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La
Iglesia se mantiene de pie porque ellos y ellas –nuestros
monjes y monjas de clausura- viven de rodillas.
Los
conventos y monasterios contemplativos están de moda. Todo el mundo conoce
Silos, Buenafuente, Leyre, La Oliva, Poblet, Yuste, Montserrat, Sobrado de los
Monjes, Oseira, Samos, El Parral, Poio, Las Huelgas...
El
arte, la naturaleza, la historia y la singular vida de los moradores y
moradoras de estos lugares atraen de manera especial a los hombres y mujeres de
nuestro tiempo. Lo comprobamos fehacientemente en los tiempos litúrgicos
"fuertes" cuando sus hospederías colocan en "no hay plazas"
varios meses antes o cuando el éxito rodean cualquier producción surgida y salida
de sus muros claustrales.
El atractivo de los monasterios
Muchos
son los ejemplos que podríamos aducir: desde los discos de oro del Gregoriano
del monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos -ahora justo candidato al premio internacional
“Príncipe de Asturias” a las Bellas Artes- o de las "Pelayas" de
Oviedo hasta el cava de Poblet; desde los éxitos editoriales de Ángel Moreno, de Buenafuente del
Sistal, o del abad silense, Clemente Serna, a la permanente y tan concurrida convocatoria
y expresión del sentir patrio que es siempre la abadía catalana de Montserrat.
Por si
todo esto fuera poco, años atrás, prestigiosas Editoras de libro de éxito y de
colección publicaban, con gran éxito –se multiplicaron las ediciones- y con
belleza-, "rara avis" como, entre otros títulos, "El buen
hacer de los conventos" y "La Cocina monacal". Dígase
lo mismo de las anuales exposiciones de dulces de los monasterios y conventos
sevillanos y de otra, de ámbito nacional, en Madrid.
No
cabe duda alguna que la repostería y pastelería conventual de clarisas,
capuchinas o dominicas merecen mil y uno elogios sentidos y hasta
"santos" placeres al igual que las recetas culinarias de tantos y
tantos de nuestros monasterios, por más que son sean sus moradores y moradoras
quienes habitualmente las degusten. Que los monjes y monjas además trabajan en
la apicultura, en la encuadernación, en la impresión, en los bordados , en la
confección del pan eucarístico, en la decoración en esmaltes y en cerámica o en
la preparación de material eléctrico, electrónico o informático son también más
que justificados motivos que gozo y de esperanza. Todo ello no es sino
prolongación y vivencia de aquel profundo humanismo y elevada cultura que San
Benito supo inculcar en la más fundamental de las reglas de la vida monacal.
“Ora et labora”
Con
todo, bueno será recordar, sin neomaniqueísmos desfasados, que el buen hacer de
nuestros conventos y de sus monjes y monjas es, ante todo y sobre todo aquel
inefable e inveterado "opus dei" benedictino. Como dicen las Clarisas
de Sigüenza en el libro "El buen hacer de los conventos", < el
horario de oración no lo debemos alterar y por ello combinamos nuestra jornada,
dividiéndola entre las tareas espirituales y las artesanales>.
El
buen hacer de los conventos es - sigue siendo -el "ora et labora", el
servicio permanente de retaguardia eclesial, el pararrayos de sus blancas manos
alzadas, el que la iglesia siga manteniéndose en pie por ellos y ellas viven de
rodillas, el ser, en definitiva, en la iglesia el corazón.
Bienvenidos sean los caminos del arte,
de la historia, de la naturaleza, de la artesanía, de la cocina o de la
pastelería para que nuestros hermanos, los hombres y mujeres de esta hora,
vengan y vean cuál es el buen hacer de los conventos, toda una nueva parábola
del auténtico fruto del grano de mostaza.
Jesús de las Heras Muela
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