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Artículo
del padre Federico Lombardi SJ sobre la XXXV Congregación General de la
Compañía de Jesús
Los cerca de
19.000 jesuitas constituyen la orden religiosa masculina más numerosa de la
Iglesia. Su historia abarca más de cuatro siglos y es rica en acontecimientos
ya gloriosos, ya atormentados:

grandes epopeyas misioneras en
varios continentes, gloriosas instituciones culturales y educativas y mucha
oposición, que culminó en la dramática supresión de 1773. No es de extrañar, por lo tanto, que sigan
despertando interés y curiosidad, aun cuando ésta se deba a veces a imágenes
que hoy en día no responden ya a la realidad, cuando no incluso algo míticas.
De ahí la conveniencia de dar de ellos una información lo más completa y segura
posible.
¿Por
qué una Congregación General?
El motivo más reciente del interés
de la opinión pública por los jesuitas ha sido la elección de un nuevo superior
general y la reunión de la asamblea que tenía la función de elegirlo y de
proporcionarle orientaciones para su gobierno, a la luz de una profunda
reflexión sobre la situación actual de la orden. Dicha asamblea, según las
Constituciones de la Compañía de Jesús debidas a San Ignacio de Loyola, se
llama Congregación General, mientras que las asambleas análogas de otras
órdenes suelen llamarse «capítulos».
Tanto la elección como la
Congregación General gozan de una peculiaridad propia en el más amplio marco de
la vida religiosa en la Iglesia. Y es que las demás órdenes y congregaciones
convocan sus Capítulos Generales en plazos regulares, y el mandato de sus
superiores está, por regla general, supeditado a los mismos, por lo que es de
duración limitada: por ejemplo, de seis años, con posibilidad de reelección;
los jesuitas, en cambio, eligen a su superior general de por vida, y la
Congregación no tiene un plazo periódico, sino que se convoca cuando se da una
necesidad auténtica y seria, lo que acontece en dos casos: la elección de un
nuevo General (normalmente por muerte de su antecesor) o la discusión de
asuntos de grave importancia para toda la orden, relacionados con sus leyes, o
de cuestiones que trasciendan el ámbito de gobierno ordinario del General.
Quería San Ignacio que los
jesuitas fueran buenos operarios en la viña del Señor y no emplearan demasiado
tiempo en debatir en prolijas reuniones. De ahí que no deseara una convocatoria
frecuente de la Congregación. Lo dice explícitamente en las Constituciones: «No
parece en el Señor nuestro por ahora que se haga en tiempos determinados ni muy
a menudo […]. El Prepósito General […] excusará este trabajo y distracción a la
universal Compañía, cuanto posible fuere» (n. 677).
También las motivaciones del
generalato vitalicio resultan a la par interesantes y amenas: «Será por vida, y
no por tiempo determinado, la elección suya. Y así también se fatigará y
distraerá menos en ayuntamientos universales la Compañía, comúnmente ocupada en
cosas de importancia en el divino servicio» (n. 719). San Ignacio enumera,
además, otras razones: «Una, que apartarán más lejos los pensamientos y
ocasiones de la ambición, que es la peste de semejantes cargos, que si a
tiempos ciertos se hubiese de elegir. Otra, porque es más fácil hallarse uno
idóneo para este cargo que muchos» (n. 720).
Verdad es que también los jesuitas
se han preguntado durante los últimos decenios si alguna de las motivaciones de
San Ignacio acerca de estas dos cuestiones no había quedado tal vez algo
anticuada y si no convenía proceder al igual que todos los demás religiosos,
hasta el punto de que, durante la preparación de la reciente Congregación, se
había barajado la posibilidad de debatir esto punto; pero el Papa, consultado
por el Prepósito General Kolvenbach, dijo claramente que prefería que se
siguiera lo que dictan las Constituciones de San Ignacio, es decir que la
elección sea vitalicia y que las Congregaciones no se celebren a intervalos
regulares.
