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¡Queridos hermanos y hermanas!
1. El 11 de febrero,
conmemoración de la Beata María Virgen de Lourdes, se celebra la Jornada
Mundial del Enfermo, ocasión propicia para reflexionar en torno al sentido del
dolor cristiano y sobre el deber cristiano de ocuparnos de él bajo cualquier
situación que se presente.
Dicha
significativa celebración está relacionada este año con dos acontecimientos
importantes para la vida de la Iglesia, como lo manifiesta claramente el tema
escogido «La Eucaristía, Lourdes y el cuidado pastoral de los enfermos»:
el 150° aniversario de las apariciones de la Inmaculada en
Lourdes y la celebración del Congreso Eucarístico Internacional en Quebec,
Canadá. De este modo, se brinda una oportunidad especial para considerar la
estrecha relación que existe entre el Misterio eucarístico, el papel de María
en el proyecto salvífico y la realidad del dolor y del sufrimiento humano.
Los 150
años de las apariciones de Lourdes nos invitan a dirigir nuestra mirada hacia
la Virgen Santísima, cuya Inmaculada Concepción constituye el don sublime y
gratuito de Dios a una mujer, a fin de que adhiriese totalmente a los designios
divinos con una fe firme e inquebrantable, no obstante las pruebas y los
sufrimientos que habría tenido que afrontar. Por esta razón, María es modelo de
abandono total a la voluntad de Dios: acogió en su corazón el Verbo eterno y lo
concibió en su seno virginal; se fió de Dios y, con el alma atravesada por la
espada del dolor (cfr Lc 2,35), no vaciló en compartir la pasión de su
Hijo renovando en el Calvario a los pies de la Cruz el «sí» de la Anunciación.
Meditar sobre la Inmaculada Conepción de María es, pues, dejararse atraer por
el «sí» que la unió admirablemente a la misión de Cristo, Redentor de la
humanidad, y dejarse tomar y guíar de la mano por Ella, para pronunciar también
nosotros el «fiat» a la voluntad de Dios con toda nuestra existencia
entretejida de gozos y tristezas, de esperanzas y desilusiones, con la
convicción de que las pruebas, el dolor y el sufrimiento enriquecen de sentido
nuestra peregrinación en la tierra.
2. No
se puede contemplar a María sin ser atraidos por Cristo y no se puede mirar a
Cristo sin advertir de inmediato la presencia de María. Existe un vínculo
inseparable entre la Madre y el Hijo generado en su seno por obra del Espíritu
Santo, y este vínculo lo advertimos, de modo misterioso, en el Sacramento de la
Eucaristía, tal como lo han puesto de relieve los Padres de la Iglesia y los teólogos.
«La carne nacida de María, que viene del Espíritu Santo, es el pan que ha
descendido del cielo», afirma san Hilario de Poitiers, mientras que en el
Sacramentario Bergomense del siglo IX leemos: «Su seno ha hecho florecer un
fruto, un pan que nos ha llenado de un don angelical. María ha restituido a la
salvación lo que Eva había destruido con su culpa». Del mismo modo, Pier
Damiani observa: «El cuerpo que la Beatísima Virgen generó y nutrió en su seno
con cuidado materno, ese cuerpo digo, sin duda y no otro, ahora lo recibimos
del sagrado altar, y bebemos la sangre como sacramento de nuestra redención.
Esto cree la fe católica, esto enseña fielmente la santa Iglesia». El vínculo
de la Virgen Santa con su Hijo, Cordero inmolado que quita los pecados del
mundo, se extiende a la Iglesia Cuerpo místico de Cristo. María - afirma el
Siervo de Dios Juan Pablo II - es «mujer eucarística» con toda su vida por lo
que la Iglesia, contemplándola como su modelo «está llamada a imitarla también
en su relación con este Misterio santísimo» (Enc. Ecclesia de Eucharistia, 53).
En esta óptica se comprende aún más porqué en Lourdes al culto de la Beata
Virgen María se une un fuerte y constante llamado a la Eucaristía mediante
celebraciones eucarísticas cotidianas, con la adoración del Santísimo
Sacramento y la bendición de los enfermos, que constituye uno de los momentos
más fuertes cuando los peregrinos se detienen en la gruta de Massabielle.
La
presencia en Lourdes de numerosos peregrinos enfermos y de voluntarios que los
acompañan nos ayuda a reflexionar sobre la solicitud materna y tierna que la
Virgen manifiesta hacia el dolor y el sufrimiento del hombre. Asociada al
Sacrificio de Cristo, María, Mater Dolorosa, que a los pies de la Cruz
sufre con su Hijo divino, es sentida cercana especialmente por la comunidad
cristiana que se reune alrededor de sus miembros que sufren, los mismos que
llevan consigo los signos de la pasión del Señor. María sufre con los que están
en la prueba, con ellos espera y es su consuelo sosteniéndolos con su ayuda
materna. ¿No es quizá verdad que la experiencia espiritual de muchos enfermos
anima a comprender cada vez más que «el divino Redentor quiere penetrar en el
ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y vértice
de todos los redimidos»? (Juan Pablo II, Carta. ap. Salvifici doloris,
26).
