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Con gran alegría
dirijo mi caluroso saludo a todos los que están reunidos en esta Basílica en la
Fiesta litúrgica de la Conversión de San Pablo, para concluir la Semana de Oración
por la Unidad de los Cristianos, en este año en que celebramos el quincuagésimo
aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que el beato Juan XXIII
anunció justo en esta Basílica, el 25 de enero de 1959
El tema
ofrecido a nuestra meditación en la Semana de oración que hoy concluimos es: «Todos
seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo» (cfr 1 Cor
15,51-58).
El significado de esta misteriosa transformación, de la
que nos habla la segunda lectura breve de esta tarde, se muestra admirablemente
en la vivencia personal de san Pablo. A raíz del evento extraordinario sucedido
de camino a Damasco, Saulo, que se caracterizaba por el celo con el que perseguía
a la Iglesia naciente, fue transformado en infatigable apóstol del Evangelio de
Jesucristo. En la vivencia de este extraordinario evangelizador, se percibe
claramente que esta transformación no es el resultado de una larga reflexión
interior y tampoco es el fruto de un esfuerzo personal. Es, ante todo, obra de
la gracia de Dios que ha actuado según sus caminos imperscrutables. Es por ello
que Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, algunos años después de su
conversión, afirma, como hemos escuchado en la primera lectura de estas Vísperas:
«por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí» (1 Cor
15, 20).
Además, considerando
con atención la vivencia de san Pablo, se comprende cómo la transformación que él
experimentó en su existencia no se limita al ámbito ético – como conversión de
la inmoralidad a la moralidad -, ni al intelectual – como cambio de su propio
modo de comprender la realidad -, sino que se trata, más bien, de una renovación
radical del propio ser, semejante en muchos aspectos a un renacer. Una
transformación de tal envergadura encuentra su cimiento en la participación en
el misterio de la Muerte y Resurrección de Jesucristo y se perfila como un
camino gradual de conformación en Él. A la luz de esta toma de conciencia, san
Pablo, cuando luego será llamado a defender la legitimidad de su vocación apostólica
y del evangelio que anuncia, dirá: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí:
la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que
me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20).
La experiencia
personal vivida por san Pablo le permite esperar con fundada esperanza el
cumplimiento de este misterio de transformación, que atañerá a todos los que
han creído en Jesucristo, así como a toda la humanidad y a toda la creación. En
la segunda lectura breve, que se ha proclamado esta tarde, san Pablo, después
de haber desarrollado una larga argumentación destinada a reforzar en los
fieles la esperanza de la resurrección, utilizando las imágenes tradicionales
de la literatura apocalíptica de su época, describe en pocas líneas el gran día
del juicio final, en el que se cumple el destino de la humanidad: «En un
instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final... los
muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados» ( 1 Cor
15,52).
Ese día, todos los
creyentes quedarán conformados en Cristo y todo lo corruptible será
transformado por su gloria: «Lo que es corruptible debe revestirse de la
incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad» (v
53). Entonces, finalmente el triunfo de Cristo será completo, porque – nos dice
aún san Pablo, mostrando cómo se realizan las antiguas profecías - la muerte
será derrotada definitivamente y, con ella, el pecado que la hizo entrar en el
mundo y la Ley que fija el pecado sin dar la fuerza necesaria para vencerlo: «La
muerte ha sido vencida / ¿Dónde está, muerte, tu victoria? / ¿Dónde está tu
aguijón? / Porque lo que provoca la muerte es el pecado y lo que da fuerza al
pecado es la ley» ( 54 – 56).
San Pablo nos dice,
pues, que cada hombre, mediante el bautismo en la muerte y resurrección de
Cristo, participa en la victoria de Aquel que fue el primero en vencer la
muerte, comenzando un camino de transformación que se manifiesta desde ahora en
una novedad de vida y que alcanzará su plenitud al final de los tiempos.
Es muy significativo
que le lectura termine con un agradecimiento: «¡Demos gracias a Dios, que nos
ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» ( 57). El canto de victoria
sobre la muerte se transforma en canto de gratitud elevado al Vencedor. También
nosotros esta tarde, celebrando las laudes de de Dios, queremos aunar nuestras
voces, nuestras mentes y nuestros corazones en este himno de agradecimiento por
lo que la gracia divina ha obrado en el Apóstol de los gentiles y por el
admirable diseño salvífico que Dios Padre cumple en nosotros, por medio del Señor
Jesucristo. Mientras elevamos nuestra oración, confiamos en ser transformados y
conformados a imagen de Cristo. Ello es particularmente verdadero en la oración
por la unidad de los cristianos. En efecto, cuando imploramos el don de la
unidad de los discípulos de Cristo, hacemos nuestro el anhelo expresado por
Jesucristo en la vigilia de su pasión y muerte, en la oración que dirige al
Padre: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).