El Papa ha dado, en cambio, su
consentimiento a la propuesta, presentada asimismo por el padre Kolvenbach, de
presentar éste su dimisión a la Congregación General, abriendo así en la
práctica una vía que hasta el momento se había previsto teóricamente, pero que
nunca se había utilizado. Y es que todos los generales anteriores habían
terminado su función al morir, excepto el único caso del antecesor inmediato
del padre Kolvenbach, el padre Arrupe, quien —aun cuando también había pensado
en presentar su dimisión— había terminado su generalato al sufrir un ictus
cerebral y no poder, por consiguiente, gobernar.
En cambio, el padre Peter-Hans
Kolvenbach, a sus casi 80 años de edad y casi 25 de gobierno, estimó oportuno
presentar su dimisión para posibilitar un cambio cuando aún se hallaba en
condiciones de gobernar bien, de forma que la Compañía no corriera el peligro
de sufrir un vacío de poder o un desgaste en su gobierno. Con ese fin, y
siguiendo un prudente procedimiento, una vez recibida la autorización de
Benedicto XVI, consultó con los provinciales y los consejeros de la orden y
obtuvo su consentimiento. De ahí la convocatoria de esta Congregación General,
13 años después de la anterior, para aceptar la dimisión del general y elegir a
su sucesor (1).
La
elección del nuevo General
La Congregación se inauguró el 7
del pasado mes de enero con una solemne concelebración en la iglesia del Gesù,
presidida por el cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y se
clausuró con una emotiva oración ante el altar de San Ignacio, que lucía en
todo su esplendor tras la reciente restauración.
La aceptación de la dimisión del
padre Kolvenbach, prácticamente dada por descontado tras el primer y atento
procedimiento de preparación, fue una de las primeras actuaciones de la
Congregación; también se trató de una ocasión para expresar, por parte de los
representantes de toda la Compañía, la gratitud profunda y unánime a quien la
gobernara durante un cuarto de siglo con gran entrega y sabiduría, con un
espíritu de servicio que ha cobrado toda
su evidencia precisamente en el momento y en la forma con los que ha vuelto a
ser un religiosos como todos los demás.
Después, la Congregación se dedicó
sin dilación a la elección del sucesor, siguiendo un procedimiento bien
estructurado y experimentado. Ante todo se examinaron y valoraron la situación
y el estado de salud de la Compañía de Jesús en el mundo, con la redacción del
Informe de statu Societatis (es decir «sobre el estado de la Compañía») por
parte de una Comisión designada al efecto y con la correspondiente reflexión de
todos sobre el perfil del General deseado. Después seguiría la elección, al
término de un proceso de recogida de informaciones y discernimiento, llevado a
cabo con atención extremada para evitar la formación de grupos o de presiones
que pudieran interferir de una u otra forma con la búsqueda libre en un clima
espiritual, por parte de cada elector, de lo que resultara mejor para la
Compañía.
Cuatro días de coloquios de
información personal de dos en dos, cara a cara —denominados, con pintoresco
término latino, murmurationes—, en los que cada uno puede y debe recoger
informaciones para orientarse acerca del candidato que considere más adecuado,
pero en los que nadie puede proponer sus preferencias ni influir en los demás o
intervenir si no se le requiere explícitamente un parecer. Durante esos días no
hay reuniones ni de grupo ni plenarias, sino un clima austero de conversaciones
personales y de oración que cada elector se administra con total libertad. La
experiencia demuestra que este sistema «funciona» muy bien, con gran serenidad
y satisfacción de los participantes, que se sienten inmersos en un ambiente
espiritual de búsqueda compartida del bien de la Compañía de Jesús.
Pese a que no se celebran
reuniones, la información a través de los coloquios circula de manera muy
fluida, y al concluirse los cuatro días determina una fuerte convergencia
alrededor de un grupo muy restringido de nombres, entre los cuales resulta
fácil alcanzar rápidamente la mayoría absoluta exigida. La votación formal
tiene lugar el día previamente fijado, y su resultado se comunica
inmediatamente al Papa para que sea la primera persona externa a la
Congregación en conocer el nombre del elegido.
