QUIERO VIVIR; VIVIR QUIERO por Víctor Corcoba Herrero
Escrito por Ecclesia Digital
domingo, 06 de julio de 2008
Quiero vivir. Es lo que nos dicen con
sus tristes miradas los que nada tienen para llevarse a la boca. Las
estadísticas nos apuntan, para vergüenza de los moradores del planeta de la
abundancia, que el número de personas con hambre en el mundo aumentó unos cincuenta
millones como resultado de los elevados precios de los alimentos.
El martirio del hambre exige avivar
programas de seguridad alimenticia mundial. Es necesario alabar el esfuerzo
ante las emergencias, causadas por catástrofes naturales o por guerras; pero,
asimismo también es de justicia, implicarse más allá de una ayuda puntual para
un momento concreto. Sabemos que ninguna institución ni país será capaz de
resolver por si sola la crisis alimenticia. Es un problema del mundo que el
mundo unido ha de resolver. Cuando la miseria y el hambre entran por la puerta
de un país, es que el amor de vecindad ha huido por la ventana y el desarrollo
solidario no ha pasado de ser un ropaje de metáforas. Por ello, pienso que con
urgencia hacen falta expertos en humanidad para que humanicen lo deshumanizado
del astro vivo.
Vivir
quiero. Porque la vida no se ha hecho para malgastarla unos pocos
privilegiados, sino para vivirla todos con todos. Que el hambre y la
malnutrición sigan escalando posiciones en el planeta es el mayor escándalo y
la mayor corrupción contra el poema de la existencia. La campaña contra el
hambre debe ser diaria en el diario del vivir. El mundo precisa una economía más
solidaria, que no lo es para nada, más bien camina degradada por la falta de
justicia. La primera injusticia es pensar que la miseria del mundo no está a
cargo nuestro, cuando si debe estarlo, sobre todo en los países globalmente
ricos. La soledad del que tiene hambre y no
encuentra, va dejando un rastro de lágrimas, que debiera ponernos en movimiento
en la
búsqueda de la mayor eficiencia en la gestión de los bienes terrenos; en una mayor
aplicación de la justicia social, exigida por la destinación universal de los
bienes.
Acciones
recientes como la llevada a cabo por una treintena de niños ciegos y explotados
de Madagascar, dispuestos a que les escuchemos este verano por toda España para
dejar de ser invisibles, gracias al buen hacer laONG
“Agua de Coco”, sin duda merecen no ya solo nuestro incondicional apoyo, sino
entrar en sintonía con ellos, reflexionar con sus voces y pensar que el camino
de los derechos humanos es el abecedario de todo caminante en el curso de la
vida. Flacos y más bajos de lo que corresponde a su edad, buscándonos en su
mirada, estos chavales, que si saben de hambre y malnutrición, nos dan con su
actuación la gran lección de que una carencia grave y prolongada de alimentos
provoca el deterioro del organismo, apatía, pérdida del sentido social, indiferencia
y a veces incluso crueldad hacia los más débiles, niños y ancianos en
particular. Grupos enteros se ven condenados a morir en la degradación. Ellos
se han salvado de momento, pero como los auténticos poetas en guardia, levantan
su voz y piden justicia.