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Alguien ha dicho que la tierra es redonda porque es incapaz de
llenar el corazón del hombre. No le falta razón, pues el corazón humano sólo se
sacia con las cosas que le trascienden. Es verdad que el hombre está tentado
continuamente de pararse en las cosas pequeñas, en aquellas que agradan y
llenan durante un momento. Cosas fáciles de obtener, incluso a bajo precio, en
el mercado del placer. 
Es “el pan” que ofreció el demonio a Jesús en la primera tentación
del desierto. Pero ese “pan” es incapaz de realizar lo que el demonio promete.
Ciertamente, el hombre necesita el pan material para vivir. Pero necesita “algo
más que pan” para saciar su sed de infinito. En el fondo, lo que necesita el
hombre es de algo que contenga todo lo que él es capaz de desear y anhelar. Ese
pan es Dios. Hasta el punto de que quien encuentra a Dios, lo encuentra todo.
Es el “sólo Dios basta” de la santa de Ávila. O el grito de san Agustín: “Nos
hiciste, Señor para Ti, y nuestro corazón no descansará hasta que descanse en
Ti”.
Pero a ese gran deseo el hombre no suele llegar sino después de un
largo rodeo de desilusiones, fracasos, insatisfacciones y dolores. Con harta
frecuencia tenemos que experimentar la misma insatisfacción existencial que la
mujer samaritana de la que nos habla el Evangelio. Cuando se encuentra con
Jesús, ella ha vivido una experiencia de insatisfacción matrimonial. Ha tenido
“cinco maridos” y el hombre con el que actualmente vive tampoco es su marido.
¡Qué tendrá el encuentro con Dios que, aun sin saber que es Él a quien hemos
encontrado, nos da el deseo de invitarle a meterse en nuestra vida, y así
saciar el hambre de felicidad y cosas grandes que borbotan en él! Es lo que
esconde la súplica de la samaritana, cuando pide a Jesús que le dé esa agua que
le ha prometido y que sacia la sed.
Es la misma experiencia de los discípulos de Emaús. Cuando Jesús
se une a su caminar, tienen el corazón roto por la desilusión y el fracaso.
“Nosotros esperábamos, pero…”. Con todo, el hecho es que se han encontrado con
Dios, porque el Resucitado es Dios y es el que camina con ellos. Por eso,
cuando les habla, les llega al corazón. Sus palabras no son simples sonidos o
sonidos insustanciales. Son palabras sacadas desde el interior y cargadas de
verdad y amor. De ahí que, cuando hace ademán de alejarse, ellos le invitan con
insistencia a quedarse y a compartir con ellos mesa y posada. ¡Qué oración tan
sincera las palabras con que se lo dicen: ¡”Quédate con nosotros”!
Rezar a Dios, aunque todavía no sea para nosotros alguien
completamente buscado o encontrado, es un buen camino para encontrarse
definitivamente con Él. Rezar no es decir cosas bonitas sino expresar
sentimientos y necesidades que sean verdaderos, que salgan del corazón. Lo
importante no es pedir esto o aquello, sea material o espiritual, importante o
menos. Lo decisivo es poner nuestra vida delante de los ojos de Dios y desear
que Él lo resuelva como mejor le parezca.
Ahora que terminan las vacaciones y comenzamos una nueva andadura
quizás sea un momento oportuno para desear esas cosas grandes que sacian
nuestro corazón y le hacen verdaderamente feliz. Quizás sea también una buena
oportunidad para reparar en que ese corazón nuestro es demasiado grande y
ambicioso como para contentarse con apariencias y, menos todavía, con mentiras.
Sólo se contenta con la verdad y el amor dado y recibido.
(29
de agosto de 2010)
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