El nuevo general, elegido en la
mañana del 19 de enero, es, como es sabido, el padre Adolfo Nicolás. Español de
Palencia, de 71 años, ha pasado prácticamente toda su vida activa en Oriente,
entre el Japón y las Filipinas, como profesor de Teología, superior provincial
y por último presidente de la Conferencia de Provinciales de Asia Oriental y
Oceanía. Es, pues, europeo de origen pero asiático de adopción: se trata, por
lo tanto, de una persona que ha crecido y vivido entre muy distintas culturas,
acostumbrada a escuchar y a respetar al otro para entablar diálogo con él y, en
ese clima, proponer el testimonio y el mensaje del Evangelio.
Surge espontánea la observación de
que también sus dos antecesores más inmediatos fueron europeos que vivieron su
vida religiosa fuera de Europa: el padre Arrupe —exactamente igual que el padre
Nicolás, misionero y provincial del Japón— y el padre Kolvenbach, misionero en
el Líbano y provincial del Oriente Próximo. Ciertamente no se trata de una
casualidad: la preferencia de los jesuitas tiende a converger espontáneamente
en una figura de misionero, en una persona con experiencia en el diálogo con
culturas y religiones diferentes; si se nos permite emplear una palabra
simbólica, en una figura «de frontera». Y no se puede negar que en la historia
e incluso en la actualidad de la orden Asia ocupa un lugar muy destacado: son
64 los electores de la Congregación procedentes de Asia-Oceanía.
En una entrevista concedida a la
Radio Vaticana y a «L’Osservatore Romano» pocos días antes de la Congregación,
preguntado sobre cuál había de ser, a su juicio, la «chispa» de esa asamblea,
el padre Kolvenbach respondió que sería ante todo la elección del nuevo
General, toda vez que expresaría de manera concreta las expectativas y las
esperanzas, la imagen que los jesuitas se hacen de su modo de ser y de actuar.
Sin querer en absoluto idealizar
al nuevo General ni cargarlo con un peso excesivo, hay que reconocer que este
discurso tiene fundamento. Aun con todo el realismo que caracteriza a los
jesuitas, acostumbrados a ejercer un sentido crítico bastante acusado, es
verdad que el padre Nicolás ha sido elegido por ser un hombre a un tiempo
profundamente espiritual y activo, misionero y culto, crecido en el diálogo
sereno y positivo con culturas profundamente diferentes de la suya originaria;
óptimo conocedor de Asia, donde vive la mayor parte de la Humanidad de hoy y de
mañana; sensible a los problemas de los pobres, de carácter afable y optimista,
capaz de ver en los demás el bien antes que el mal. En resumidas cuentas —y sin
pretender canonizarlo antes de tiempo—, es un hombre tal y como querríamos serlo todos los jesuitas, como
querríamos que fueran los jesuitas de hoy y de mañana. También las primeras
entrevistas concedidas por el nuevo General expresan bien, de manera muy franca y directa, estas características de su
personalidad y de su visión de la forma de ser de los jesuitas en el mundo
actual.
Misión
de la Compañía de Jesús e identidad del jesuita
De lo que queda dicho se desprende
una profunda continuidad entre el proceso de elección y la reflexión sucesiva
de la Congregación sobre temáticas propias de la misión de la Compañía de Jesús
y de la identidad del jesuita. Se trata de cuestiones sobre las que las
Congregaciones anteriores ya habían trabajado muy bien, y respecto a las cuales
no cabían, por lo tanto, grandes descubrimientos o añadiduras (2). Los jesuitas
se habían reconocido «servidores de la misión de Cristo», y habían afirmado que
el fin de su misión es el servicio de la fe; que el principio integrador de la
misión es la fe orientada hacia la justicia del Reino, y que ambos —fe y
justicia— están en relación dinámica con el anuncio «inculturado» del Evangelio
y el diálogo con otras tradiciones religiosas como dimensiones esenciales de la
evangelización. En síntesis, un entrelazamiento estrecho entre servicio de la
fe, promoción de la justicia y diálogo con las diferentes culturas y
tradiciones religiosas.
