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Ramón Margalef (1919-2004) fue el científico especializado
en ecología más importante de la historia de España. Además fue un católico
convencido, que murió santamente tras dolorosa enfermedad. Mañana, 1 de
setiembre, nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa celebran la Jornada por la Salvaguarda de la Creación, fiesta a la que
se ha sumado la Conferencia Episcopal
Italiana. Las bases científicas del respecto al medio ambiente fueron asentadas
desde España, para toda la humanidad, por este extraordinario científico en el
que convivieron, de forma natural, la fé y la razón, la ciencia y la religión
católica. 
Son muchas las conexiones históricas entre la Iglesia Católica y la ciencia (http://iglesia.libertaddigital.com/iglesia-catolica-y-el-desarrollo-de-la-ciencia-1276233140.html
) y, en mi opinión, de entre las más sorprendentes aquellas que tienen que ver
con personas no consagradas, contemporáneas, que se han dedicado a la profesión
científica al más alto nivel, y la han compaginado con su fé sin ningún
problema. Este es el caso de Ramón Margalef, aunque no es el único en el que la Iglesia española y la
ecología se han encontrado (http://iglesia.libertaddigital.com/iglesia-y-medio-ambiente-1276233503.html;
http://iglesia.libertaddigital.com/el-opus-dei-y-la-ciencia-1276236224.html;
http://www.revistaecclesia.com/content/view/17151/76/;
http://www.revistaecclesia.com/content/view/13937/76/).
Ramón Margalef fue
el primer catedrático de ecología en España, siendo también el segundo un eminente
católico (http://revistaecclesia.com/content/view/18094/73/),
teniendo ambos mucha relación con el CSIC. La condición de católico de Margalef
sorprendió a algunos de sus más allegados discípulos que confesaron tras su
fallecimiento desconocerla en absoluto. Sea por su carácter reservado, o porque
el ambiente científico que le tocó vivir era voraz frente a manifestaciones
religiosas de cualquier tipo –no olvidemos que el Premio Nobel Alexis Carrel se
vió forzado a abandonar la universidad por confesar que creía en los milagros
de Lourdes (http://www.revistaecclesia.com/content/view/15601/76/)
– su fé pasó desapercibida casi para todos, menos desde luego para el Padre
J. Ynaraja ((http://www.catalunyacristiana.com/setmanaris/Catalunya_Cristiana_1291_(Catala)_17_de_juny_de_2004.pdf)
que conoció a Margalef en los años 60 y mantuvo su amistad hasta su muerte,
tras la cual comentó que Margalef era un hombre profundamente religioso, que se sentía sumergido en un cosmos bien
proyectado, preparado para superar cualquier intento de destrucción. Comentaba
que a Margalef le encantaba la sabiduría de los libros sapienciales,
especialmente el de Job, hasta el punto de releerlos con asiduidad. Bartomeu
Margalef, uno de los cuatro hijos de Margalef, recordaba que su padre le regaló
a su madre Maria Mir, de novios, “La imitación de Jesucristo”, de Tomás Kempis,
uno de sus libros favoritos. Un día en un encuentro juvenil, preguntado por su
fé contestaba: “Los científicos creemos más fácilmente en Dios que los intelectuales
especulativos”, “Como decía Einstein, dios es misterioso pero no engaña nunca”.
A la luz de su religiosidad y de su interés por los
principios unificadores, expresado en sus artículos, podría pensarse tras su
muerte que ciertas declaraciones de Margalef tuvieron un significado
espiritual, como p.ej. la siguiente: “Personalmente creo que aceptar con
reconocimiento el don de la naturaleza que se nos ofrece, nos debe predisponer
a recibir el don, también gratuito, de la paz”, frase que tanto recuerda la
espiritualidad de san Francisco de Asís, precisamente patrón de los ecólogos, y
que coincide sorprendentemente con la materia del sermón de Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Paz de este 2010, Año de la Biodiversidad. Dice
el Padre Ynaraja que se reía de los vaticinios apocalípticos de unos y de los
pánicos de algunos estudiosos en ecología, algo tan próximo al Magisterio de la Iglesia actual que llega a
advertir de las idolatrías ecologistas que niegan a Dios y promueven el aborto.
