Tantos cientos de miles de personas reunidas en la
jornada histórica el día de la Sagrada
Familia en la
Plaza de Colón -2 millones, según los organizadores-, son una
prueba inequívoca de que a la gente normal le importa mucho la familia.
Más aún si se tiene
en cuenta que se han reunido casi espontáneamente, sin necesidad de grandes
campañas publicitarias, como siguiendo un fuerte impulso interior. Y no se han
reunido por intereses materiales, sino para rezar y reforzar bienes que
consideran aún más importantes para la persona, la familia y la sociedad, tales como la unidad de la familia,
la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio, el derecho a la educación
cristiana de los hijos, el valor sagrado de toda vida humana desde su
concepción, etc.
Estos
cientos de miles de personas –de toda edad y condición social- entienden muy
bien que estos valores no pueden ser negociables, no pueden formar parte de
intercambios de intereses partidistas. Y como comprueban que esos valores
esenciales son amenazados o negados por determinadas leyes, han sentido la
necesidad vital de expresar, unidos en la oración, sus legítimos derechos que
como ciudadanos libres les asisten.
Las autoridades civiles
deberían proteger estos valores si, como es su deber, quieren configurar una
sociedad bien estructurada, madura y responsable. Así podrá haber muchas
familias que formen a sus hijos en esos valores humanos, familiares y sociales
sin los cuales no puede haber verdadero progreso en la sociedad.
Juan Moya
Rector del Real
Oratorio del Caballero de Gracia
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