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Primera lectura: 1 Sam 16,
1b.6-7.10-13a. (David es ungido rey de Israel).
Salmo responsorial: 22. (El
Señor es mi pastor, nada me falta).
Segunda lectura: Ef 5, 8-14. (Levántate
de entre los muertos y Cristo será tu luz).
Evangelio: Jn 9, 1-41. (Fue, se
lavó y volvió con vista).
«Jesús
vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos
al ciego y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”).
Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo
pedir limosna preguntaban: -¿?No es éste el que se sentaba a pedir? Unos decía:
-El mismo. Otro decían: -No es él, pero se le parece. Él respondía: -Soy yo».
El camino de la luz
Reconocer
a Jesús como el Mesías es un paso imprescindible para reconciliarnos con Dios.
Y es que el Mesías es nuestro reconciliador, sin Él no podemos llegar a
reconstruir nuestro interior roto por el pecado.
Desde
este perspectiva, lo que llama la atención en el evangelio de hoy, por el
contrario a lo que puede parecer, no es el ciego de nacimiento, sino los judíos
que le juzgan. Él acepta que Jesús es el Mesías, el Ungido de Dios como David,
el nuevo David; y así lo afirma cuando dice: «Creo, Señor», aunque primero ha
tenido que hacer el proceso de reconstrucción. Por el contrario, los judíos que
juzgan ese milagro hacen el camino inverso al del ciego, de la luz a las
tinieblas. Ellos tienen la luz de la Palabra, el texto de Samuel y otros muchos,
y sin embargo no ven las obras de la luz, las obras de Cristo que es la luz del
mundo; por eso los verdaderos ciegos son ellos.
Los
judíos al no reconocer en Jesús al Mesías, no pueden gozar de ese encuentro
reconstituyente con Él, que es el que devuelve la imagen verdadera a su vasija
rota.
A
veces nosotros mismos nos podemos encontrar en la misma situación que ellos, y
destruir lo poco que llevamos reconstruido, en lugar de avanzar a la
reconciliación con nosotros mismos, con los demás, y con Dios.
A
veces como los mismos judíos del evangelio, negamos las evidencias: ellos
fueron capaces de negar que el ciego era tal desde el nacimiento; y ése que
hablaba no era el mismo que ellos habían visto; negaron la evidencia de la
acción salvadora de Cristo. Nosotros a veces también negamos esa posibilidad de
la salvación de Cristo y desconfiamos de los sacramentos recibiéndolos sin
valorar su alcance, o minusvaloramos las acciones realmente ejemplares de
miembros de la Iglesia, o somos inmisericordes con aquel que ha dejado de obrar
mal y empieza a obrar bien.
Ante
el milagro evidente, y cuando no les queda más remedio que aceptar que ha sido
Jesús quien lo ha hecho, sin dejar su soberbia, se niegan a reconocer la luz de
Cristo, y sus obras como obras de la luz. A veces nosotros mismos, también
desde la soberbia, nos negamos a reconocer la verdad del Evangelio y le
quitamos alcance a sus expresiones diciendo que Jesús no podía pedir tanto, o
que eso es solo para unos cuantos locos. O negamos la verdad de la doctrina de
la Iglesia, atreviéndonos a decir que no es evangélica.
Llevemos
cuidado, porque si no reconocemos a Jesús como Mesías podemos hacer el camino
de los judíos y no el de la luz.
Rafael Amo
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