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La prestigiosa revista TIME acaba de dedicar su portada a Benedicto XVI, quien
dentro de unos días visitará como Papa los Estados Unidos de América. Y la
frase de portada junto a la foto es elocuente: “¿Por qué el Papa ama América?”
Y añade el reportaje: "No
es una exageración decir que el Papa ve en los Estados Unidos un modelo cívico
e incluso una inspiración para su Europa nativa".
En
efecto, Joseph Ratzinger ha manifestado en muchos de sus escritos su admiración
por las bases éticas que están en el origen de los Estados Unidos. En el libro
escrito al alimón con Marcelo Pera “Sin raíces”, dice que “Desde la
Revolución Francesa se han desarrollado dos modelos europeos: en los países
latinos ha prevalecido el modelo laico, donde el Estado se distingue netamente
de los organismos religiosos, que se atribuyen al ámbito privado, y el propio
Estado rechaza un fundamento religioso y se sabe fundado únicamente en la razón
y sus intuiciones. Pero ante la
fragilidad de la razón estos sistemas se han revelado endebles y propensos a
caer víctimas de dictaduras. En el mundo germánico ha prevalecido el modelo de
Iglesia y Estado propio del protestantismo liberal. Una religión cristiana
ilustrada, esencialmente concebida como moral, garantiza un consenso moral y un
fundamento religioso amplio. Entre los dos modelos se sitúa el modelo de
Estados Unidos, que por una parte adopta un rígido dogma de separación sobre la
base de las iglesias libres, y por otra, está plasmado por un consenso de fondo
cristiano-protestante no definido en términos confesionales, sino ligado a una
conciencia particular de misión religiosa en relación con el resto del mundo.
De esta manera, la esfera religiosa adquiría un significativo peso público, se
constituía en fuerza prepolítica y suprapolítica, potencialmente determinante
para la vida política”.
Y recordando las palabras de Tocqueville en La Democracia
en América, dice que éste había constatado que el sistema de reglas, de por sí
inestable y fragmentario, con que vista desde fuera, estaba constituída la
democracia americana, funcionaba solamente porque en esa sociedad estaba vigente todo un conjunto de
convicciones religiosas y morales de inspiración cristiano-protestante, que
nadie había prescrito ni definido, pero que se daba sin más por supuesto por
parte de todos, como una base espiritual obvia. “El reconocimiento de tales
orientaciones de fondo que determinaban a la sociedad desde el interior, prestó
una fuerza especial al conjunto de los ordenamientos y definió los límites de
la libertad individual desde el interior, ofreciendo de esta manera las
condiciones necesarias para una libertad compartida y participada”.
Es
particularmente significativa la frase de Tocqueville: “El despotismo puede
prescindir de la fe; la libertad, no”. El propio John Adams dijo que la
Constitución americana ”está hecha sólo para un pueblo moral y religioso”. ¿Por qué Europa no conoce un
consenso del mismo género?
Ya
hemos apuntado que la sociedad americana fue constituída en gran parte por unos grupos que habían huído del sistema
vigente en Europa entonces de Iglesias de Estado, y encontrado su realización
religiosa en las comunidades libres fuera de la Iglesia de Estado. El
fundamento de la sociedad americana está constituido por lo tanto por las
iglesias libres, para las cuales, a causa de su enfoque religioso, tiene un
valor estructural precisamente el no ser Iglesia del Estado sino basarse en la
unión libre de los individuos. Señala Ratzinger que “En este sentido se
puede afirmar que existe en la base de la sociedad americana una separación
entre Estado e Iglesia reclamada por la misma religión; una separación motivada
y estructurada de muy distinta manera a la impuesta, bajo el signo del
conflicto, por la Revolución Francesa y los sistemas que vinieron después de
ella. En América, en cambio, el Estado no es más que un espacio libre para las
diversas comunidades religiosas. Una separación que tiene por objeto el que la
Religión mantenga su propia naturaleza,
que respeta y protege el espacio vital de ésta, distinto del Estado y de sus
ordenamientos. Es una separación concebida positivamente.”
En
su libro “El cristiano en la crisis de Europa” enfrenta a nuestro continente
con esta diferencia: “Prescindir de las raíces cristianas no es la expresión
de una tolerancia exquisita que respeta todas las culturas de la misma manera,
sin privilegiar a ninguna de ellas, sino elevar a la categoría de absoluto unas
ideas y unas vivencias que se contraponen radicalmente a las demás culturas
históricas de la humanidad. La verdadera contraposición que caracteriza al
mundo presente no es la que se establece entre diversas culturas religiosas,
sino la que se produce, por un lado, entre la emancipación radical del hombre
con respecto a Dios y a las raíces de la vida, y por otro, entre las grandes
raíces religiosas. Si se llega a un enfrentamiento de culturas, no será por un
choque entre grandes religiones, sino por el conflicto entre esa emancipación
radical del hombre y las grandes culturas históricas”(...)”Para las
culturas del mundo la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente
es algo profundamente extraño”.
En
“Verdad, Valores, Poder” da un toque de atención más concreto mediante la
crítica a la utopía banal de
Rorty, cuyo ideal es una sociedad en la que no existan valores ni criterios
absolutos, sino que el bienestar sería lo único a lo que merecería la pena
aspirar. “El positivismo estricto, que se expresa en la absolutización del
principio mayoritario, se transforma antes o después en nihilismo. Tanto para
la dictadura nacionalsocialista como para la comunista, ninguna acción era
inmoral o mala en sí. Lo que servía a los fines del movimiento o del partido
era bueno, por inhumano que fuese. Así se ha producido después de varios
decenios la aniquilación del sentido moral, que se transformará en completo
nihilismo cuando pierdan vigencia los fines anteriores y la libertad se reduzca
tan sólo a la posibilidad de hacer todo lo que en algún momento pueda
considerar interesante o entretenido, una libertad vacía”.
