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Monseñor
Demetrio Fernández González es el obispo de Córdoba
Cuando estamos esperando un acontecimiento importante y
bonito en nuestra vida, nos ponemos a prepararlo con tiempo. Ya en la
preparación disfrutamos del evento, y las dificultades que haya que superar, se
superan con alegría. La alegría de lo que va a suceder nos estimula en la misma
preparación, la alegría del acontecimiento se nos anticipa cuando estamos
preparándolo.
En este segundo domingo de adviento, sale a nuestro encuentro
Juan el Bautista, “el que va delante del Señor a preparar sus caminos”,
invitándonos a preparar los caminos del Señor que viene a salvarnos. Cuando el
camino está expedito, se facilitan las comunicaciones, es más fácil llegar. El
Señor viene y quiere entrar en nuestras vidas, cambiarlas, para hacernos más
felices, si vivimos con él.
Nos ponemos a la tarea. En el tiempo de
adviento, Dios quiere intensificar nuestra esperanza, purificando nuestra
memoria. Muchas cosas del pasado nos estorban, nos sirven de lastre. Nuestros
pecados y nuestras experiencias negativas nos impiden esperar. Apoyados en
nosotros mismos y en lo que nos ha pasado anteriormente, pensamos que nos va a
suceder lo mismo y se nos cierra el horizonte del futuro. ¡Hemos empezado
tantas veces a ser mejores, y después hemos vuelto a caer en lo mismo de
siempre! El tiempo de adviento viene a decirnos: Es posible cambiar
definitivamente, éste es el tiempo propicio, el Señor te ofrece de nuevo esta
posibilidad, no la desaproveches.
Proyectamos el futuro apoyados en nuestro pasado. El adviento,
al anunciarnos la venida del Señor, nos invita a abrirnos a lo nuevo que Dios
quiere hacer en nuestras vidas. Viene Él en persona a salvarnos, y Él tiene
poder para cambiar nuestras vidas, para hacer algo nuevo en nosotros. “Él os
bautizará con Espíritu Santo”. Jesucristo viene para llenarnos de su Espíritu,
que nos hace capaces de amar, y nos llevará a la plenitud de ese amor, a la
plenitud de la santidad.
El tiempo de adviento es un tiempo penitencial, es un tiempo
de conversión a Dios, pero se trata de una penitencia llena de esperanza, una
penitencia que disfruta de la alegría del acontecimiento al que se prepara. El
Señor viene constantemente a nuestra vida, quiere unirse a cada uno de nosotros
más intensamente, quiere comunicarnos sus dones y hacernos partícipes de su
felicidad. El acontecimiento de la Navidad que se acerca es “Dios con
nosotros”, y por eso hemos de hacerle sitio en nuestro corazón.
En este camino de preparación, la Virgen
María tiene un protagonismo singular. Ella es la llena de gracia, la que ha
sido librada del pecado, incluso del pecado original, la Inmaculada Concepción,
cuya fiesta vamos a celebrar en los próximos días. La fiesta de la Inmaculada
nos pone delante de los ojos el primer fruto de la redención. Lo que Dios ha hecho
en ella, quiere hacerlo en su medida en cada uno de nosotros, puros, llenos de
su gracia, inmaculados en su presencia. María nos va a dar a Jesús en la
Nochebuena. Ella nos alcance la pureza de corazón para acoger a Jesús que viene
a salvarnos. Ella nos ayude a entender que Dios quiere hacer nueva nuestra
vida. Ella nos haga esperar al que viene a salvarnos, porque sólo en Él tenemos
la salvación.
Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández,
obispo de Córdoba
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