EI
espíritu misionero es un elemento esencial en la Compañía de Jesús,
que fue fundada "para la propagación de la fe". La Orden nace en el
momento de la apertura del mundo y de la gran expansión de la Cristiandad.
Ignacio nació un año antes del descubrimiento de América, y fundó la Compañía
en 1540, cuando los españoles llegaban a Chile, que de alguna manera marcaba la
última frontera del imperio español.
Era una Orden nueva
en un mundo nuevo. Las palabras del Señor, "id por todo el mundo",
parecían resonar con más fuerza y cobrar un significado apremiante. Nunca como
entonces, desde los tiempos apostólicos, se había sentido en la Iglesia con tanta
urgencia el mandato de la misión. Vamos a recordar los principios misionales de
la Compañía y, tras un breve recuerdo de su expansión universal y de su
presencia en América, nos detendremos en la más famosa de sus misiones.
a) Tres normas misionales
Tres normas
fundamentales van a marcar la labor misionera de los jesuitas: la movilidad
apostólica (disponibilidad), la adaptación misionera (inculturaci6n), y la
promoci6n humana:
1 ° La movilidad apostólica. - En las
bulas fundacionales de los papas Paulo III y Julio III, Ignacio y sus
compañeros se obligan "a ir inmediatamente, en cuanto esté de nuestra
parte, sin tergiversaciones ni excusas, a cualquier parte del mundo a donde nos
quieran enviar, o a los turcos, o a cualesquiera otros infieles, a aquellas partes
que llaman Indias, o a otras tierras de herejes, cismáticos o fieles
cristianos". El destino de Javier a las misiones es un ejemplo admirable
de movilidad apostólica.
2° La adaptación.· San Ignacio dejó a
los jesuitas orientaciones muy claras de adaptación a las personas y los
pueblos evangelizados y se resumen en dos actitudes: 1) la captación
psicológica de las personas destinatarias del mensaje cristiano: el
"hacerse todo a todos para ganarlos a todos", de san Pablo, que san
Ignacio explicó con una formula muy ingeniosa: "entrar con la suya para
salir con la nuestra", y 2) la inculturación, el conocimiento, estima y
aceptación de los valores culturales de los pueblos evangelizados, de sus
tradiciones, lenguas y costumbres. Así, el P. Roberto Nobile vivirá como un
brahmán indio y el P. Mateo Ricci como un mandarín chino. Los jesuitas de
Paraguay estaban obligados a conocer la lengua indígena, antes de recibir la
ordenación sacerdotal.
3° La promoción humana de los pueblos
indígenas. La tarea evangelizadora iba acompañada de la enseñanza de
conocimientos humanos, oficios artesanos y progresos técnicos, es decir, de una
promoción educativa y social. San Ignacio cuando envía al P. Juan Núñez Barreta
a Etiopía, le inculca que los misioneros vayan acompañados "por algunos
hombres de ingenios, para darles industrias de hacer puentes para pasar ríos, y
fabricar y cultivar las tierras, Y pescar, y otros oficios, y algún médico o
cirujano, porque les pareciese [a los etíopes] que su bien todo, aun corporal,
les viene con la religión".
Toda la historia misionera de la
Compañía está inspirada en estas normas. Es una historia colectiva, cuyo
protagonista es la Compañía como grupo compacto, perfectamente coordinado por
la obediencia. De ahí la sensaci6n de solidez y eficacia que tienen sus
misiones y la rápida extensión de las mismas.
b) Expansión de las misiones de los
antiguos jesuita.
En
el techo de la iglesia de San Ignacio de Roma un pintor extraordinario, el
hermano Andrea Pozzo (1642-1709), pintó el triunfo del nombre de Jesús
extendido por la Compañía en todo el mundo. La propagación planetaria de la
Compañía está simbolizada en las cuatro alegorías de las partes de la tierra.