En lo que se refiere a la
identidad del jesuita, la reciente Congregación ha querido volver a inspirarse
en la experiencia espiritual de San Ignacio y de sus primeros compañeros. Una
experiencia que sitúa a los jesuitas «con Cristo en el corazón del mundo», que
los induce a ver y a amar a los demás y al mundo a la manera de Jesús, con sus
ojos, para buscar y hallar a Dios en todas las cosas. De esta forma, se
delinean algunas polaridades características de la espiritualidad del jesuita:
ser y hacer, contemplación y acción, oración y vida profética, estar
completamente unidos a Cristo y completamente insertados con él en el mundo. Su
vida de religiosos, sacerdotes y apóstoles se realiza concretamente en el
seguimiento de Jesús, insertado en la Iglesia a disposición del Papa, y en su
calidad de miembros de una comunidad religiosa concebida como un cuerpo
apostólico de compañeros del Señor, que precisamente por ello son compañeros
entre sí.
Por lo que a la misión se refiere,
se ha reflexionado principalmente sobre el nuevo contexto del mundo en que
vivimos al inicio del tercer milenio: un mundo caracterizado por los procesos
de globalización y de desarrollo de las comunicaciones y por graves tensiones y
conflictos, y en el que urge desempeñar una labor de reconciliación en varias
direcciones fundamentales: reconciliación entre el hombre y Dios,
reconciliación entre los hombres y los pueblos, reconciliación entre el hombre
y la creación. Se hallan aquí reafirmados los compromisos del servicio de la fe
y de la espiritualidad en un mundo secularizado y los del servicio de la
justicia y de la paz en un mundo de conflictos y de desequilibrios dramáticos;
también se insiste en los nuevos compromisos de educación en la tutela y en la
responsabilidad medioambientales, que se imponen cada vez con mayor urgencia a
la conciencia de la Humanidad (3).
Muchos temas específicos han sido
objeto de reflexión y de discusión por parte de la Congregación, dividida en grupos
y comisiones o reunida en Plenaria. No es posible examinarlos todos, y sólo
algunos de ellos han hallado al final expresión en los documentos oficiales
conclusivos que han sido aprobados, al tiempo que mucho material ha sido
encomendado al Padre General y a sus consejeros y colaboradores en concepto de
contribuciones y recomendaciones para su gobierno ordinario. A título
ejemplificativo, pueden recordarse los debates acerca del tema del
fundamentalismo y de las dificultades actuales del diálogo interreligioso (un
asunto vivamente percibido por la numerosa representación de la India), o sobre
el impacto de las nuevas tecnologías de comunicación en la educación y en la
mentalidad actual (4).
El Papa
y la Congregación
La gran pasión con la que los
jesuitas se sienten implicados en su misión ha hallado un impulso y un estímulo
valioso y fecundo en el diálogo con el Santo Padre Benedicto XVI. Un diálogo
primero a distancia, desembocado después en un encuentro extraordinariamente
intenso, que ha acompañado los dos meses de camino de la Congregación.
Ya en los primeros días de ésta,
el 10 de enero, Benedicto XVI había hecho llegar al padre Kolvenbach una larga
misiva, que aun cuando no había sido anunciada. guardaba continuidad con sus
anteriores mensajes, y en la que manifestaba una estima grande y sincera por la
Compañía de Jesús y por su valioso servicio a la Iglesia, expresando también de
manera explícita el deseo de que la Congregación reforzara el vínculo especial
que la une al Sucesor de Pedro y su voluntad de adhesión plena al magisterio de
la Iglesia. Un mensaje leído, no sin motivo, como acicate y admonición a un
tiempo, sobre cuyo significado e implicaciones la Congregación se interrogó
larga y seriamente, con aplicación y no sin alguna resistencia y dificultad.
