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LO QUE SON LAS
JORNADAS MUNDIALES DE LA JUVENTUD
…Y lo que las
necesita, quizás sin saberlo, la humanidad
Ya
han comenzados los discursos y alocuciones de Benedicto XVI en Sídney. Esta
tarde –escribo a las 17,45 horas del jueves 17 de julio-, cuando regreso de
Barangaroo, de la fiesta de acogida al Papa, las calles de Sídney muestran el
aspecto inconfundible de ser testigos de un acontecimiento extraordinario:
hay cortes de
tráficos, atascos viales, los helicópteros sobrevuelan el cielo con su sonido
característico y las gentes caminan raudas y afanosas y se apiñan interpeladas,
indiferentes o malhumoradas ante los semáforos. La ciudad está bulliciosa, laboriosa
y festiva: el Papa está en ella y con él más de trescientos mil jóvenes del
mundo entero.
Y a buen seguro que más de uno y más de
cientos y cientos de los habitantes -muchos de ellos asiáticos- y de los visitantes de esta ciudad con lo
que me acabo de topar por las calles de Sídney se estarán preguntando:
-- “¿A qué ha venido el Papa de Roma?
¿A qué han venido tantos miles de jóvenes? Nuestra ciudad es muy bella. Pero no
puede estar la única explicación de esta inmensa concentración”.
Esta misma mañana el Papa ha respondido
a esta pregunta. Lo hace en el segundo y en el penúltimo de los párrafos de su
primer discurso en Australia, en la ceremonia de bienvenida que le han
tributado en Government House el Gobernador General de Australia, Michael Jeffery,
y el primer ministro, Kevin Rudd.
“-- ¿Qué es lo que mueve a miles de
jóvenes a emprender un viaje –se preguntaba Benedicto XVI-, para muchos de
ellos largo y cansado, para participar en un acto de este tipo?
-- “Desde la primera Jornada Mundial,
en 1986, –se respondía él mismo a renglón seguido- ha resultado evidente que
muchos jóvenes valoran la oportunidad de congregarse para profundizar en la
propia fe en Cristo y compartir con otros una experiencia gozosa de comunión
con su Iglesia. Desean escuchar la palabra de Dios y aprender más sobre su fe
cristiana. Tienen deseos de participar en un evento que pone de relieve los
grandes ideales que los inspiran y regresan a sus casas repletos de esperanza,
renovados en su decisión de construir un mundo”.
Sí, estos son las JMJ. Y como son
mundiales y como la Iglesia es mundial –mejor dicho, católica-, recorren el
mundo entero y llegan a todos los rincones, con todos los acentos y con todos
los colores, razas y lenguas.
Si la secularización y la llamada
apostasía silenciosa está siendo una de las características de nuestra
humanidad y de nuestra catolicidad, precisamente a estos lugares han de ir las
JMJ, han de ir estos jóvenes integrantes del ejército de la paz y de la
esperanza que escribíamos en crónica anterior. Australia experimenta el zarpazo
del secularismo como acontece también con Canadá –Toronto acogió en 2002 otra
JMJ- y con Alemania, país anfitrión de la última JMJ de carácter internacional,
en agosto de 2005, en la ciudad de Colonia. Y la llegada –aun en espera del
anuncio oficial de parte del Papa- en 2011 de la JMJ a Madrid, se inscribe en
el mismo contexto. El mismo contexto, por ejemplo, del reciente Congreso
Eucarístico Internacional celebrado en Québec (Canadá) y del que tendrá lugar en
2012 en Dublín, la capital de Irlanda.
Lo que más necesita
el mundo
Esto es, las JMJ tienen vocación
misionera y evangelizadora. De este modo, además, contribuirán a crear un mundo
mejor. Pero antes, para así lo sean han de ser cenáculo.
-- “Estoy aquí ante todo para
reunirme con los jóvenes, –ha señalado Benedicto XVI- tanto de Australia como de cualquier otra
parte del mundo y para rezar por una renovada efusión del Espíritu Santo sobre
todos los que tomarán parte en nuestras celebraciones”.
Es el tema de la XXIII JMJ Sídney 2008:
la efusión del Espíritu Santo, que nos hace testigos de Jesucristo y que
renueva la faz de la tierra. ¡Y cuánto lo necesitamos lo necesitamos todos!
¡Cuánto lo necesitan los jóvenes, a veces desconcertados ante la variedad de
opciones de vida, sin saber cómo encauzar mejor sus ideales y energía.
-- “Es el Espíritu –ha enfatizado esta
mañana el Papa- quien da la sabiduría para discernir el sendero justo y el
valor para recorrerlo. Él corona nuestros pobres esfuerzos con sus dones
divinos, como el viento, que inflando las velas, hace avanzar la nave mucho más
de lo que los pescadores logran con la fatiga de su remar. Así –proseguía- el
Espíritu hace posible que los hombres y mujeres de cada lugar y de cada
generación lleguen a ser santos. Qué por obra del Espíritu los jóvenes reunidos
para la JMJ tengan la audacia de llegar a ser santos. Esto es de lo que tiene
necesidad el mundo, más que de cualquier otra cosa”.
¿Queda claro? Estos son las JMJ: un
cenáculo como el cenáculo de Sídney para renovar la faz de la tierra. “Ven,
Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego
de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu y renovarás la faz de la tierra”. Y
seremos tus testigos. Amén. ¿De qué otra cosa, pues, más vital y decisiva puede
tener necesidad el corazón del hombre y el alma de la humanidad?
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