Europa es una matrona dominadora, con cetro y corona, sobre brioso corcel. Asia
cabalga a la grupa de un camello. América, con diadema de plumas y el torso
desnudo, esgrime su lanza contra una fiera salvaje. África sostiene un colmillo
de elefante que contrasta con la serenidad de su rostro moreno. Son alegorías
muy barrocas, propias del gusto de la época. y muy barroco es también el
espíritu de exaltación a Ignacio y a su obra. Sin embargo, el mensaje de
aquella pintura no es exagerado. A la muerte de Ignacio, los jesuitas se habían
hecho presentes en todas las partes del mundo, y en años sucesivos las
cristiandades por ellos fundadas ganaron en extensión y profundidad.
La expansión misionera de la Compañía
comenzó por el Extremo Oriente. Javier abri6 el primer surco de una cosecha que
continuarían sus seguidores en la India, la China, el Japón, el Sudeste
Asiático, las Islas del Pacifico, y tierras de África comenzando por Etiopia, y
el Congo. Los nombres de Roberto Nobile, de Mateo Ricci, de Alejandro de
Rhodes, de San Juan de Brito o de San Pablo Miki con sus compañeros de martirio
en la India o el Japón, del Beato Diego Luis de S Vitores, etc., evocan
aquellas gloriosas misiones de Oriente, que fueron modelos de adaptación
misionera, de contactos culturales fecundos y, no" pocas veces, de
heroicas proezas y persecuciones.
América ofrecía también a los misioneros
jesuitas su inmensidad misteriosa. Las misiones americanas de la Compañía se
organizaron desde los tres países católicos que tenían dominios en Ultramar:
Portugal (desde 1549), España (desde 1566) y Francia (desde 1625).
Entre los misioneros de las tierras
portuguesas hay que recordar al canario Beato José de Anchieta, médico,
científico, poeta y padre del Brasil moderno. Brasil, como tantas otras tierras
de misión, es un fruto del anhelo y del sacrificio de los misioneros. Los
cuarenta mártires del Brasil, Ignacio Azevedo y sus compañeros, murieron en el
mar a manos de unos piratas calvinistas, en 1570, que los asaltaron cuando
navegaban a la altura de las islas Canarias rumbo a las misiones. Casi todos
los mártires eran jóvenes llenos de esperanzas, que acaban de salir del
noviciado. "No lloréis, hijos. No llegamos a Brasil, pero vamos a fundar
hoy un colegio en el cielo"·
Y entre los misioneros franceses no
podemos olvidar a los evangelizadores de los pieles rojas de América del Norte,
en las tierras de Canadá y de los Estados Unidos. Sus misiones se desarrollan
entre los indios Luronese-iroqueses, en medio de una naturaleza de grandes
lagos y nevadas montañas. La misión entre los hurones fue una de las misiones
más difíciles de todos los tiempos. Un país gigantesco que había que recorrer
en frágiles canoas, en el que encontraban la resistencia de los indígenas un
ritmo de conversiones lentísimo; una existencia constantemente en vilo y un
acoso pertinaz por parte de tribus hostiles como los iroqueses. La rudeza del
ambiente contrasta con la finura espiritual de aquellos misioneros. Es una
misión heroica que fracasa. Pero triunfa con la sangre de los ocho santos
mártires jesuitas del Canadá, San Juan de Brébeuf y sus compañeros, muertos
entre 1642 y 1649. La misión que ellos fundaron se dispersó, pero los
cristianos supervivientes extenderán las semillas de la fe en pueblos vecinos.
[Resumen del nº 1
del capítulo: Los Jesuitas en América Española: Gloria y Cruz de las
Reducciones del Paraguay, en el libro de Manuel Revuelta, "Once calas en
la Historia de la Compañía de Jesús”, págs. 115-118, Universidad Pontificia de
Comillas, Madrid 2006]
Tomado de la Hoja
Informativa Jesuitas en Misión. Mayo
2008, número 383
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