Es preciso tomar gran conciencia
de lo que representa una gran orden religiosa como la Compañía de Jesús,
presente en todo el mundo en situaciones extremadamente diferenciadas, pero
siempre con una participación intensa y sincera en los acontecimientos humanos
y espirituales que en él se viven. Desde países de cristiandad antigua,
marcados hoy por un proceso de secularización profunda, cuando no de
descristianización, a países en los que los cristianos constituyen una ínfima
minoría y donde el pluralismo religioso y el fundamentalismo desafían día tras
día a la identidad y a la propia existencia de la comunidad cristiana; del
campo del trabajo intelectual en el mundo científico o artístico al de la
investigación teológica en relación con todos los interrogantes propios de una
Humanidad implicada en transformaciones tan rápidas como radicales de sus
sistemas de vida y de valores; de los campos africanos de refugiados a las
pequeñas comunidades cristianas diseminadas por los inmensos territorios del
Asia central. En síntesis, la presencia en la «frontera» y la consciencia del
compromiso y de las dificultades que ésta implica hacen que a menudo se
perciban las llamadas de atención del «centro» como venidas de lejos y que en
ocasiones se las considere con cierta suficiencia, cuando no con frialdad.
Sería totalmente falso decir que entre los jesuitas hay poco amor a la Iglesia,
pero no lo es decir que en la «frontera» existen también personas que piensan
que en el «centro» sus problemas (no ya los de carácter personal, sino los de
la misión tal y como se presentan precisamente en la frontera) no se ven lo
suficientemente comprendidos.
El nuevo Padre General nombró,
desde el inicio de la segunda fase de la Congregación (es decir la dedicada a
debatir los asuntos, tras la primera consagrada a la elección), una comisión
con el objetivo de reflexionar sobre cómo responder a la misiva del Papa. La
Comisión preparó diferentes borradores sucesivos, fomentando así de eficaz
manera una reflexión continua por parte de la Congregación. Hay que reconocer,
sin embargo, que dicho proceso se reveló bastante laborioso y no fue compartido
de forma unánime hasta el 21 de febrero, día en que toda la Congregación fue
recibida en audiencia por el Santo Padre.
En dicha ocasión, el discurso
pronunciado por Benedicto XVI tocó los puntos esenciales de la misión de la
Compañía con acentos realmente alentadores, explicando eficazmente cómo la
Iglesia y el Papa confían en la ayuda de la Compañía de Jesús para el servicio
del Evangelio en las fronteras del mundo actual, adonde «otros no llegan o
encuentran difícil hacerlo», y hasta qué punto la adhesión al Magisterio
constituye un componente vital de servicio a la unión y a la orientación del
Pueblo de Dios en tiempos de desafíos extremadamente difíciles para la Iglesia
(5). Era lo que los jesuitas «de la frontera» necesitaban que se les dijera. Un
gran aprecio cordial, una comprensión auténtica y un discurso leal y franco,
animado por una sensibilidad espiritual profunda, que culminaron en la oración
conclusiva de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que el Papa (como ya
hiciera en otra ocasión) confesó rezar siempre con emoción y trepidación por la
radicalidad de la entrega que expresa.
El aplauso al término del discurso
fue extraordinariamente prolongado, intenso y cordial. De inmediato nos dimos
cuenta de que vivíamos una experiencia única, de gran alcance e intensidad. Por
la tarde, el debate en la asamblea confirmó esta sensación sin el menor asomo
de duda. Desde entonces, el proceso del documento de «respuesta al Papa» tuvo
ya el camino expedito hasta cuajar durante los últimos días en una Declaración
significativamente titulada Con nuevo impulso y fervor, que intenta responder
—también con corazón y calor sinceros— a las palabras y a las exhortaciones del
Papa, expresándole la voluntad de una disposición y obediencia «efectiva y
afectiva» —es decir no sólo de ejecución, sino también de mente y de corazón—,
en armonía con la identidad y el carisma original de la Compañía de Jesús.
