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Dos palabras de
introducción a este pequeño artículo que versa sobre la
traída y llevada clase de Religión en nuestras Escuelas. Dos palabras
absolutamente necesarias.

De la clase de Religión, como de cualquier
otro campo o aspecto de la vida, lo decisivo no son las cuestiones
organizativas (cuestiones que se refieren, por ejemplo, al horario, al tiempo
de cada sesión, a los materiales que se han de utilizar, etc. etc.). Todo eso,
con ser muy importante, no es lo decisivo o fundamental. Lo decisivo son las
razones que justifican la propia clase; lo decisivo y fundamental son los
motivos por los que un padre o un alumno reclaman o piden, en el ámbito escolar,
un espacio propio de formación religiosa. Eso es lo decisivo.
Aunque este espacio de nuestra Hoja
diocesana no de para exponer muchas razones, ni tampoco demasiados motivos al
respecto, podemos apuntar claramente algunas razones de fondo:
Primera. La clase de Religión es respuesta
a un derecho-deber de los padres, que tienen obligación ineludible de educar a
sus hijos según sus propios principios y criterios fundamentales de tipo moral
y religioso.
Segunda. La clase de Religión educa para
comprender, debidamente, nuestro pasado y toda nuestra memoria, que es pasado y
memoria cosidos con hebras de Religión. Así nuestro arte, nuestra cultura en
general, nuestra literatura, nuestra filosofía o nuestras fiestas... Privar a
un niño del conocimiento de la Religión, en nuestro caso de la Religión
católica, es privarle de la posibilidad de que pueda conocer y comprender las
raíces más genuinas de su tradición y cultura.
Tercera. La clase de Religión es una
exigencia de nuestra propia realidad sociológica. Imposible comprender nuestro
ser y convivir, tanto de pasado como de presente, sin referimos a los
componentes religiosos que cruzan nuestra vida y costumbres por los cuatro
costados. Al margen del componente religioso, todo intento de comprensión
sociológica es imperdonablemente parcial e inválido.
Cuarta. La clase de Religión educa para la
mejor de las ciudadanías posibles. Educa para los valores de la paz y el
respeto a todos, para el reconocimiento de la dignidad sagrada de cada ser humano,
hombre y mujer; educa para la solidaridad y la ayuda a los más pobres y
necesitados... Es decir, educa para el amor: amor a Dios, a quien no vemos, a
través del amor a los hombres, con los que tenemos que vivir y convivir...
Quinta. La clase de Religión, como servicio
supremo a la educación integral del niño, ayuda al despertar de los
interrogantes sobre el sentido último y definitivo de la vida. Me explico. El
ser humano no se conforma, por muy pragmáticamente que viva, con saber qué va a
comer o dónde va a ir de vacaciones este verano o el que viene... Tarde o
temprano, necesita respuestas a preguntas más hondas. Por ejemplo: ¿por qué o
para qué vivo? ¿qué sentido tiene la vida y qué sentido tiene la muerte? ¿por
qué merece la pena luchar y vivir si es que merece eso la pena? ¿somos sólo
para el tiempo de esta vida o anhelamos, racional y sensatamente, vivir y
prolongarnos en una "tierra nueva" y un "cielo nuevo", como
dice la Biblia? Esas son, queramos o no, las cuestiones decisivas...
A estas cuestiones, tan de calado
antropológico, tan decisivas para vivir como hombres, ayuda la clase de
Religión. Ayuda a que nazcan en el corazón del niño o joven y ayuda a darles
una determinada respuesta: en nuestro caso, la respuesta que viene y es Jesús
de Nazaret: su vida y su mensaje.
Pedro Moreno Magro, Delegado de Enseñanza
de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara y director de la Hoja Diocesana "El
Eco"
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