Los franciscanos de Asís le otorgaron el premio internacional Cantico delle Creature.
El también católico y científico vivo, Pedro Monserrat,
comentaba que Margalef estaba enamorado de su trabajo, y lo vivía como una
vocación apasionante “porque entendía la vida como un don de Dios”.
Precisamente tal vez por esta razón creía que su aportación a la ciencia no era
extraordinaria porque “sentía que cumplía su deber y devolvía agradecido el don
de la vida que había recibido”. Próximo a su muerte afirmaba sentirse amortizado,
“haciendo referencia a la parábola de los talentos”. Margalef recibió, entre otros, los premios y
distinciones siguientes: Medalla Príncipe Alberto del Instituto Oceanográfico
de París (1972), Premio AG. Huntsman d'Oceanografía Biológica (Canadá, 1980)
–el nobel en ciencias del mar-, Medalla Narcís Monturil de la Generalitat de
Catalunya (1983), premio Santiago Ramón y Cajal del ministerio de Educación y
Ciencia (1984), Foreign Member of the National Academy of Science of the USA
(1984), Premio Italgas de Ciencias Ambientales (Italia, 1989), Medalla Naumann
Thieneman de la
Societat Internacional de Limnología (1989), Premio de la Fundació Catalana
per a la Rcerca
(1990), Premio Humbolt (Alemania, 1990), Premio ECI (1995) y Doctor Honoris
Causa por las universidades de Laval, Aix-Marseille y el Institut Químic de
Sarrià. Dirigió treinta y seis tesis doctorales entre 1971 y 1990, y fue autor
de dos libros de texto que han sido especialmente valiosos para los estudiantes
de lengua hispana, con los que yo estudié: “Ecología”, publicado por primera
vez en 1974, y “Limnología”, en 1983.
Margalef dijo “La ecología demanda que miremos a la
naturaleza una y otra vez con ojos de niño, y no hay nada más opuesto a los
ojos de un niño que un pedante”. Congruentemente con su fe y su visión del
cosmos, cuando supo que su enfermedad era irreversible no aceptó ningún
tratamiento agresivo para alargar su vida, como haría Juan Pablo II. En sus
notas autobiográficas va a escribir: “La misma caducidad de la vida individual no
hace indispensable amoldarse a las novedades que llevan los tiempos que corren
y permiten contemplar con una paz de raíz metafísica quizá la manera como uno
puede aproximarse a la muerte, no con ira, sino con la satisfacción de haber
disfrutado de un episodio universal apasionante”. Cuando sintió cercana la
propia muerte, se emocionó tanto que lloró dando gracias a Dios por la vida
vivida. No tenía miedo a la muerte: la esperó con serenidad. Se despidió
serenamente de todos sus familiares y les pidió que rezasen por él. Llamó al
Padre Ynaraja el día antes de morir le
pidió la Unción
de enfermos, algo que el Padre comentó nunca antes le había ocurrido, quedando
impresionado por su serenidad frente al trance. A su mujer María Mir le dijo que pronto se volverían a ver, y murió una
semana después.
Poco antes de morir, Margalef reclamaba un cambio de
actitud en el discurso ecologista habitual – lleno de tantas idolatrías que
promueve en algunos casos el crimen del aborto- formulándolo en términos
autocríticos, afirmando que se había cometido una cierta perversión del término
ecología según como se mirase. La ecología debería de ser un conocimiento
profundo de la tierra y una toma de conciencia de la capacidad del hombre. “Si
Dios nos ha puesto aquí en la
Tierra, tenemos derecho a manejarla, pero hemos de hacerlo
con una pizca de sentido común. Todos estos aspectos no están en el discurso
ecológico habitual”. Preguntado sobre las soluciones posibles a la crisis
ecológica global, respondía: “Un cierto éxito, o al menos una cierta paz
interior en relación a estos problemas, pide ver la naturaleza con reverencia o
con espíritu religioso… esta actitud debe ser la base de una ética de
conservación que mueva a la gente”. Sería bueno que admiradores y discípulos
tuviesen muy en cuenta este consejo. Y que los católicos y hombres de buena
voluntad creyesen que razón y fe no sólo son compatibles, si no hasta
sinérgicas.
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