El hecho de que un documento de
esta naturaleza haya terminado cosechando un consenso prácticamente unánime
permite pensar que se trate probablemente de uno de los resultados más
significativos de la Congregación, siempre y cuando sea trasladado ahora a toda
la Compañía de Jesús con el mismo espíritu que alumbró su nacimiento. En
efecto, nada superficial y formal hay en él, sino que ha sido conquistado
gradualmente, durante un largo camino al que Benedicto XVI ha dado un impulso
determinante con su comprensión profunda y sabia y con su aliento.
Obediencia,
cuerpo «universal» de la Compañía, colaboración
Una comprensión más completa del
significado de la citada Declaración también se verá favorecida por la lectura
del documento sobre la «obediencia», probablemente la aportación más
significativa de la Congregación en asuntos de vida religiosa apostólica.
Efectivamente, las Congregaciones anteriores habían generado documentos
relevantes sobre los otros dos votos religiosos —pobreza y castidad—, pero
hacía tiempo que no se llevaba a cabo una reflexión autorizada y actualizada
por parte de una Congregación General sobre la temática de la obediencia. Una
reflexión cuya oportunidad se hacía patente a la luz de la cultura actual, con
sus aspectos positivos —como el respeto a la dignidad de la persona y a su
crecimiento— y negativos, como la exaltación de una libertad ilimitada, las
ansias de autorrealización, el individualismo... El documento logra mostrar con
acierto el aspecto positivo y la naturaleza de la obediencia religiosa como
unión con la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre para cumplir su
misión, como uso consciente de la propia libertad guiada por el amor. Insiste
en la plena transparencia y apertura de la conciencia del jesuita a su superior
para que éste pueda conocerlo en profundidad y encomendarle así las misiones y
tareas que considere adecuadas. Exige una actitud de disposición plena y
generosa, y justamente recuerda la dimensión de compromiso y creatividad que la
ejecución con todo el corazón y con todas las fuerzas de la misión recibida
necesariamente implica.
La obediencia religiosa es también
un vínculo esencial de la unidad del cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús.
En efecto, el voto de obediencia de los primeros «compañeros de Jesús» a «uno
de ellos» escogido como superior nace precisamente con el fin de conservar un
vínculo entre los jesuitas que están empezando a dispersarse por el mundo,
enviados en misión por el Papa. De hecho, Ignacio y sus compañeros habían
acudido a Roma para ponerse a disposición del Papa para que éste los enviara
donde más falta hicieran para el servicio de la Iglesia universal. Cuando el
Papa acepta su ofrecimiento y empieza a mandarlos —a la India, a Portugal, a
varias ciudades de Italia— surge la necesidad de un voto de obediencia «a uno
de ellos» para que el cuerpo permanezca unido y pueda servir con aún mayor
eficacia a las misiones que el bien de la Iglesia pueda requerir.
Tenemos, pues, en primer lugar,
como fundamento, la obediencia al Papa para el servicio del Evangelio y de la
Iglesia universal —expresada por el famoso «cuarto voto» de los jesuitas
profesos—, y, seguidamente, la obediencia religiosa en el seno de la orden.
Durante la preparación de la Congregación, el Papa había solicitado que se reflexionara sobre el vínculo especial
de obediencia al Vicario de Cristo como elemento esencial del carisma original
de la Compañía de Jesús: de ahí que este documento constituya también una
respuesta a una expectativa precisa del Santo Padre.
Pero el vínculo original y
fundamental de la Compañía con el Papa es también signo y garantía de la
universalidad del horizonte apostólico de Ignacio, de sus primeros compañeros y
de sus hijos, toda vez que el Papa es, por definición, aquél que tiene presentes
las necesidades de la Iglesia en todo el mundo. Este aliento de universalidad,
esta pasión de mirar al mundo entero, atraviesan toda la espiritualidad
ignaciana desde la característica «contemplación de la Encarnación» en los
Ejercicios Espirituales (donde la Trinidad contempla «toda la superficie y
redondez de la tierra»), y se traducirán después en el espíritu apostólico que
inspira las Constituciones de la nueva Compañía de Jesús.