3. Si
Lourdes nos lleva a meditar en el amor materno de la Virgen Inmaculada por sus
hijos enfermos y los que sufren, el próximo Congreso Eucarístico Internacional
será ocasión para adorar a Jesucristo presente en el Sacramento del altar, a El
confiarnos como Esperanza que no defrauda, El acoge como medicamento de la
inmortalidad que sana el físico y el espíritu. Jesucristo ha redimido el mundo
con su sufrimiento, con su muerte y resurrección y ha querido permanecer con
nosotros como «pan de la vida» en nuestra peregrinación terrena. «La
Eucaristía don de Dios para la vida del mundo»: este es el tema del
Congreso Eucarístico y subraya que la Eucaristía es el don que el Padre hace al
mundo de su Hijo unigénito, encarnado y crucificado. Es El que nos reune
alrededor de la mesa eucarística, suscitando en sus discípulos una amorosa
solicitud por los que sufren y los enfermos, en los cuales la comunidad
cristiana reconoce el rostro de su Señor. Como he manifestado en la Exhortación
apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, «nuestras comunidades,
cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el
sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo
el que cree en Él a hacerse ‘pan partido' para los demás» (n. 88). De este modo
estamos animados a comprometernos en primera persona para servir a los
hermanos, especialmente a los que se encuentran en dificultad, ya que la
vocación de cada cristiano es ser realmente, con Jesús, pan partido por la vida
del mundo.
4. Por
consiguiente, es claro que precisamente de la Eucaristía la pastoral de la
salud debe obtener la fuerza espiritual que necesita para socorrer eficazmente
al hombre y ayudarlo a comprender el valor salvífico de su sufrimiento. Como
escribió el Siervo de Dios Juan Pablo II en la Carta apostólica Salvifici
doloris, la Iglesia ve en los hermanos y en las hermanas que sufren como un
sujeto múltiple de la fuerza sobrenatural de Cristo (cfr n. 27). Unido
misteriosamente a Cristo, el hombre que sufre con amor y se abandona dócilmente
a la voluntad divina se convierte en ofrenda viviente por la salvación del
mundo. Mi amado Predecesor afirmaba también que «cuanto más se siente amenazado
por el pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en
sí el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el
sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al
valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo» (ibid.). Por
tanto, si en Quebec se contempla el misterio de la Eucaristía don de Dios para
la vida del mundo, en la Jornada Mundial del Enfermo, en un ideal paralelismo
espiritual, no sólo se celebra la efectiva participación del sufrimiento humano
en la obra salvífica de Dios, sino en cierto sentido se pueden gozar los
preciosos frutos prometidos a los que creen. De modo que el dolor, acogido con
fe, se convierte en la puerta para entrar en el misterio del sufrimiento
redentor de Jesús y para llegar con El a la paz y a la felicidad de su
Resurrección.
5. Al
mismo tiempo que dirijo mi saludo cordial a todos los enfermos y a los que de
muchos modos se ocupan de ellos, invito a las comunidades diocesanas y parroquiales
a celebrar la próxima Jornada Mundial del Enfermo valorando plenamente la feliz
coincidencia entre el 150º aniversario de las apariciones de Nuestra Señora en
Lourdes y el Congreso Eucarístico Internacional. Sea una ocasión para subrayar
la importancia de la santa Misa, de la Adoración eucarística y del culto de la
Eucaristía, de modo que las Capillas en los Centros sanitarios se conviertan en
el corazón pulsante en el que Jesús se ofrece incesantemente al Padre por la
vida de la humanidad. También la distribución de la Eucaristía a los enfermos,
hecha con decoro y espíritu de oración, es una verdadera consolación para el
que sufre por las aflicciones de toda enfermedad.
La
próxima Jornada Mundial del Enfermo constituya también una circunstancia propicia
para invocar de modo especial la protección materna de María a los que están
probados por la enfermedad, a los agentes sanitarios y a los agentes de la
pastoral sanitaria. Pienso de modo especial en los sacerdotes comprometidos en
este campo, en las religiosas y en los religiosos, en los voluntarios y en
todos los que con eficaz entrega sirven, en el cuerpo y en el alma, a los
enfermos y a los necesitados. Confío todos a María, Madre de Dios y Madre
nuestra, Inmaculada Concepción. Ella ayude para que cada uno atestigue que la
única respuesta válida al dolor y al sufrimiento humano es Cristo que,
resucitando ha vencido la muerte y nos ha donado la vida que no conoce término.
Con estos sentimientos, de corazón imparto a todos una especial Bendición
Apostólica.
Desde
el Vaticano, 11 de enero de 2008.
Benedictus
PP. XVI
[Traducción
del original italiano por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud
©
Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
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