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Señor Presidente:
Gracias por las amables palabras de
bienvenida en nombre del pueblo de los Estados Unidos de América. Aprecio
profundamente su invitación a visitar este gran País. Mi llegada coincide con
un momento importante de la vida de la comunidad católica en América, como es
la celebración del segundo centenario de la elevación de la primera diócesis
del País, Baltimore, a Archidiócesis metropolitana, y la fundación de las sedes
de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville.
También me siento
dichoso de ser huésped de todos los americanos. Vengo como amigo y anunciador
del Evangelio, como uno que tiene gran respeto por esta vasta sociedad pluralista.
Los católicos americanos han ofrecido y siguen ofreciendo una excelente
contribución a la vida de su País. Al comenzar mi visita, confío en que mi
presencia pueda ser fuente de renovación y esperanza para la Iglesia en los
Estados Unidos y refuerce la voluntad de los católicos de contribuir más
responsablemente aún a la vida de la Nación, de la que están orgullosos de ser
ciudadanos.
Ya desde los
albores de la República, la búsqueda de libertad de América ha sido guiada por
la convicción de que los principios que gobiernan la vida política y social
están íntimamente relacionados con un orden moral, basado en la señoría de Dios
Creador. Los redactores de los documentos constitutivos de esta Nación se
basaron en esta convicción al proclamar la “verdad evidente por sí misma” de
que todos los hombres han sido creados iguales y dotados de derechos
inalienables, fundados en la ley natural y en el Dios de esta naturaleza. El
curso de la historia americana demuestra las dificultades, las luchas y la gran
determinación intelectual y moral que han sido necesarias para formar una
sociedad que incorporara fielmente estos nobles principios. A lo largo de ese
proceso, que ha plasmado el alma de la Nación, las creencias religiosas fueron
una constante inspiración y una fuerza orientadora, como, por ejemplo, en la
lucha contra la esclavitud y en el movimiento en favor de los derechos civiles.
También en nuestro tiempo, especialmente en los momentos de crisis, los
americanos siguen encontrando energía en sí mismos adhiriéndose a este
patrimonio de ideales y aspiraciones compartidos.
En los próximos
días, espero encontrarme no solamente con la comunidad católica de América,
sino también con otras comunidades cristianas y representaciones de las
numerosas tradiciones religiosas presentes en este País. Históricamente, no
sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la libertad de
adorar a Dios según los dictámenes de su conciencia, siendo aceptados al mismo
tiempo como parte de una confederación en la que cada individuo y cada grupo
puede hacer oír su propia voz. Ahora que la Nación tiene que afrontar
cuestiones políticas y éticas cada vez más complejas, confío que los americanos
encuentran en sus creencias religiosas una fuente preciosa de discernimiento y
una inspiración para buscar un diálogo razonable, responsable y respetuoso en
el esfuerzo de edificar una sociedad más humana y más libre.
La libertad no es
sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal. Los
americanos lo saben por experiencia: casi todas las ciudades de este País
tienen monumentos en honor a cuantos han sacrificado su vida en defensa de la
libertad, tanto en su propia tierra como en otros lugares. La defensa de la
libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio
por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados.
Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias
creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable.
En una palabra, la libertad es siempre nueva. Se trata de un desafío que se
plantea a cada generación, y ha de ser ganado constantemente en favor de la
causa del bien (cf. Spe salvi, 24). Pocos han entendido esto tan claramente
como el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria. Al reflexionar sobre la
victoria espiritual de la libertad sobre el totalitarismo en su Polonia nativa
y en Europa oriental, nos recordó que la historia demuestra en muchas ocasiones
que «en un mundo sin verdad la libertad pierde su fundamento», y que una
democracia sin valores puede perder su propia alma (cf. Centesimus annus, 46).
En estas palabras proféticas resuena de algún modo la convicción del Presidente
Washington, expresada en su discurso de despedida, de que la religión y la
moralidad son «soportes indispensables» para la prosperidad política.
Por su parte, la
Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la
persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27). Está
convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el
Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer
(cf. Gaudium et spes, 10). La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a
nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad
cada vez más justa y fraterna. Como vuestros Padres fundadores bien sabían, la
democracia sólo puede florecer cuando los líderes políticos, y los que ellos
representan, son guiados por la verdad y aplican la sabiduría, que nace de
firmes principios morales, a las decisiones que conciernen la vida y el futuro
de la Nación.
Los Estados Unidos
América han desempeñado desde hace más de un siglo un papel importante en la
comunidad internacional. El viernes próximo, si Dios quiere, tendré el honor de
dirigir la palabra a la Organización de las Naciones Unidas, donde espero
alentar los esfuerzos que se están haciendo para dar a esa institución una voz
todavía más eficaz en favor de las expectativas legítimas de todos los pueblos
del mundo. A este respecto, en el 60° aniversario de la Declaración Universal
de los Derechos del Hombre, la exigencia de una solidaridad global es más
urgente que nunca, si se quiere que todos puedan vivir de acuerdo con su
dignidad, como hermanos y hermanas que habitan en una misma casa, alrededor de
la mesa que la bondad de Dios ha preparado por todos sus hijos. América se ha
mostrado siempre generosa en salir al encuentro de las necesidades humanas
inmediatas, promoviendo el desarrollo y ofreciendo alivio a las víctimas de las
catástrofes naturales. Tengo la confianza de que esta preocupación por la gran
familia humana seguirá manifestándose con el apoyo a los esfuerzos pacientes de
la diplomacia internacional orientados a solucionar los conflictos y a promover
el progreso. Así, las generaciones futuras podrán vivir en un mundo en el que
florezca la verdad, la libertad y la justicia, un mundo donde la dignidad y los
derechos dados por Dios a cada hombre, mujer y niño, sean tenidos en
consideración, protegidos y promovidos eficazmente.
Señor Presidente,
queridos amigos: al comenzar mi visita en los Estados Unidos, deseo expresar un
vez más mi gratitud por su invitación, mi alegría por encontrarme entre
vosotros y mi oración ferviente para que Dios Omnipotente fortalezca a esta
Nación y a su pueblo en el camino de la justicia, la prosperidad y la paz. ¡Que
Dios bendiga a América!
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