La Congregación General ha
advertido la necesidad de reavivar el espíritu universalista de la Compañía, a
la luz también de la actual situación mundial: la globalización y las
posibilidades de comunicación y de colaboración, cada vez más rápidas y
amplias, y, por otro lado, el renacer de particularismos y del sentido de las
identidades locales, étnicas y nacionales. Se trata de una situación que
también se plantea a una Iglesia en busca del justo equilibrio entre función de
la Iglesia local y perspectiva universal. Las consideraciones acerca de la
renovación de las estructuras de gobierno de la orden en sus diferentes niveles
(general, interprovincial, etc.) apuntan constantemente a la necesidad de
animar y guiar a un cuerpo apostólico extendido y articulado por tantas regiones del mundo y que puede actuar
con eficacia aún mucho más grande si sabe crecer en la «conexión en red»
(¡networking es el santo y seña de hoy en día!) de sus obras e iniciativas,
compartiendo sus numerosos recursos (6).
Pese a la convicción viva y
profunda del propio don espiritual —o tal vez precisamente debido a ella— los
jesuitas saben, con todo, que no deben mirar hacia delante ellos solos, sino
acompañados por innumerables personas que con ellos se asocian o con las que
pueden colaborar en el servicio de la Iglesia, para la profundización de la fe y
para la promoción de la justicia y de la paz. Precisamente para expresar su
toma de conciencia de tan fundamental verdad y su gratitud hacia tantos
colaboradores de diferente condición e incluso religión (particularmente en los
numerosos países de mayoría no cristiana), que trabajan generosamente en todas
las regiones del mundo para hacer viable la laboriosidad de la Compañía, la
Congregación ha considerado justo dedicar uno de sus documentos a la
colaboración con los demás, titulándolo expresivamente La colaboración en el
corazón de la misión.
Los puntos principales de esta
temática ya habían sido bien enfocados por la Congregación anterior, la XXXIV,
pero algunos puntos específicos han podido profundizarse ahora, también a la
luz de la experiencia. Entre ellos destacan en especial: los criterios de identidad ignaciana o jesuítica de una obra
apostólica; la necesidad de la formación —tanto de los jesuitas como de sus
colaboradores— con vistas a una colaboración provechosa en la común misión; la
decisión de dar por terminada la experimentación y no aceptar ya la posibilidad
de un vínculo especial con la Compañía de Jesús por parte de laicos y laicas
que con ella colaboren o que compartan su espiritualidad (7).
¿Adónde
van los jesuitas?
«¿De dónde venís? ¿Quiénes sois?
¿Adónde vais?», preguntaba Pablo VI en un famoso discurso —intenso y en cierto
sentido también angustiado— a los jesuitas que inauguraban su XXXII
Congregación General en 1974.
En el fondo, toda Congregación
debe responder a esas preguntas. También la XXXV se ha dedicado a ello.
Ha recordado que los jesuitas son
compañeros de Jesús, servidores de la misión de Cristo para reconciliar a los
hombres y al mundo con Dios y entre sí.
Ha dado —con la enérgica ayuda del
Papa— un paso en firme en la dirección del «sentir con la Iglesia y en la
Iglesia» y del más profundo vínculo «efectivo y afectivo» con el Sucesor de
Pedro.
Ha confirmado la vocación de los
jesuitas a ir a las «fronteras» —no geográficas, sino espirituales, culturales
y sociales— del mundo actual y a permanecer en ellas.
Ha procurado reavivar las energías
de un cuerpo repartido por todo el mundo, llamado a la universalidad, para
servir —con disposición sincera a la colaboración con los demás— a la Iglesia
universal en un mundo globalizado.
Ha sonado la hora de llevar a la
práctica tan buenos propósitos.
