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Lam 3,17-26; Sal 26; Mat 5,1-12a.
1º. “Me han
arrancado la paz, y ni me acuerdo de la dicha! Así, se expresaba el profeta
Jeremías cuando los hechos dolorosos de su alrededor le desbordan y le herían
en lo más profundo de su ser. De la misma manera, nos sucede a todos nosotros
en estos instantes. Exclamamos desde nuestro interior: ¡Dios mío! ¡Qué difícil
es encontrarle sentido a estos acontecimientos! El vil atentado terrorista en
Qala-i-Now (Afganistán) acabó con las vidas de estos jóvenes Guardia Civiles,
el capitán José María Galera Córdoba y del alférez Leoncio Bravo Picayo, este
es un acto que ofende a Dios, repugna a la razón, degrada la dignidad humana y
enfrenta a los pueblos. 
2. Efectivamente, nuestro espíritu está turbado, la pregunta sobre
la muerte desata en cascada otras cuantas: como por ejemplo ¿Qué valor tiene la
vida? ¿Dónde quedan los imperativos éticos absolutos de la justicia, libertad,
dignidad… en estas acciones diabólicas contraías a la naturaleza humana y al
verdadero Nombre de Dios? ¿Cómo entender que nuestro complicado mundo
civilizado y libre se juegue su seguridad e independencia a muchos kilómetros
de nuestras fronteras? ¿Cómo encontrar consuelo y serenidad cuando se pierde un
hijo, un esposo, en circunstancias tan atroces? Pues bien, no hay formulas
mágicas, ni palabras que llenen el vacío que deja la muerte de un ser querido.
Pero hay algo dentro de nosotros que nos empuja a buscar un resuello de
esperanza, porque entrar o regodearse en la desesperanza daña nuestra
naturaleza y engendra más sufrimiento para todos. La muerte, aún la más
violenta, tiene sentido sólo si junto a ella se anuncia también la vida. La
nada no es la respuesta más humana. Sin embargo, el abrirse confiadamente al
Misterio que nos sobrepasa es fuente de superación. De ahí, que la primera
lectura termina haciéndonos una invitación: “hay algo que traigo a la memoria y
que me da esperanza: es bueno esperar en silencio la salvación de Dios”
3. La propuesta cristiana no oculta ni silencia el sufrimiento, el
dolor, la misma debilidad y caducidad de nuestra propia existencia. Dice el
libro de la sabiduría: “corta y triste es nuestra vida, no hay remedio para el
hombre cuando llega su fin” (Sab 2,23-24). Los cristianos sentimos el dolor
como cualquier otro, pero la diferencia está en que la fe en la muerte y
resurrección de Jesucristo como Señor de vivos y muertos, cambia el sentido de
nuestro pesar: “Bienaventurados los que lloran, porque seréis consolados” ¿Y
quién puede consolaros? Sólo Aquel que siendo de condición divina pasó entre
nosotros como uno de tantos (cf. Filp 2,6-7). Él tiene el poder de aniquilar la
muerte y hacer de ella no un fin, sino un tránsito; no un término, sino una
Pascua. Sí, Jesucristo es el único ser histórico conocido, en la concreción de
un lugar y tiempo verificables que asumió su propia muerte como un acto supremo
de libertad y amor a la humanidad (cf. Jn 10,18; 15,13). De esta forma la
muerte ha cambiado de significado y ya no somos seres para la muerte sino para
la vida eterna, donde “Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos” (Is 25,7).
De esta manera la muerte ha dejado de ser la última palabra de la realidad y de
la historia: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,14).
4. Las Bienaventuranzas que se acaban de proclamar, son la carta
magna del Reino de Dios. Hemos escuchado que se nos dice: “Bienaventurado los
que trabajan por la paz” Quienes como nuestros hermanos José María y Leoncio,
trabajan por lograr la paz entre los hombres actúa como Dios mismo, porque Dios
es el Dios de la paz (cf. Rom 15,33; 16,20). Él envió al mundo a su Hijo,
“Príncipe de la paz” para traer la concordia entre los de cerca y los de lejos.
Sin embargo, los enemigos de la luz amaron más las tinieblas del terror y
terminaron crucificándolo en una cruz.
5. Pues bien, estos valientes Guardia Civiles, servidores de
nuestra propia seguridad y la del Estado: buscaron la paz y encontraron la
guerra, lucharon por la libertad y fueron victimas de los tiranos, enseñaban a
otros y les pagaron con la muerte. Pero sus nombres quedarán grabados en los
corazones de sus familias, de sus compañeros, y de todos los miembros de las
Fuerzas de Seguridad del Estado Español.
Que la Virgen
del Pilar, Patrona de la
Guardia Civil os reconforte con el bálsamo de la esperanza en
su Hijo Jesucristo. Y a estos luchadores de la libertad y de la paz, Dios le
conceda el premio de la vida eterna.
† Juan del Río Martín
Arzobispo
Castrense de España
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