|
Artículo de José Luis Restán en Páginas
Digital (02/09/2010) sobre el próximo viaje del Papa Benedicto XVI a Gran
Bretaña
Llevo veinte años siguiendo viajes del
Papa, primero del llorado Juan Pablo II y ahora de Benedicto XVI. Y sé hasta qué
punto podemos abusar los periodistas de frases hechas, brillantes y lapidarias,
para dar lustre a nuestras crónicas. Pero no creo exagerar si digo que la
inminente visita del Papa Ratzinger al Reino Unido es seguramente la prueba más
dura y comprometida a la que se ha sometido un Pontífice a la hora de abandonar
voluntariamente Roma para realizar el oficio de confirmar en la fe a sus
hermanos. 
Empecemos por lo más próximo. Quizás nunca
la grácil Inglaterra y la melancólica Escocia hayan preparado un recibimiento
tan poco gentil a un invitado de semejante rango como el Obispo de Roma. Y
conste que no hablo de sus autoridades, que han colaborado ejemplarmente en la
organización, sino de agentes y grupos sociales relevantes, periódicos y
televisiones, intelectuales y lobbys varios, que se han empeñado con saña patética
en una especie de gran pitada previa a la llegada de Benedicto XVI. Dan ganas
de decir: "sí, ya sabemos que no le queréis y lo entendemos demasiado
bien, pero por favor, no os comportéis como matones de taberna". La
Inglaterra de Bekett y Churchill, de Chesterton y Shakespeare debe llorar por
esta burda representación en la que caben libelos que propalan la supuesta
homosexualidad del Papa, anuncios hostiles en los autobuses y hasta intentos de
sentar en el banquillo al Sucesor de Pedro. ¿Hubiera disfrutado Enrique VIII?,
yo creo que ni siquiera.
Pero hay temas de mayor calado. La sociedad
británica experimenta una desazón paradigmática para Occidente. Apenas puede
reconocerse en un espacio de convicciones comunes, está lacerada por el
nihilismo y la ingeniería social, ha jugado al multiculturalismo con
desastrosas consecuencias, y sus reservas de vitalidad espiritual se han visto
dramáticamente menguadas en los últimos decenios. La crisis de la Comunión
Anglicana es devastadora, y la minoritaria Iglesia católica (aunque con una
historia gloriosa de mártires y confesores) ha estado más pendiente de hacerse
aceptar que de proponer con inteligencia y libertad su propuesta en los últimos
tiempos. Aunque es verdad que algunos gestos y palabras del nuevo arzobispo de
Westminster, Vincent Nichols, permiten albergar la esperanza de un nuevo estilo
de presencia. Falta hace, porque en la gran isla la hostilidad y acritud hacia
la fe cristiana, y más aún hacia la Iglesia Católica, alcanza cotas de
verdadero histerismo.
Y en éstas llega Benedicto. Llega porque
quiere, porque así lo ha decidido, bien consciente de lo que está en juego.
Habría sido muy fácil evitarlo y otros países más gratos celebrarían con alborozo
su visita. Además, él mismo estableció la norma de que el Papa no presida las
ceremonias de beatificación y sin embargo... Por supuesto, quiere ir por Newman
(al que considera un padre espiritual, más aún, casi un hermano) pero no sólo.
Quiere ir por el tesoro de la fe que amenaza extinguirse como una débil llama
en tantos lugares de la tierra. Y allí especialmente. Quiere ir para mostrar
que el cristianismo tiene futuro, que no teme estar en medio de los
padecimientos y oscuridades de la época, que es el verdadero garante de la
razón, de la tan invocada tolerancia, de la verdadera justicia. Otra vez el
susurro de siempre, "Santidad, no vaya".
Y debe pensar: "pero si para esto me
han elegido". Para entrar en el barro de esta hora de gran rechazo, en algunos
casos hasta de odio... pero también de sed, de necesidad inmensa de una palabra
de auténtica esperanza. ¿Qué sería del mundo si la Iglesia se retirase ante el
gran rechazo? Recordemos al genial inglés T.S. Eliot, aunque resulte duro:
"Si la sangre de los Mártires ha de correr sobre los peldaños, primero
debemos construir los peldaños; si el Templo ha de ser demolido, primero
debemos construir el Templo". Para eso va, para construir los peldaños,
para levantar el Templo. Después la libertad de los hombres, y sobre todo la
libertad de Dios, decidirán.
Va también por el pequeño resto que vive su
fe con alegría, para alentarle a permanecer, para decirle que Pedro puede
parece frágil, poca cosa en medio de la tormenta, pero es una roca firme que ni
la BBC
ni The
Guardian, ni los vendedores de literatura basura pueden remover. Y
va por los abandonados, los solitarios, los anegados en la marea de esta nada.
Los que extienden los brazos como la multitud hambrienta que seguía a Jesús.
Vaya Santidad, por favor. Le seguiremos.
|