NOTAS
(1) La reciente Congregación
General ha sido la XXXV en la historia de la orden. Inaugurada el pasado 7 de
enero, se clausuró el 6 de marzo. Hasta la supresión de la Compañía (1773),
durante más de doscientos años se celebraron 19 Congregaciones. Tras la
restauración de la misma (1814) se han celebrado otras 16, lo que significa que
el intervalo medio entre una y otra ha sido de más de 10 años. Algunos de los
miembros de la Congregación son designados por razón de su cargo (es el caso de
la mayor parte de los provinciales y de los miembros del gobierno central de la
orden), pero la mayoría de ellos son elegidos por las Congregaciones
Provinciales. La XXXV Congregación reunió a un total de 255 miembros, 217 de
los cuales con derecho a voto en la elección del general. La media de edad era
de 56 años; la procedencia: 31% de Europa, 28% de Asia-Oceanía, 18% de
Sudamérica, 15% de Norteamérica, 8% de África. Los grupos nacionales más
numerosos procedían de la India, los Estados Unidos y España. Los idiomas más
hablados fueron el inglés y el español.
(2) A partir de la XXXI
Congregación General (1965-1966), que desempeñó una labor crucial de aplicación
del Concilio Vaticano II a la vida de la Compañía de Jesús y eligió como
General al padre Pedro Arrupe, todas las Congregaciones han puesto gran empeño
en reflexionar sobre la misión de la Compañía, particularmente la XXXII,
caracterizada por el binomio «servicio de la fe y promoción de la justicia», y
la XXXIV, que amplía e integra la visión de la misión, llegando a dedicar a
ésta hasta cuatro documentos estrechamente interrelacionados.
(3) Al tema de la identidad del
jesuita y al de la misión ha dedicado la Congregación dos documentos
específicos.
(4) Los asuntos tratados por la
Congregación sin llegar a publicar un documento específico, sino insertando
referencias en los documentos principales y encomendando los resultados de los
debates al «gobierno ordinario» del Padre General, han sido los siguientes:
vocaciones, hermanos coadjutores, formación, vida comunitaria, apostolado
juvenil, apostolado intelectual, comunicaciones en la era de Internet,
fundamentalismo religioso, ecología y medio ambiente, migrantes, pueblos
autóctonos, África, China, casas y obras interprovinciales de Roma.
(5) El discurso de Benedicto XVI a
la Congregación General, pronunciado el 21 de febrero, ha sido publicado
íntegramente en ECCLESIA 3.404 (2008/I), págs. 362-364.
(6) Al gobierno de la orden se le
ha dedicado un documento específico, significativamente titulado Un gobierno al
servicio de la misión universal. Amén de las indicaciones para la puesta al día
del gobierno central, resulta especialmente importante (y ha sido objeto de más
profundo debate) su sección sobre las Conferencias de Superiores Mayores,
estructuras desarrolladas durante los últimos decenios para favorecer unos
horizontes más amplios en la programación apostólica y en la colaboración entre
provincias, pero que deben evitar el peligro de convertirse en una nueva
instancia de gobierno entre la general y la provincial. Tales Conferencias son
seis en la actualidad: África y Madagascar, Latinoamérica, Asia Meridional,
Asia Oriental y Oceanía, Europa, Estados Unidos.
(7) La XXXIV Congregación había
publicado un documento amplio y articulado sobre La cooperación con los laicos
en la misión (Decreto 13), cuya validez sigue siendo grande, por lo que el
nuevo documento es complementario y no sustitutivo de él. Pero sí existe una
decisión específica de la XXXV Congregación con vistas a poner fin a la
experimentación de un posible vínculo especial personal por parte de laicos que
quieran comprometerse de forma más estricta y estable a participar en la misión
de la Compañía de Jesús. Dicha experimentación había sido inaugurada por la
XXXI Congregación General y alentada por el padre Arrupe, pero en la práctica
—pese a experiencias positivas— jamás se ha desarrollado de forma significativa
más que en poquísimas provincias, y en ocasiones ha dado lugar a equívocos,
mientras que la colaboración de los laicos en la misión de la Compañía puede
llevarse a cabo de manera tan fructífera como intensa también sin necesidad de
semejante vínculo.
(«La Civiltà Cattolica» 3788
[19-4-08], págs. 105-117; original italiano; traducción de ECCLESIA.)
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