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En la eucaristía del domingo 20 de abril en el estadio de la Yankees de Nueva
York
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice a sus
Apóstoles que tengan fe en Él, porque Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).
Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da sentido a la
existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegría eterna con todos los
Santos en el Reino de los cielos. Acojamos estas palabras del Señor. Renovemos nuestra
fe en Él y pongamos nuestra esperanza en sus promesas.
Con esta invitación a perseverar en la fe de Pedro (cf. Lc 22,32; Mt 16,17),
les saludo a todos con gran afecto. Agradezco al Señor Cardenal Egan las
cordiales palabras de bienvenida que ha pronunciado en vuestro nombre. En esta
Misa, la Iglesia que peregrina en los Estados Unidos celebra el Bicentenario de
la creación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville por la
desmembración de la sede madre de Baltimore. La presencia, en torno a este altar,
del Sucesor de Pedro, de sus Hermanos Obispos y sacerdotes, de los diáconos, de
los consagrados y consagradas, así como de los fieles laicos procedentes de los
cincuenta Estados de la Unión, manifiesta de forma elocuente nuestra comunión
en la fe católica que nos llegó de los Apóstoles.
La celebración de hoy es también un signo del crecimiento
impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro País en los pasados
doscientos años. A partir de un pequeño rebaño, como el descrito en la primera
lectura, la Iglesia en América ha sido edificada en la fidelidad a los dos
mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo. En esta tierra de libertad
y oportunidades, la Iglesia ha unido rebaños muy diversos en la profesión de fe
y, a través de sus muchas obras educativas, caritativas y sociales, también ha
contribuido de modo significativo al crecimiento de la sociedad americana en su
conjunto.
Este gran resultado no ha estado exento de retos. La primera lectura
de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, habla de las tensiones
lingüísticas y culturales que había en la primitiva comunidad eclesial. Al
mismo tiempo, muestra el poder de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente
por los Apóstoles y acogida en la fe, para crear una unidad capaz de ir más
allá de las divisiones que provienen de los límites y debilidades humanas. Se
nos recuerda aquí una verdad fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene
más fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro
Señor. Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras,
asociaciones o programas, por válidos o incluso esenciales que sean, existen en
último término únicamente para sostener y favorecer una unidad más profunda
que, en Cristo, es un don indefectible de Dios a su Iglesia.
La primera lectura muestra además, como vemos en la imposición
de manos sobre los primeros diáconos, que la unidad de la Iglesia es
“apostólica”, es decir, una unidad visible fundada sobre los Apóstoles, que
Cristo eligió y constituyó como testigos de su resurrección, y nacida de lo que
la Escritura denomina “la obediencia de la fe” (Rm 1,5; Hch 6,7).
“Autoridad”… “obediencia”. Siendo francos, estas palabras no se
pronuncian hoy fácilmente. Palabras como éstas representan “una piedra de
tropiezo” para muchos de nuestros contemporáneos, especialmente en una sociedad
que justamente da mucho valor a la libertad personal. Y, sin embargo, a la luz
de nuestra fe en Cristo, “el camino, la verdad y la vida”, alcanzamos a ver el
sentido más pleno, el valor e incluso la belleza de tales palabras. El Evangelio
nos enseña que la auténtica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra
sólo en la renuncia al propio yo, que es parte del misterio del amor. Sólo
perdiendo la propia vida, como nos dice el Señor, nos encontramos realmente a
nosotros mismos (cf. Lc 17,33). La verdadera libertad florece cuando nos alejamos del
yugo del pecado, que nubla nuestra percepción y debilita nuestra determinación,
y ve la fuente de nuestra felicidad definitiva en Él, que es amor infinito,
libertad infinita, vida sin fin. “En su voluntad está nuestra paz”.
