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PEREGRINOS
DE LA PAZ Y DE LA ESPERANZA
Jesús de
las Heras Muela Director de ECCLESIA (Enviado especial)
“Demasiado
frecuentemente, cuando numerosos jóvenes viajaban juntos era para hacer la
guerra. Pero vosotros habéis venido aquí como peregrinos de la paz”, subraya en
sus palabras de saludo el primer ministro australiano, Kevin Rudd,
católico practicante, a los jóvenes reunidos en Barangaroo en la tarde del
martes 15 de julio, en la celebración de apertura de la XXIII JMJ Sídney 2008. 
Era una constatación tan cierta como
esperanzadora. Los más de ciento cincuenta mil peregrinos que se disponían a
participar en esta Eucaristía, son un ejército de paz, de vida, de alegría, de
esperanza. Han inundado de fiesta las cosmopolitas, límpidas y recoletas calles
y avenidas de Sídney. Se repite la escena de Buenos Aires, Santiago de
Compostela, Czestochowa, Dénver, Manilas, París, Roma, Toronto y Colonia: los
jóvenes católicos del alba del tercer milenio, sin dejar de ser jóvenes, buscan
la verdad, buscan el sentido de sus vidas y quieren construir un mundo mejor,
un mundo de paz, un mundo sembrado del Evangelio de Jesucristo. Lo hacen con
sus lenguajes propios, con su algarabía multicolor y multirracial. Lo hacen con
sus canciones, con sus plegarias, con sus cansancios, con sus anhelos y
esperanzas todavía en flor.
De Dairling Harbour a St. Mary
Son las
13,45 horas de Sídney del miércoles 16 de julio cuando me siento a escribir
estas líneas. Esta mañana he camino hacia Darling Harbour, donde se hallan el
Centro Internacional de Prensa y otras muchas de las ofertas de la JMJ. Después
he subido, de nuevo, hasta la catedral de Santa María, ya cerrada con motivo de
los penúltimos preparativos y dispositivos policiales con motivo de la
inminente llegada del Papa.
El
parque contiguo, verde, frondoso y repleto de fuentes, estaba también lleno de
jóvenes, de banderas y de sonidos. En una carpa se han instalado la cruz de los
jóvenes y el icono mariano de la JMJ. Llevan más de veinte años recorriendo el
mundo como antorcha de fe. Como antorcha de paz y de esperanza. Como antorcha,
sí. Mucho mejor dicho porque esta cruz ha sido y es llevada, revelada por
cientos y miles de jóvenes de todo el mundo. A Australia la cruz y el icono
llegaron el 1 de julio de 2007 y desde entonces ha recorrido cuatrocientas
localidades del país y han sido saludados por cuatrocientas mil personas. Son
nuestra llama olímpica. Son la antorcha de fe y de paz de las JMJ.
También el hermano Roger
Después
de permanecer unos minutos en oración ante la cruz y el icono, he visitado la
cercana iglesia anglicana de St. James, durante estos días la sede la Comunidad
Internacional Ecuménica de Taizé.
Decir
JMJ es también decir Taizé. Es decir Roger Schultz, aquel venerable testigo y
apóstol de la unidad, uno de los “reclamos” de anteriores JMJ y a quien hace
hoy dos años y once meses le llegaba la
Pascua eterna, mientras estamos en Colonia, en la anterior edición
internacional de las JMJ. Su trágico y absurdo asesinato fue vivido con paz y
esperanza admirables. El también ha de ser patrono de las JMJ.
El sonido del Espíritu
Tras
este recorrido, sobre mi desordenada mesa, se hallan ahora informaciones sobre
la Misa de apertura de ayer, la homilía del cardenal George Pell y otros
muchos papeles… Y mi retina reproduce imágenes de la celebración vespertina de
ayer. Fue uno de los más bellos atardeceres que se recuerden sobre la bahía
Jackson de Sídney.
Las
danzas aborígenes reproducían bailes y sonidos de una gran llegada, de una
nueva y definitiva arribada. Un a modo de gran cuerno emitía sones de que algo grande iba a
acontecer. Mientras tanto, 168 banderas de otras tantas naciones distintas hacían su entrada en el escenario del
altar, todo él decorado en rojo –el color del Espíritu Santo-, a la par que
caía la tarde y Barangaroo se llenaba de luces, de sonidos, de músicas –la
orquesta estaba integrada por 80 personas más 300 jóvenes en el coro- y de plegarias.
Concelebraban la Eucaristía 4.000 sacerdotes, 400 obispos, 26 cardenales. Participaban 150.000 personas, la inmensa
mayoría jóvenes, integrantes, pues, de este gran ejército de la paz. Comenzaba
la Eucaristía. Comenzaba la XXIII JMJ Sídney 2008.
La tarde dejaba al descubierto el
suave pero real invierno australiano. Pero era primavera –como afirmara el
cardenal Stanislaw Rylko-, una
nueva primavera para la Iglesia australiana. Una nueva primavera para el mundo
desde las antípodas. Y, así, de este modo, las aguas del Pacífico hacían más
que nunca honor a su nombre.
Hermosa
definición, sí, la que nos brindó el primer ministro australiano: los jóvenes
católicos, los jóvenes de las JMJ, son peregrinos de paz. Y porque son
peregrinos de paz, lo son también de esperanza. De esa esperanza verdadera a la
que, en su espléndida homilía (publicada
ya en castellano por ECCLESIA DIGITAL), llamó el cardenal Pell. En suma,
una paz y una esperanza que ahora habrá que saber arribar desde las orillas del
Pacífico a todas nuestras costas y mares.
Resuena
el cuerno de los aborígenes: alguien, algo, grande, muy grande, se aproxima.
¿Será el rugir, el aletear del Espíritu? “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos”. Y El no falla. Ojalá que tampoco fallemos nosotros,
peregrinos de paz y de esperanza, y seamos también y para siempre testigos del
Señor Jesús. El es nuestra paz. El es nuestra esperanza.
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