Al igual que la
Iglesia vive de y para la Eucaristía, la Iglesia -es decir, el conjunto de los discípulos
y seguidores de Jesucristo- vive de y para la Palabra. Escribía hace medio
siglo el Papa beato Juan XXIII -entonces cardenal Roncali, patriarca de
Venecia- que el Libro y el Cáliz son el alfa y la omega de toda la vida
cristiana.

El Libro -la Biblia es el Libro de los Libros- nos lleva y nos
descubre la Eucaristía porque solo la Palabra nos muestra al verdadero Jesús,
al Jesús Eucaristía. De hecho, en la estructura litúrgica de la Eucaristía,
parte fundamental de la misma es la llamada liturgia de la Palabra: la
proclamación de los textos bíblicos y su adecuada e incisiva predicación.
La Biblia es un texto
auténtico, capaz de presentar valores importantes, difíciles, pero alcanzables.
Las páginas bíblicas no son hermosas pero abstractas, sino concretas y
realizables. La lectura de la Palabra de Dios -si se hace correctamente- se
convierte en camino espiritual que lleva a la conversión y a la plegaria. La
Palabra de Dios es la fuente primera e insustituible de la oración y del
apostolado. Luego su lectura ha de hacerse en clave orante, en apertura del
alma y de la mente para que la Palabra nos transforme. A ello ayuda
notablemente la praxis de la llamada "lectio divina" (la lectura
espiritual de la Biblia, iluminada por el testimonio de los Santos Padres y de
los grandes conocedores de la Escritura) y las Escuelas Bíblicas y del Evangelio. Si se ha escrito y
con razón que debe ser el alma de la Teología, la Escritura debe ser también el
alma de toda la vida y actividad cristiana.
Escribía en 1959 el
citado Juan XXIII: "si es verdad que todos los desvelos del ministerio
pastoral ocupan nuestro corazón y lo apremian, sentimos también el deber de
fomentar por encima de todo y con continuidad de acción el entusiasmo por toda
manifestación del Libro Divino, hecho para alumbrar el camino de la vida desde
la infancia hasta la edad más madura".
Si siempre ha sido
igualmente necesario, hoy más que nunca urge proponer y desarrollar una
verdadera y nueva "devotio": la devoción bíblica, la devoción a las
Sagradas Escrituras con el fin de que se conviertan, en la práctica, en el
libro de todos y cada uno de los cristianos. Cada cristiano debe tener
"su" propia Biblia, para que le acompañe por doquier. De este modo,
la Biblia se convertirá en el Libro del futuro, en el libro de cabecera que nos
ayude a todos a acercarnos más a Dios y a servir desde El mejor al prójimo.
Recordadlo, amigos,
hemos de hacer de la Biblia el Libro del futuro, el libro de cabecera.
Jesús de las Heras Muela
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