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Monseñor
Amadeo Rodríguez Magro es el obispo de Plasencia
Acabamos de conocer el mensaje de Su Santidad, el Papa
Benedicto XVI, con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, en el que reflexiona
sobre los sacramentos de curación. En este bello y profundo documento, el Santo
Padre, al referirse al Sacramento de la Unción, dice de él que se merece una
mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral
con los enfermos. 
Pues bien, al leer esto, me he sentido invitado a poner
mi granito de arena, al menos en lo que se refiere a la animación pastoral de
este sacramento en nuestra diócesis. Lo haré a modo de decálogo, para así ajustarme
al espacio que yo mismo me he impuesto en las cartas que habitualmente os
escribo. Pero, antes de ir sumando del uno al diez, quiero aportar un criterio
común que recorra las ideas y sugerencias posteriores: promover pastoralmente
el Sacramento de la Unción de enfermos es de gran valor en la nueva
evangelización. En efecto, este sacramento renueva la fe del que lo recibe y,
además convierte al enfermo en un testigo de la presencia compasiva y sanante
de Dios en su vida, es decir, hace de él un auténtico evangelizador.
Pero vayamos ya al prometido decálogo:
1. El
sacramento de la Unción de enfermos necesita la fe para ser acogido y valorado,
al tiempo que también cultiva la fe del enfermo, la fortalece y es un foco
luminoso que ilumina con la luz de Cristo a quienes le cuidan, en cualquiera de
los entornos que todo enfermo suele y debe tener. El enfermo que pide y acepta
este precioso sacramento, también escucha estas palabras de consuelo de Cristo:
“tu fe te ha salvado”.
2. Los
sacramentos de la Unción de Enfermos y el de la Penitencia o Reconciliación -los
dos de curación- están estrechamente unidos, ambos curan en cuerpo y alma. Con
los dos se produce la renovación del alma, y por la Unción, además, si es su
voluntad, también el Señor concede la salud corporal. Por eso, difícilmente se
puede valorar y desear el sacramento de la Unción, si no nos acercamos con
asiduidad y gratitud al sacramento que nos restituye la gracia y nos une a Dios
con profunda amistad. Es más, la Unción debería ir acompañada de una confesión
general.
3. La
Unción de enfermos es un sacramento de esperanza, en el que se alivian las
penas, se percibe la mano salvadora del Señor y en el que se produce un
encuentro espiritual con Cristo, especialmente en su pasión, su muerte y su
resurrección. La misma materia sacramental, el óleo, convierte la unción en
medicina de Dios, que fortalece y consuela al enfermo, lo sana y siempre remite
a la curación definitiva en la vida eterna.
4. La
Unción es un sacramento necesario en el proceso vital de los seres humanos,
cuando llega el momento de la enfermedad, venga en la edad que venga. El hecho
de que ya los primeros cristianos lo consideraran un sacramento específico, con
el que encomendaban los enfermos al Señor sufriente y glorificado, como
atestigua Santiago (5,14-16), hace que la Unción no sea un sacramento menor
respecto a los otros. Por eso la Iglesia continúa con la misma sensibilidad y
los mismos gestos de Jesús en su solicitud por los enfermos, sus verdaderos
predilectos.
5. La
Unción de enfermos es un sacramento de la Iglesia, es decir, pertenece a la
solicitud pastoral permanente de la comunidad cristiana hacia los enfermos: de
todos los que hacen la pastoral de la salud, incluidos los profesionales de la
sanidad y los familiares. Todos son ministros de los enfermos y signo e
instrumento de la compasión de Cristo con el hermano sufriente. Por eso, la
celebración de la Unción de enfermos ha de ser eclesial y comunitaria, incluso
cuando tiene lugar en familia o en la habitación de un hospital.
6. El
Sacramento de la Unción no es un remedio extremo que hay que posponer lo más
posible. No es la “extremaunción”. Es un don que nos da el Señor, Médico
celeste, que nos socorre en la enfermedad. En efecto se ha de pedir este
sacramento -puede ser recibido cuantas veces sea necesario- cuando las
condiciones de edad y necesidad hacen al fiel particularmente necesitado de
ayuda de la gracia divina; es decir, “cuando experimenta las dificultades
inherentes al estado de enfermedad grave o a la vejez”.
7. Se
trata de un sacramento que ha de ser siempre facilitado, porque con él se
acerca el amor de Dios en la hora del dolor y la enfermedad. Nunca,
por tanto, debería ser obstaculizado, especialmente por los familiares, los
cuales, quizás por no estar en la honda de fe del enfermo, proyectan sobre este
sacramento sus propios miedos y prejuicios, y a veces son un obstáculo para que
los sacerdotes puedan administrarlo.
8. La
propuesta del Sacramento de la Unción ha de hacerse siempre con criterios de
fe, pues, como ya se ha dicho, requiere la fe para reconocer la bondad divina
en medio de la
enfermedad. Por eso, para hacer este sacramento más comprensible
y menos temido, no se puede recurrir a propuestas que lo banalicen, como por
ejemplo invitar a todos los que se quieran acercar sin hacer un discernimiento
personalizado sobre la edad o la gravedad de la enfermedad de los que van a
recibirlo. Tampoco ha de disimularse en sus palabras y en sus ritos o gestos.
9. Al
ser la Unción un sacramento que se recibe en una situación en la que los seres
humanos se hacen muchas reflexiones y preguntas, el enfermo tiene derecho a que
se le ayude a encontrar las respuestas que le ofrece la fe, aunque por las
circunstancias que fuere, a lo largo de su vida la hubieran puesto entre
paréntesis. La cuestión de Dios no falta nunca, siempre vuelve, especialmente
en esos momentos cruciales, del mismo modo que también está presente en la
enfermedad, de un modo más o menos explícito, la cruz de Cristo y la esperanza
en el Resucitado.
10. El
Sacramento de la Unción nunca se recibe aislado del clima religioso que vive el
enfermo. Por eso, además del ya aludido sacramento de la Reconciliación, no
debe faltar el Viático, cuando haya llegado su momento, ya que éste es la
sagrada comunión que recibe una persona cuando se dispone a terminar su vida
terrena. Tampoco puede faltarle al enfermo el consuelo de sus devociones, de
sus imágenes queridas y, sobre todo, de las oraciones, especialmente a la Santísima Virgen:
el ángelus, el rosario y otras oraciones marianas son de gran consuelo en la
enfermedad.
Seguramente consideras
incompleta esta reflexión; pero estoy seguro de que con estas diez motivaciones
podemos hablar bien de este “seguro de vida” que en realidad es la Unción de
los Enfermos.
Con todo mi afecto.
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Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia
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