|
La gran Teresa supo
animar en el siglo XVI la reforma del Carmelo con un vigoroso soplo apostólico
y guiar a sus hermanas con sensatez por los caminos más elevados de la oración.
Conforme a la más pura tradición cristiana, muestra aquí la íntima unión que
existe entre el amor a Dios y el amor al prójimo, y amonesta, no sin humor, a
las almas piadosas que buscan en la oración más los consuelos de Dios que al
Dios de todo consuelo. Al celebrar la Jornada pro Orantibus, queremos publicar
este texto de la contemplativa por excelencia.
Acá
solas estas dos cosas que nos pide el Señor: amor a Su Majestad y del prójimo;
es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su
voluntad, y ansí estaremos unidos con Él. ¡Mas qué lejos estamos de hacer como
debemos a tan gran Dios estas dos cosas, como tengo dicho! Plegue a Su Majestad
no dé gracia para que merezcamos llegar a este estado que en nuestra mano está
si queremos.
La más
cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es
guardando bien la del amor al prójimo; porque si amamos a Dios no se puede
saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; mas el amor del
prójimo sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas,
más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos
tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que tenemos a
Su Majestad por mil maneras. En esto yo no puedo dudar.
Impórtanos
mucho andar con gran advertencia como andamos en esto, que si es con mucha
perfección, todo lo tenemos hecho; porque creo yo que, según es malo nuestro
natural, que si no es naciendo de raíz del amor de Dios, que no llegaremos a
tener con
perfección
el del prójimo. Pues tanto nos importa esto, hermanas, procuremos irnos
entendiendo en cosas aún menudas, y no haciendo caso de unas muy grandes, que
así por junto vienen en la oración, de parecer que haremos y conteceremos por
los prójimos, y por sola una alma que se salve; porque si no vienen después
conformes a las obras, no hay para qué creer que lo haremos...
¡Oh
hermanas, cómo se ve claro adónde está de veras el amor del prójimo en algunas
de vosotras, y en las que no está con perfección! Si entendieses lo que nos importa
esta virtud, no traerías otro estudio. Cuando yo veo almas muy diligentes a
entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que
parece que se usan bullir ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un
poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del
camino por donde se alcanza la unión y piensan que allí está todo el negocio.
Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor; y que si ves una enferma a quien
puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te
compadezcas de ella; y si tienen algún dolor, te duela a ti; y si fuere
menester, lo ayunes porque ella lo coma; no tanto por ella, como porque sabes
que tu Señor quiere aquello.
Moradas quintas
Tomado del Semanario FIESTA de la Archidiócesis de Granada
|