En
“Europa” apunta ya a la necesidad de una nueva brújula para la Europa
nihilista: “Si la Ilustración fue en busca de los fundamentos morales
válidos etsi Deus non daretur (“como si Dios no existiera”), hoy debemos
invitar a nuestros amigos agnósticos a que se abran a una moral veluti si Deus
daretur, el consejo que daba Pascal a sus amigos no creyentes . Kolakowski, que
proviene de la experiencia de una sociedad ateo-agnóstica, ha mostrado
magistralmente que, sin este punto absoluto de referencia, el obrar humano se
pierde en la incertidumbre y queda inevitablemente a merced de las fuerzas del
mal”.
Recuerda
igualmente que “la Declaración Fundamental de los Derechos Humanos firmada
en el año 48 después de la terrible prueba de la II Guerra Mundial, expresa
incluso en el título la convicción de que los Derechos Humanos pertenecen al
hombre por naturaleza, que el Estado los reconoce, pero no los confiere, que
pertenecen a todos los hombre en cuanto seres humanos y no por características
secundarias que otros tendrían derecho a determinar a su libre arbitrio”.
Precisamente,
entre los actos previstos en este viaje está realizar una alocución en la sede
de Naciones Unidas, en el año que celebra el 60º aniversario de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. Como acaba de apuntar George Weigel,
Benedicto XVI no acude a la ONU para hacer alabanzas o lamentaciones. Lo más
probable es que desafíe al órgano mundial a tomarse más en serio las verdades
morales que fundamentan la dignidad humana, para cuya defensa se fundó la ONU;
verdades morales que pueden ser conocidas mediante la razón.
En
“Sin raíces” denunciaba que “El relativismo, cuanto más llega a ser la forma
de pensamiento generalmente aceptada, tiende más a la intolerancia y a
convertirse en un nuevo dogmatismo. Mientras la fidelidad a los valores
religiosos es tachada de intolerante, el patrón relativista se erige en
obligación. Es muy importante oponerse a esta constricción de una nueva
pseudoilustración que amenaza a la libertad de pensamiento así como a la
libertad religiosa. El relativismo ha empezado a tomar cuerpo en Europa como
una especie de nueva religión que pone límites a las convicciones religiosas y
trata de someterlas todas ellas al superdogma del relativismo. El creyente no
quiere y no puede imponer por la legislación jerarquías de valor que sólo en la
fe se pueden reconocer y realizar. Puede reclamar solamente lo que pertenece a
las bases de la humanidad accesibles a la razón y que por eso es esencial para
la construcción de un buen orden jurídico. ¿Cuál es el mínimun moral accesible
a la razón común a todos los hombres? Por eso es muy importante desarrollar una
ética filosófica que, aun estando en armonía con la ética de la fe, debe sin
embargo tener su propio espacio y su rigor lógico. La racionalidad de los
argumentos debería colmar el foso entre la ética laica y la ética religiosa y
fundar una ética de la razón que vaya más allá de dichas distinciones”.
En su mensaje dirigido al pueblo
americano antes del viaje, ha dado una pista de cuál es la brújula que frente a
la desorientación nihilista-relativista de Occidente va a proponer a quienes
quieran escuchar desde la razón y la buena voluntad: la llamada “regla áurea”. “Haced a los demás lo que queréis que os hagan a
vosotros, no hagáis lo que no queréis que os hagan. Esta "regla de
oro" se encuentra en la Biblia, pero vale para todos, también para los no
creyentes. Es la ley escrita en la conciencia humana, y sobre ella todos
podemos estar de acuerdo, de modo que el encuentro de las diferencias sea
positivo y constructivo para toda la humanidad".
Esta
regla áurea se intuye ya en la Ética a Nicómaco de Aristóteles, y aunque
al recogerla posteriormente el cristianismo amplió su perspectiva, está en
sintonía con otras tradiciones sapienciales y religiosas. Proponer tratar a los
demás como quisiera ser uno tratado por ellos parece un buen mínimun moral.
Nuevamente
podemos acudir al análisis de Tocqueville en Democracia en América, que
Ratzinger recoge en “Verdad, Valores, Poder”: “Una condición esencial para
que se mantuviera unida esta formación constitutivamente quebradiza y fuera
posible un orden de libertades en libertad vivida en común era, a juicio del gran pensador político, el que en América
seguía viva la conciencia moral fundamental alimentada por el cristianismo
protestante, la cual constituía el fundamento que sustentaba las instituciones
y mecanismos democráticos. Sin convicciones morales comunes –señala Ratzinger-
las instituciones no pueden durar ni surtir efecto. Las decisiones mayoritarias
no pierden su condición verdaderamente humana y razonable cuando presuponen un
sustrato básico de humanidad y lo respetan como verdadero bien común y
condición de todos los demás bienes. Apartarse de las grandes fuerzas morales y
religiosas de la propia historia es el suicidio de una cultura. Cultivar las
evidencias morales esenciales, defenderlas, protegerlas como un bien común sin
imponerlas por la fuerza, constituye una condición para mantener la libertad
frente a todos los nihilismos y sus consecuencias totalitarias”.
Sí. Benedicto admira la fortaleza moral de la sociedad
americana y dirá en la ONU que existe un mínimun moral accesible a la razón
común a todos los hombres, y que sin paz
entre Razón y Religión se secan las fuentes de la moral y del Derecho. Victoria Llopis Carrasco
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