|
Queridos
diocesanos
En estos días se pretende dar un
paso importante en la Unión Europea con la aprobación de una Directiva “sobre
los procedimientos y normas comunes en los Estados miembros para el retorno de
nacionales de terceros países que se encuentren ilegalmente en su territorio”.
Son muchos los que opinan que la nueva Directiva limita seriamente derechos
fundamentales de los migrantes y supone un paso atrás en la construcción de
un verdadero espacio de libertad, justicia
y seguridad.
En definitiva, esta
nueva norma, como otras muchas que se refieren a los emigrantes e inmigrantes,
acusan un fallo de origen, porque parten de dos principios, que no pueden
convertirse en la base fundamental del derecho y de las leyes que afectan a los
migrantes. Estos dos principios son la defensa de los intereses nacionales y la
primacía de la economía sobre la persona.
Por esta razón,
cuando los inmigrantes nos vienen bien, porque los necesitamos para cubrir
puestos de trabajo que los nativos rechazan, como el peonaje en la
construcción, en la agricultura en la hostelería, en la limpieza, en el cuidado
de niños y ancianos, son bienvenidos los extranjeros y se les dan toda clase de
facilidades. Cuando, como ahora, amenaza o está presente la crisis, todo son
dificultades y las medidas que se adoptan para impedir su venida y facilitar su
marcha rozan con frecuencia la frontera en lo que a derechos humanos se
refiere.
La tendencia de la
legislación común europea sobre inmigrantes denominados “sin papeles” va en la
triple dirección de impedir, como primera medida, su salida de sus respectivos
países, utilizando para ello patrulleras contra pateras; en segundo lugar, si
llegan a entrar en un país de la Unión Europea, se les retiene, a veces en
condiciones que se parecen más a un campo de concentración que a un digno
alojamiento, pudiendo prolongar el tiempo de retención más allá de lo que está
permitido para los sospechosos de haber cometido un delito. Algunos países han
pretendido incluso la equiparación entre inmigración clandestina y delito, para
poder así aplicarles los mismos “castigos”. En tercer lugar, se facilita la
expulsión y se establece un tiempo hasta de cinco años de prohibición de volver
a un país de la Unión Europea.
Por lo que se
refiere a los menores indocumentados, a su guarda, custodia y tutela, las
condiciones de su internamiento nacen más de una consideración como extranjeros
que como niños.
Son muchas las
voces que se van levantando contra esta forma de tratar a los inmigrantes, por
muy ilegales, clandestinos o “sin papeles” que se les considere. Son ante todo
personas y, por lo común, personas en grave necesidad, a los que se ha de prestar siempre un trato humano y respetuoso
con su dignidad y con sus derechos fundamentales. Emigrar por necesidad y
lograr entrar en otro país no es un delito, si no hay otra causa. El
inmigrante, de por sí, no es equiparable a un delincuente; será, cuando más,
infractor de una norma, y no cabe aplicarle el trato que la ley establece en caso
de un delito.
A los cristianos y
a las personas de buena voluntad se nos ofrece con motivo de estas situaciones
la oportunidad de poner en juego nuestra hospitalidad, que se ha de manifestar
en la acogida de toda persona necesitada que viene a nosotros,
independientemente de su condición legal. Hemos de ejercitarnos asimismo en la
defensa de sus derechos, en la ayuda a su integración en nuestra sociedad y en
nuestra Iglesia, en nuestra obligación de compartir y en nuestro servicio fraterno
en todo aquello que esté en nuestra mano.
Desde Brindisi,
lugar de llegada a Italia de inmigrantes clandestinos de Europa del Este, como
son en España lugar de llegada de inmigrantes las Islas Canarias y las costas
del sur de la Península, nos invitaba El Papa hace unos días a la compasión y explicaba este término en el sentido, de
la “compasión cristiana, que nada tiene que ver con la beatería, con el
asistencialismo. Más bien es sinónimo de solidaridad y de compartir y está
animada por la esperanza”.
Ante esa masa de
depauperados que arriban a nuestras costas o vagan por nuestros pueblos y
ciudades, hemos de escuchar la voz del Señor que nos dice: “Siento compasión de
estas gentes, porque están como ovejas sin pastor… Dadles vosotros de comer”
Os saluda y bendice
vuestro Obispo.
|