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Publicamos el
discurso que el Cardenal Secretario de Estado Tarcisio Bertone a dirigido a la asamblea de obispos cubanos con ocasión del X
Aniversario de la visita de Juan Pablo II a Cuba.
TEXTO EN CASTELLANO
Señor Cardenal,
Señor Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba,
Queridos Hermanos en el Episcopado:
Agradezco a Mons. Juan García Rodríguez, Arzobispo de Camagüey y
Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, las cordiales
palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos, y a las que
correspondo con la expresión de mi sincero afecto y mi profunda estima.
En primer lugar, quisiera hacerme intérprete de los sentimientos
del Santo Padre Benedicto XVI, quien, ante este viaje mío a Cuba, me encargó
transmitirles a Ustedes su afectuoso saludo y su cercanía espiritual. En
efecto, el Papa conoce bien la situación de la Iglesia cubana, la lleva en su
corazón y la tiene muy presente en sus oraciones. Por eso espera con vivo deseo
la próxima visita ad limina de los obispos cubanos, para poder así encontrarlos
personalmente y estrechar los vínculos de comunión que tan fuertemente unen a
los Pastores de esta noble Nación con la Sede Apostólica.
Doy gracias al Señor por la oportunidad que me ofrece de poder
estar aquí con todos Ustedes y, de modo especial, en este momento en el que la
Iglesia cubana celebra el décimo aniversario de la inolvidable visita del Papa
Juan Pablo II a este País. Estoy plenamente convencido de que esta efeméride
será también un tiempo de gracia abundante y una ocasión privilegiada para impulsar
una intensa labor pastoral que, por un lado, permita consolidar los frutos
espirituales ya cosechados durante estos años y, por otro, produzca una honda
renovación de la vida cristiana en todo el Pueblo de Dios que camina en esta
hermosa tierra.
Les animo, pues, queridos hermanos obispos, a intensificar aún
más si cabe la acción pastoral que con tanta dedicación y empeño están llevando
a cabo. Permítanme recordarles algo que Ustedes, como solícitos Pastores ya
conocen bien: la importancia y la primacía que, tanto en la vida personal como
en nuestro ministerio episcopal, debemos dar a la oración y al trato íntimo con
el Señor en la vida espiritual. Sabemos también que en su ministerio los
obispos deben atender muchos compromisos, programar numerosas actividades y
hacer frente a muchas necesidades. Sin embargo, como ha dicho el Papa Benedicto
XVI, «en la vida de un sucesor de los Apóstoles el primer lugar debe estar
reservado para Dios. Especialmente de este modo ayudamos a nuestros fieles» (Discurso a los Obispos nombrados en el último año, 22-IX-2007).
De esta manera, toda nuestra acción pastoral al servicio de los
fieles y de la Iglesia será verdaderamente fecunda (cf. Juan Pablo II, Ex. ap. Pastores Gregis, n.
12), porque en la intimidad de la oración con Cristo es donde maduran los
mejores proyectos e iniciativas pastorales, y donde el corazón se llena de
confianza y fortaleza ante las dificultades, con la seguridad de que es el
Señor quien actúa en nosotros y a través de nosotros.
Les aliento también a seguir robusteciendo el espíritu de
comunión entre todos los obispos, como miembros del Colegio Apostólico, y con
el Papa. Todos Ustedes deben sentirse acompañados y sostenidos por sus hermanos
en el Episcopado, como manifestación concreta de ese afecto colegial que nos
une (ibíd. n. 8), y por la unión con el Sucesor de Pedro, a quien se le
encomendó confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32).
Les puedo asegurar el interés y el apoyo del Santo Padre por cada uno de
Ustedes. En efecto, el testimonio de caridad fraterna y de unidad entre los
obispos será, sin duda alguna, el mejor espejo en el que los fieles podrán ver
reflejado el misterio de unidad que es la Iglesia.
Este espíritu de comunión ha de embargar a toda la comunidad
cristiana, especialmente por la labor cercana y constante de los sacerdotes y
personas consagradas, que con su ministerio y consagración colaboran
estrechamente con la misión de los Pastores. A éstos, pues, corresponde una
tarea inderogable de ocuparse de su formación, inicial y permanente, y de
atenderlos con solicitud en todo lo que se refiere a su vida espiritual y sus
afanes apostólicos, sin descuidar los aspectos personales y ambientales que
pueden incidir en el ejercicio gozoso y abnegado de sus tareas.
Además, en Cuba se hace hoy de manera tangible la verdad de las
palabras de Jesucristo:
“La mies es abundante y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño
de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt
9,37-38). Una oración a la que debe ir
vinculada una acción pastoral vocacional seria, sistemática y capilar, que haga
llegar al corazón de los jóvenes cubanos el llamado a una entrega incondicional
al Señor y a su Reino de amor, los acompañe con paciencia, delicadeza y
solicitud en todas las etapas del discernimiento vocacional y muestre a las
familias y comunidades cristianas la belleza de una vida totalmente dedicada a
Cristo y a la Iglesia.
Albergo la esperanza de que la celebración de este aniversario
de la visita del Papa Juan Pablo II a esta bendita tierra contribuya a dar un
nuevo impulso a las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica en Cuba,
para que en espíritu de respeto y entendimiento mutuo, la Iglesia pueda llevar
a cabo plenamente su misión, estrictamente pastoral y al servicio de sus
fieles, con la debida libertad.
A este respecto, desearía aprovechar el coloquio que tendremos a
continuación para dialogar con Ustedes acerca de este importante aspecto de las
relaciones entre la Iglesia y el Estado.
Por último, me dirijo a la Virgen María, Nuestra Señora de la
Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, para encomendarle los frutos de esta
visita, al mismo tiempo que le pido por todos Ustedes, y sus comunidades diocesanas,
para que Dios les bendiga, les llene de amor y esperanza, y recompense sus
desvelos al servicio de Dios y de la Iglesia.
Muchísimas gracias.
[00262-04.01] [Texto original: Español]
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