Por este motivo, la
oración por la unidad de los cristianos no es otra cosa que participación en la
realización del proyecto divino para la Iglesia y el compromiso activo por el
restablecimiento de la unidad es un deber y una gran responsabilidad para
todos.
Aun experimentando en
nuestros días la situación dolorosa de la división, los cristianos podemos y
debemos mirar al futuro con esperanza, puesto que la victoria de Cristo
significa la superación de todo lo que nos impide compartir la plenitud de vida
con Él y con los demás. La resurrección de Jesucristo confirma que la bondad de
Dios vence el mal, el amor supera la muerte. Él nos acompaña en la lucha contra
la fuerza destructora del pecado que damnifica a la humanidad y a toda la
creación de Dios. La presencia de Cristo resucitado nos llama a todos los
cristianos a actuar juntos en la causa del bien. Unidos en Cristo, estamos
llamados a compartir su misión, que es la de llevar la esperanza allí donde
dominan la injusticia, el odio y la desesperación. Nuestras divisiones hacen
menos luminoso nuestro testimoniar a Cristo. La meta de la unidad plena, que
esperamos con activa esperanza y por la que rezamos con confianza, es una
victoria no secundaria, sino importante por el bien de la familia humana.
En la cultura que
predomina hoy, la idea de victoria se asocia a menudo con un éxito inmediato.
Sin embargo, en la óptica cristiana, la victoria es un largo proceso de
transformación y de crecimiento en el bien, aunque según la perspectiva de los
hombres, no siempre pueda parecer lineal. La victoria se produce según los
tiempos de Dios, no según los nuestros, y requiere de nosotros profunda fe y
paciente perseverancia. Si bien el Reino de Dios irrumpa definitivamente en la
historia con la resurrección de Jesús, su Reino aún no se ha realizado. La
victoria final llegará sólo con la segunda venida del Señor, que nosotros
esperamos con paciente esperanza. También nuestra espera de la unidad visible
de la Iglesia debe ser paciente y confiada. Sólo en esta disposición encuentran
su significado pleno nuestra oración y nuestro compromiso cotidianos por la
unidad de los cristianos. La conducta de espera paciente no significa pasividad
o resignación, sino respuesta pronta y atenta a toda posibilidad de comunión y
hermandad, que el Señor nos dona.
En este clima
espiritual, quisiera dirigir algunos saludos particulares. En primer lugar, al
Cardenal Monterisi, Arcipreste de esta Basílica; al Abad y a la Comunidad de
los mojes benedictinos que nos hospedan. Saludo al Cardenal Koch, Presidente
del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y a
todos los colaboradores de este Dicasterio. Dirijo mis cordiales y fraternos
saludos a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante del Patriarcado ecuménico,
y al Reverendo Canónigo Richardson, representante personal en Roma del
Arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes de las diversas Iglesias
y Comunidades eclesiales, reunidos aquí esta tarde. Además, me complace de
forma especial saludar a algunos miembros del Grupo de trabajo integrado por
exponentes de diversas Iglesias y Comunidades eclesiales presentes en Polonia,
que han preparado los textos para la Semana de Oración de este año, a los que
quisiera expresar mi gratitud y mis mejores deseos para que prosigan por el
camino de la reconciliación y de la fructuosa colaboración. Así como a los
miembros del Global Christian Forum, que en estos días están en Roma para
reflexionar sobre la ampliación de la participación en el movimiento ecuménico
de nuevos elementos. Saludo también al grupo de estudiantes del Instituto Ecuménico
del Consejo Ecuménico de las Iglesias de Bossey.
A la intercesión de
san Pablo deseo encomendar a todos aquellos que, con su oración y su
compromiso, se esmeran por la causa de la unidad de los cristianos. Aunque a
veces se pueda tener la impresión de que el camino hacia el restablecimiento
pleno de la comunión siga siendo aún muy largo y lleno de obstáculos, invito a
todos a renovar su propia determinación en perseguir, con valentía y
generosidad, la unidad que es voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de san
Pablo, que ante dificultades de todo tipo, conservó siempre firme la confianza
en Dios, que lleva a cumplimiento su obra. Por otra parte, en este camino no
faltan signos positivos de una reencontrada fraternidad y de un sentido
compartido de responsabilidad ante las grandes problemáticas que afligen a
nuestro mundo. Todo ello es motivo de alegría y de gran esperanza y debe
alentarnos a proseguir nuestro compromiso para llegar todos juntos a la meta
final, sabiendo que nuestros esfuerzos no son vanos en el Señor (cfr 1 Cor
15,58). Amén.
Radio Vaticana
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