Por tanto, la verdadera libertad es un don gratuito de Dios,
fruto de la conversión a su verdad, a la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Y
dicha libertad en la verdad lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la
realidad. Cuando nos identificamos con “la mente de Cristo” (cf. Fil 2,5), se
nos abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comunión de la Iglesia,
encontramos también la inspiración y la fuerza para llegar a ser fermento del
Evangelio en este mundo. Llegamos a ser luz del mundo, sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14),
encargados del “apostolado” de conformar nuestras vidas y el mundo en que
vivimos cada vez más plenamente con el plan salvador de Dios.
La magnífica visión de un mundo transformado por la verdad
liberadora del Evangelio queda reflejada en la descripción de la Iglesia que
encontramos en la segunda lectura de hoy. El Apóstol nos dice que Cristo,
resucitado de entre los muertos, es la piedra angular de un gran templo que
también ahora se está edificando en el Espíritu. Y nosotros, miembros de su
cuerpo, nos hacemos por el Bautismo “piedras vivas” de ese templo, participando
por la gracia en la vida de Dios, bendecidos con la libertad de los hijos de
Dios, y capaces de ofrecer sacrificios espirituales agradables a él (cf. 1 P 2,5).
¿Qué otra ofrenda estamos llamados a realizar, sino la de dirigir todo
pensamiento, palabra o acción a la verdad del Evangelio, o a dedicar toda
nuestra energía al servicio del Reino de Dios? Sólo así podemos construir con
Dios, sobre el cimiento que es Cristo (cf. 1
Co 3,11). Sólo así podemos edificar algo que
sea realmente duradero. Sólo así nuestra vida encuentra el significado último y
da frutos perdurables.
Hoy recordamos doscientos años de un momento crucial la historia
de la Iglesia en los Estados Unidos: su primer gran fase de crecimiento. En
estos doscientos años, el rostro de la comunidad católica en vuestro País ha
cambiado considerablemente. Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes,
cuyas tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en América.
Pensemos en la recia fe que edificó la cadena de Iglesias,
instituciones educativas, sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo
son el emblema distintivo de la Iglesia en este territorio.
Pensemos también en los innumerables padres y madres que han
transmitido la fe a sus hijos, en el ministerio cotidiano de muchos sacerdotes
que han gastado su vida en el cuidado de las almas, en la contribución
incalculable de tantos consagrados y consagradas, quienes no sólo han enseñado
a los niños a leer y escribir, sino que también les han inculcado para toda la
vida un deseo de conocer, amar y servir a Dios. Cuántos “sacrificios
espirituales agradables a Dios” se han ofrecido en los dos siglos
transcurridos. En esta tierra de libertad religiosa, los católicos han encontrado
no sólo la libertad para practicar su fe, sino también para participar
plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la
esfera pública, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democrática.
La celebración actual es algo más que una ocasión de gratitud por las gracias
recibidas: es una invitación para proseguir con la firme determinación de usar
sabiamente la bendición de la libertad, con el fin de edificar un futuro de esperanza
para las generaciones futuras.
“Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación
consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que les
llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa” (1 P 2,9).
Estas palabras del Apóstol Pedro no sólo nos recuerdan la dignidad que por
gracia de Dios tenemos, sino que también entrañan un desafío y una fidelidad cada
vez más grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo (cf. Ef 1,18).
Nos retan a examinar nuestras conciencias, a purificar nuestros corazones, a
renovar nuestro compromiso bautismal de rechazar a Satanás y todas sus promesas
vacías. Nos retan a ser un pueblo de la alegría, heraldos de la esperanza que
no defrauda (cf. Rm 5,5) nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en
sus promesas.
En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los
días al Padre con las palabras del Señor: “Venga tu Reino”. Esta plegaria debe
forjar la mente y el corazón de todo cristiano de esta Nación. Debe dar fruto
en el modo en que ustedes viven su esperanza y en la manera en que construyen
su familia y su comunidad. Debe crear nuevos “lugares de esperanza” (cf. Spe salvi, 32 ss)
en los que el Reino de Dios se haga presente con todo su poder salvador.
Además, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar
constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca
en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desafíos del
presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometiéndose en
extender su Reino. Significa superar toda separación entre fe y vida, oponiéndose
a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, además, rechazar
la falsa dicotomía entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el
Concilio Vaticano II, “ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos
temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios” (Lumen gentium, 36).
Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la sociedad y la cultura
americanas con la belleza y la verdad del Evangelio, sin perder jamás de vista
esa gran esperanza que da sentido y valor a todas las otras esperanzas que
inspiran nuestra vida.
Queridos amigos, éste es el reto que os presenta hoy el Sucesor
de Pedro. Como “raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada”, sigan con
fidelidad las huellas de quienes les han precedido. Apresuren la venida del
Reino en esta tierra. Las generaciones pasadas les han legado una herencia
extraordinaria. También en nuestros días la comunidad católica de esta Nación
ha destacado en su testimonio profético en defensa de la vida, en la educación
de los jóvenes, en la atención a los pobres, enfermos o extranjeros que viven
entre ustedes. También hoy el futuro de la Iglesia en América debe comenzar a
elevarse partiendo de estas bases sólidas.
Ayer, no lejos de aquí, me ha conmovido la alegría, la esperanza
y el amor generoso a Cristo que he visto en el rostro de tantos jóvenes
congregados en Dunwoodie. Ellos son el futuro de la Iglesia y merecen nuestras
oraciones y todo el apoyo que podamos darles. Por eso, deseo concluir añadiendo
una palabra de aliento para ellos. Queridos jóvenes amigos: igual que los siete
hombres “llenos de espíritu de sabiduría” a los que los Apóstoles confiaron el
cuidado de la joven Iglesia, álcense también ustedes y asuman la
responsabilidad que la fe en Cristo les presenta. Que encuentren la audacia de
proclamar a Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre”, y las verdades inmutables
que se fundamentan en Él (cf. Gaudium
et spes, 10; Hb
13,8): son verdades que nos hacen libres.
Se trata de las únicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad
y de los derechos de todo hombre, mujer y niño en nuestro mundo, incluidos los más
indefensos de todos los seres humanos, como los niños que están aún en el seno
materno.
En un mundo en el que, como Juan Pablo II nos recordó hablando
en este mismo lugar, Lázaro continúa llamando a nuestra puerta (Homilía en el Yankee Stadium, 2 de octubre de 1979, n. 7), actúen de modo que su fe y su
amor den fruto ayudando a los pobres, a los necesitados y a los sin voz.
Muchachos y muchachas de América, les reitero: abran los corazones a la llamada
de Dios para seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa. ¿Puede haber un
signo de amor más grande que seguir las huellas de Cristo, que no dudó en dar
la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13)?
En el Evangelio de hoy, el Señor promete a los discípulos que
realizarán obras todavía más grandes que las suyas (cf. Jn 14,12).
Queridos amigos, sólo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe
realizar todavía en sus vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos.
Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza
firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del
templo espiritual que es su Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Dirijamos nuestra mirada hacia él, pues también ahora nos está preparando un
sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Espíritu Santo, trabajemos
con renovado ardor por la extensión de su Reino.
“Dichosos los creyentes” (cf. 1
P 2,7). Dirijámonos a Jesús. Sólo Él es el
camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos
más profundos de todo corazón, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza,
para nosotros y para todo el mundo. Amén.
* * *
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Les saludo con afecto y me alegro de celebrar esta Santa Misa
para dar gracias a Dios por el bicentenario del momento en que empezó a
desarrollarse la Iglesia Católica en esta Nación.
Al mirar el camino de fe recorrido en estos años, no exento
también de dificultades, alabamos al Señor por los frutos que la Palabra de
Dios ha dado en estas tierras y le manifestamos nuestro deseo de que Cristo,
Camino, Verdad y Vida, sea cada vez más conocido y amado.
Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que
la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre,
sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta
a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo
y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de
nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada
día más acogedoras y fraternas.
Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que entraña
creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercanía efectiva
hacia los pobres. También en una respuesta generosa a las llamadas que Él sigue
formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagración a Dios
y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.
Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con
esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente Él es el camino
que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las más nobles
expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el
mundo. Que Dios les bendiga.
[00591-04.01] [Texto original: Plurilingüe]
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