|
Artículo de José-Román Flecha Andrés en “Diario de León” para el sábado 4 de septiembre de 2010
“Si algo os ha gustado, contadlo a las gentes. Si algo os ha disgustado, contádnoslo a nosotros”. Así se puede leer en un cartelito, colocado a la entrada del monasterio de Iranzu, en Navarra. Es una exhortación y un ruego. Con ese mensaje se invita al visitante a dar a conocer la belleza de aquel lugar, reconstruido con tanto esmero por los Padres Teatinos. Y con él se invita también al turista a orientar sus posibles críticas a quien debe dirigirlas. 
Seguramente serán muchos lo que habrán leído el cartel. Quién sabe si no lo habrán olvidado inmediatamente. Pero, al menos, habrá que reconocer el ingenio de quien ha pensado en esas actitudes del visitante. Ambas manifiestan un doble uso de la palabra que nos inclina a examinar nuestra conducta. Además, el cartel nos hace pensar en el mensaje evangélico. Fue confiado por Jesús a sus discípulos, con el mandato de que lo dieran a conocer a toda la humanidad. Así decía Jesús: “Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a plena luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados” (Mt 10, 27). Los dichos y hechos de Jesús eran una buena noticia, destinada a toda la humanidad. No podía permanecer encerrada en un cofre. Había de ser difundida a los cuatro vientos. Claro que eso valía no sólo para la doctrina. La misma vida de la comunidad había de darse a conocer por todas partes. No con elaborados artilugios publicitarios, sino con la misma fuerza del amor que movía sus intenciones y decisiones. El testimonio cristiano fue y será siempre el inicio de la evangelización. Es cierto que la realidad no siempre alcanza el nivel de los ideales. El mismo evangelio prevé esas situaciones en las que un hermano puede escandalizar a la comunidad. Para esos casos se establece el itinerario de la corrección fraterna: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt 18, 15). Sólo cuando fracasa ese intento primero, habrá que recurrir al testimonio de otros y de la misma comunidad. La vida de cada día nos ofrece muchas ocasiones para elogiar el bien, la verdad y la belleza que hemos descubierto en las personas y en las instituciones. Descubrir y dar a conocer la luz que ha iluminado por un momento nuestra vida genera y revela la paz de nuestro espíritu y contribuye a aumentar la armonía social. Sin embargo, con demasiada frecuencia nos dedicamos a poner de relieve y criticar públicamente los defectos que hemos descubierto en las personas y en las instituciones. De nuestra crítica no se libra nadie. Nadie, excepto nosotros mismos y la persona a la que deberíamos dirigirnos para tratar de mejorar la situación que criticamos. Silenciar el bien y propagar el mal revela la pequeñez de nuestro espíritu. Dime lo que criticas y ante quién y me habrás revelado el lado más oscuro de tu alma. Dime lo que alabas y descubriré la grandeza tu corazón.
José-Román Flecha Andrés
|