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Primera lectura: Hech 10,
34a.37-43 (Hemos comido y bebido con él
después de la resurrección)
Salmo responsorial: 117. (Este es el día en que actuó el Señor: sea
nuestra alegría y nuestro gozo)
Segunda lectura: Col 3,
1-4. (Buscad los bienes de allá arriba,
donde está Cristo)
Evangelio: Jn 20, 1-9. (Él había de resucitar de entre los muertos)
«Llegó
también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el
suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con
las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó. Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos»
Vida
Los
escritos vendrían después. También los planes de organización, los medios, el
reparto de la tarea. Llegarían días de poner orden, de repensarlo todo desde la
lógica humana, de recordar palabras y redimir traiciones. Poco a poco, la
coherencia del mensaje se iría haciendo manifiesta, la paradoja recibiría luz,
el camino entero recorrido adquiría un sentido pleno: cada paso, cada silencio,
cada palabra.
Llegarían
días de estudiar las profecías, y verlas bien claras a la luz del Mesías.
Habría que preparar viajes, y convocar asambleas para discernir el camino.
Muchos surcarían mares; otros, montañas lejanas; todos, conocerían tierras
nuevas y harían hermanos.
El
crecimiento, los problemas, los retos, el diálogo, la reflexión profunda: todo
vendría como fruto maduro de una ardiente tarea.
El sepulcro vacío y apariciones
del Maestro
Pero
en aquella mañana sólo había vida, alegría a punto de explotar: el sepulcro
estaba vacío, y el Maestro se había aparecido. La mañana se abría, pero no era
suficiente el universo para contener tanta luz. Había frescor y belleza, pero
ninguna melodía de este mundo podía expresar tan novedosa alegría. Ni tan
siquiera las lágrimas más contenidas, o la más sublime sonrisa, podían expresar
el desbordante gozo de su presencia. Estaba allí, llenándolo todo.
La
Iglesia no nació en reuniones secretas de sociedades sectarias que buscan
cambiar el mundo según su propia ideología. No nació de planes filantrópicos de
burgueses bienintencionados. Tampoco fue dada a luz por revolucionarios que
pretendían cambiar el mundo, fuera con violencia o sin ella. No hubo un plan,
ni un pacto, ni una alianza: «en el principio, estalló la vida». La Iglesia es
fruto de la resurrección de Jesús de Nazaret de entre los muertos. Ese fue su
origen primero, y sigue siendo la fuente de donde mana todo lo que es y toda su
misión.
«En
el principio, estalló la vida». Hoy, los discípulos de la Vida nos alegramos al
celebrar nuestros comienzos. No miramos el pasado: él es presencia. Su palabra
nos seduce, su vida nos bendice, su amor nos estremece. Discípulos de la vida,
amigos del Resucitado, hijos del domingo sin ocaso.
Manuel Pérez Tendero
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