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Nos hemos reunido una
multitud inmensa, venidos de cerca y
de lejos, porque queremos manifestar abiertamente en medio de la sociedad
nuestro aprecio por la familia cristiana a la que valoramos como un tesoro. La
familia cristiana tiene unas señas de identidad que deseamos custodiar, conocer
cada día mejor y promover en el mundo actual y en nuestra coyuntura histórica.
Esta celebración es festiva porque el amor, la vida y la familia son
realidades gozosas que alientan la esperanza. En esta fiesta de la Sagrada
Familia, celebrada hoy de manera singular, estamos unidos al Papa Benedicto
XVI, a quien terminamos de escuchar con gratitud y sentido de comunión, para
bendecir a Dios de quien procede toda familia y para apoyar en una concordia
sin fisuras la familia cristiana.
Ante todo queremos dar gracias a Dios por las familias cristianas. Ellas nos
dicen con su misma existencia: ¡Es posible vivir el amor matrimonial en la
fidelidad cotidiana, que los esposos en un día memorable de su vida sellaron en
la presencia de Dios, que les prometió su compañía y su fuerza! ¡Es posible
transmitir la vida, ejercitando en la mutua donación como esposos y en la
responsabilidad de padres la esperanza en Dios que no defrauda y cuida de sus
hijos de generación en generación! El amor dilata el corazón y la esperanza
vence el miedo para afrontar confiadamente la extraordinaria aventura de la
vida. ¡Es posible superar las pruebas, que en cada tramo del camino pueden
aparecer, unidos a Jesucristo, cuya cruz es signo de amor hasta el extremo y de
victoria sobre el mal y la muerte! La fidelidad no es escasa; las familias
cristianas son incontables. Todos -hijos, familiares, amigos, Iglesia y
sociedad- agradecen el amor generoso y paciente de los esposos, acrisolado y
fortalecido por las pruebas. Merece la pena vigilar diariamente y luchar por
superar los obstáculos y las crisis que surjan en el camino del amor; palpar la
debilidad invita a apoyar la existencia en Dios, y a buscar ayuda en otras
personas amigas. De la cruz nace la vida nueva, a través del sufrimiento surge
el gozo, en las tinieblas brilla la luz. No es acertado desistir ante las
dificultades tomando el camino quizá más cómodo en apariencia.
En este encuentro queremos también que resplandezca la verdad, la hermosura
y la grandeza del matrimonio y la familia cristiana. Es una excelente vocación
con una preciosa misión, bendecida por Dios al crear al hombre y a la mujer y
convertida por Jesucristo en un “gran misterio” (Ef 5,32). Cuando en ocasiones
se califica a la familia cristiana como “tradicional” da la impresión de que se
la desacredita contraponiéndola a una supuesta familia “moderna”. Pero la
palabra “tradicional” aplicada a la comunidad formada por el marido y la mujer
con los hijos no significa la familia superada por el correr del tiempo,
anacrónica y trasnochada. La familia es tradicional porque hunde sus raíces en
la misma naturaleza humana; es antigua y nueva; su vigencia es de ayer, de hoy
y de mañana; la medida de la verdad es la perduración. La familia es
tradicional como el “vino de solera”. Las adaptaciones que el paso del tiempo
aconsejen a la sabiduría de los hombres deben conservar la condición genuina
del matrimonio y de la familia.
La Iglesia quiere ofrecer a la sociedad la familia cristiana como un bien
precioso; por eso hablamos del Evangelio del matrimonio y de la familia.
Estamos convencidos de que la oferta de la familia cristiana como una Buena
Nueva es uno de los servicios más valiosos que puede prestar la Iglesia a la
humanidad, ya que es un pilar seguro y estable en que padres e hijos asientan
la vida y donde se fragua la sociedad en el amor y el respeto, en la paz y en
la esperanza.
Al acudir a la presente cita sobre la familia cristiana estamos persuadidos
de que nos acercamos a las fuentes de la vida, de la persona, de la Iglesia y
de la sociedad, del presente y del futuro. El matrimonio y la familia son
centro neurálgico de la humanidad. Con la participación en este encuentro de
hoy, al cual se unen innumerables familias también a través de los medios de
comunicación, queremos mostrar nuestro empeño por acompañar a las familias en
sus dificultades interiores y exteriores; necesitan razones para vivir y
perseverar; necesitan un ambiente propicio para desarrollarse serenamente, les
debemos apoyos para cumplir su misión. A veces se oscurece hasta el mismo
sentido y configuración de la familia; en medio de los llamados “modelos de
familia” puede difuminarse lo que es la familia cristiana y hasta la misma
familia como institución de la humanidad. Existe el referente claro: La familia
está fundada sobre el matrimonio, que es la unión estable por amor de un varón
y de una mujer para su mutua complementación y para transmitir la vida y educar
a los hijos.
De la verdad del matrimonio y de la vitalidad humanizadora de la familia
depende en gran medida la estabilidad y la esperanza de la sociedad; por esto
todos debemos evitar lo que los dañe y promover lo que los favorezca.
Queridos amigos y amigas, sed bienvenidos a esta celebración singular en la
fiesta de la Sagrada Familia. La trascendencia de la familia cristiana nos ha
convocado a todos, ante la cual no podemos mostrarnos indiferentes ni
mantenernos a distancia.
Madrid, 30 de diciembre de 2007
Mons. Ricardo Blázquez
Obispo de Bilbao
Presidente de la Conferencia Episcopal Española
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