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Queridos
diocesanos:
Con el comienzo del nuevo curso
empieza a ser también obligatoria en todos los centros, también en Castilla-La
Mancha, la nueva asignatura denominada “Educación para la Ciudadanía”.
Es
de sobra conocida la actitud de los Obispos españoles, y de otras muchas
personas, entre ellas numerosos padres y determinadas organizaciones, frente a
la imposición de esta asignatura por parte del Gobierno con carácter
obligatorio. Las razones de nuestro desacuerdo no son porque nos molesten, como
alguien ha sugerido, ni la educación ni la ciudadanía. Al contrario, porque tarea
fundamental de la Iglesia es la educación de honrados ciudadanos y de buenos
cristianos.
Tenemos
también el máximo interés por determinados contenidos, como los derechos humanos,
valores, principios, derechos y obligaciones como la educación en el respeto,
la igualdad en dignidad y derechos de las personas, la solidaridad, la educación
para la paz, etc. Trabajamos en ello.
Pero
estamos en desacuerdo con determinados contenidos de esta Ley y de los decretos
que la desarrollan. Entrarán necesariamente en conflicto con las convicciones,
la fe y la moral de los católicos, campos en el que no puede entrar el Estado.
No estamos de acuerdo con el método ni con determinados objetivos, ni con
algunos criterios de evaluación. Menos aún, con su filosofía y la concepción, por
ejemplo, de horizonte cerrado a la trascendencia, de relativismo y de ideología
de género, que subyacen a esta ley.
En definitiva, se
transmite al alumno una concepción del mundo, de la historia, de la persona
humana, de sus relaciones en determinados aspectos, como el matrimonio, que
están en abierta contradicción con la antropología cristiana, con nuestra
concepción del mundo, de la historia, de la vida y de las relaciones humanas y
religiosas. Los alumnos que son educados en la fe cristiana y que optan por
recibir enseñanza de religión y moral católica, se verán sometidos a una
contradicción interna entre lo que aprenden, son y viven como creyentes y lo
que tienen que aprender en esta asignatura, a la que habrán de responder y por
la que serán juzgados y evaluados. Necesariamente supondrá, además, una
desmotivación para los que opten por la enseñanza religiosa, que ni es
obligatoria, ni apenas cuenta para nada académicamente.
No vale que se nos
diga que en los Colegios de titularidad de la Iglesia se puede adaptar la
asignatura al ideario del centro. El problema sigue, especialmente en los
centros de titularidad estatal, para los alumnos creyentes y practicantes, que
opten por la educación cristiana desde su fe y sus convicciones, a los que se
obligará a asimilar temas, principios y comportamientos, que pueden estar en
contradicción con sus convicciones y principios, y a responder a cuestiones con
las que están en desacuerdo.
Tampoco vale decir
que se trata de información sobre determinados asuntos, valores,
comportamientos, etc. Ya el mismo nombre “educación…”
indica que hay más que información en
los contenidos, en el planteamiento y en la intención; a saber, educar.
¿No hay también una
verdadera intención de adoctrinamiento?
Tal vez radique aquí el mayor riesgo y la causa principal del rechazo de esta
asignatura por parte de muchas personas, grupos e instancias. Las experiencias
del Estado empeñado en ser “el educador del pueblo”, a lo que responden
palabras como “gran timonel”, “gran hermano”, ”Führer”, “conduttóre”, “caudillo”,
etc. no han podido ser más nefastas. Ha sido siempre, por otra parte, la
tentación de todo Estado totalitario o de partido único. La intención y el
resultado pretendido suele ser el del “pensamiento único”.
El derecho y el
deber de los padres o de los propios alumnos, cuando tienen ya la edad para
ello, de ser los primeros, principales e insustituibles educadores, ha de ser
siempre respetado, fomentado, defendido y apoyado por toda otra instancia, sea
ésta civil o religiosa. Por ello mismo, tienen padres y alumnos siempre el
derecho y la obligación de defenderse, por todos los medios legítimos, frente a
toda ingerencia extraña en campo tan delicado como su fe, sus principios y sus
convicciones. A ellos corresponde también conocer, discernir y decidir con
responsabilidad, llegado el caso, qué medios concretos habrán de utilizar.
Os saluda y bendice
vuestro Obispo
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