nueva y transformada que no
se deja engañar o seducir por el brillo de los oropeles y de los honores
pasajeros y lisonjeros, por las leyes del mercado, del consumo o de la moda,
por la primacía de la imagen y del envoltorio.
Es la vida nueva y transformada que
descubre que eclipsar a Dios, que negar a Dios, que arrinconarlo de la vida
pública, que expulsarlo del corazón de las personas, siempre se vuelve contra
el hombre porque este eclipse de Dios es siempre eclipse del hombre. Ni el
secularismo ni el laicismo responden a la verdad del hombre. Al contrario, lo
confinan, lo empequeñecen y pueden acabar con él. Y la vida entera, en todas
sus etapas y momentos, no se entiende se deja a Dios en el “banquillo”, si la
religión queda relevada, excluida y marginada del mundo.
Es
la vida nueva y transformada que antepone la dignidad sagrada de la persona –de
toda persona, más aún de la que sufre por cualquier causa- a cualquier otro
principio o dogma de lo política o culturalmente correcto.
Es
la vida nueva y transforma que siempre defiende a la persona, incluso a la ya
gestada aunque todavía no nacida porque “¿cómo es posible que el seno materno,
el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?”, porque “¿cómo es
posible que la violencia doméstica atormente a tantas madres y niños?”, porque
no se pueden negar en la práctica – aunque sea bajo capa de progreso y con toda la artillería del
mundo de soflamas y demagogias varias…-, los derechos y la dignidad de los
ancianos, de los pobres, de los emigrantes, de los sin voz.
Es la vida nueva y transformada que
busca la paz, la justicia, la reconciliación, los derechos de todos, el
desarrollo sostenible y el cuidado de nuestro entorno -todo ello de vital importancia-, pero que
jamás prescinde u olvida la dignidad inviolable y sagrada que Dios otorgó al hombre
creado a su imagen y semejanza.
Es, sí, la vida nueva, transformada y transformante que el Padre planeó y pensó
con amor indecible en la aurora de los tiempos. La vida nueva, transformada y
transformante que Jesús nos ganó con vida y muerte redentoras. La vida nueva,
transformada y transformante a la que nos guía el Espíritu, que hace que todo
sea grande, bueno y hermoso en nosotros. La vida nueva, transformada y
transformante que nos sirve la Iglesia a través de sus sacramentos, de la
Palabra de Dios y del oficio del pastoreo. Es, en suma, la vida nueva, transformada
y transformante que nos ha hecho criaturas nuevas y, por ello, testigos de
Quién nos ha regenerado: Jesucristo el Señor.
Se da a sí
mismo y nos da su Espíritu
Y esta es la única esperanza que nos
salva, el gran regalo, la gran oferta de Jesucristo que da más que los demás, que da más que nadie porque
lo ofrece y lo da todo, se da a sí mismo, para siempre y para todos.
“Habéis sido recreados en el bautismo y
fortalecidos con los dones del Espíritu para dar testimonio de esta realidad.
Qué este sea el mensaje que vosotros llevéis al mundo desde Sídney”.
Qué
este sea el gran don, el gran efecto, el más granado fruto de este cenáculo
hermoso, alegre y festivo que es el cenáculo de la XXIII JMJ Sídney 2008.
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