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Queridos hermanos y hermanas:
El próximo domingo, 29
de junio, celebraremos la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y,
con ella, el Día del Papa, una jornada en la que todos los católicos estamos
invitados a dar gracias a Dios por el servicio del todo especial que el Papa
desempeña en la comunidad cristiana.
Como
es bien sabido, a lo largo de su ministerio público, el Señor va poniendo los
pilares del edificio de la
Iglesia. Para ello, elige a los Apóstoles como cimiento, a
los que envía al mundo entero para que prediquen el Evangelio a toda criatura.
Previamente, en Pentecostés, los unge con la fuerza del Espíritu, que les
capacita para la tarea que les espera: implantar la Iglesia en el mundo
entonces conocido.
De entre los Doce, elige a Pedro para
que sea el principio de unidad y la piedra fundamental de la casa del Dios vivo
que es la Iglesia (1 Tim 3, 15). Para ello, le promete el carisma de atar y
desatar, es decir, de interpretar autoritativamente la nueva ley evangélica (Mt
16, 17-19). Le impone además la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe (Lc
22, 32). Junto al lago de Galilea, Pedro recibe la plenitud de la autoridad en
el orden magisterial, santificador y de gobierno del nuevo Pueblo de Dios que
es la Iglesia (Jn 21,15-17).
Del mismo modo que el oficio que el
Señor encomendó a los Doce subsiste en los Obispos, sucesores de los Apóstoles,
el oficio que Cristo encomendó a Pedro, por voluntad del mismo Señor, subsiste
en sus sucesores, los Obispos de Roma, de modo que el Papa es, como Pedro,
Vicario de Jesucristo, Pastor de toda su grey y cabeza visible de la Iglesia. Como dice
el Concilio Vaticano II, el Papa “hace
las veces de Cristo mismo, maestro, pastor y pontífice, y actúa en su lugar”
(LG 21). Este es el fundamento del respeto, la veneración y el amor que debemos
profesar al Papa, algo que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia y a
la más genuina tradición católica. El amor al Papa y el “sentir” con el Papa han sido siempre un signo distintivo de los
buenos católicos. Lo han sido y siguen siendo también la acogida, docilidad y
obediencia a sus enseñanzas y la oración por el Papa, que goza de la asistencia
indefectible del Espíritu, pero que necesita también de la plegaria ferviente
de todos los hijos de la Iglesia.
Si todos los días hemos de encomendar
al Señor la persona, la salud, el ministerio e intenciones del Papa Benedicto
XVI, mucho más debemos hacerlo el próximo domingo en nuestras devociones
privadas y en las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias y
comunidades. Pido, pues, a los sacerdotes que eleven preces especiales por esta
intención, que expliquen en la homilía la naturaleza del servicio petrino y que
inviten a los fieles a renovar la devoción, fidelidad y obediencia al Papa.
Les pido también que hagan con todo
interés la colecta conocida como “óbolo
de San Pedro”, que es imperada y obligatoria, pero que todos debemos hacer
de buen grado. Su origen se remonta a la antigüedad cristiana, si bien se
generaliza a partir del siglo VIII, siguiendo la estela de los países
anglosajones, verdaderos pioneros en la ayuda a la Sede Apostólica. Con
el “óbolo de San Pedro” el Santo
Padre atiende a las innumerables solicitudes de ayuda que, como pastor
universal, recibe del mundo entero. Atiende, sobre todo, al grito de los
pobres, de los niños, ancianos, marginados, emigrantes, prófugos, víctimas de
las guerras y desastres naturales. El Papa, como Cabeza del Colegio Episcopal,
se preocupa también de las necesidades materiales de las diócesis pobres y de
los institutos religiosos especialmente necesitados. Acude además en ayuda de
los misioneros, que promueven infinidad de iniciativas pastorales,
evangelizadoras, humanitarias, educativas y de promoción social en los países
más pobres de la tierra.
Para ello necesita la ayuda de toda la Iglesia. En este
sentido, nos dejó escrito el Papa Juan Pablo II: “Conocéis las crecientes necesidades del apostolado, las exigencias de
las comunidades eclesiales, especialmente en tierras de misión, y las peticiones
de ayuda que llegan de poblaciones, personas y familias que se encuentran en
condiciones precarias. Muchos esperan de la Sede Apostólica un
apoyo que, a menudo, no logran encontrar en otra parte. Desde esta perspectiva,
el Óbolo constituye una verdadera participación en la acción evangelizadora,
especialmente si se consideran el sentido y la importancia de compartir
concretamente la solicitud por la Iglesia universal”.
El
libro de los Hechos nos da testimonio de cómo mientras Pedro estaba en la cárcel,
la Iglesia entera oraba por él. También nosotros, en el próximo domingo y
siempre, estrechamos la comunión con el Papa Benedicto XVI, que hoy nos preside
en la caridad, oramos por él y le ayudamos con nuestras limosnas a socorrer a
los necesitados.
Para todos, mi saludo fraterno y mi
bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Obispo de Córdoba
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