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Monseñor César Franco: “En cada JMJ se
evapora el mito de que los jóvenes no quieren saber de Cristo ni de su Iglesia”
El coordinador general de la Jornada Mundial de
la Juventud
de Madrid destaca que España “aportará su propio ser, el de una nación de rica
y fecunda tradición católica desde los mismos orígenes del cristianismo”
Monseñor Franco destaca que “es una
experiencia común que la gente, aun los que no creen, queda impactada por la
alegría de los jóvenes” 
Madrid, 26 de agosto de 2010.- Monseñor César Franco, además de ser uno de los tres obispos
auxiliares de Madrid, tiene la tarea de ser el coordinador general de la Jornada Mundial de
la Juventud
(JMJ). A un año vista de la celebración de este acontecimiento destaca los
principales aspectos de su preparación y celebración.
Pregunta: Monseñor, convénzame, ¿por
qué debería asistir un joven a la
JMJ?
Respuesta: Hay muchas razones para asistir: Yo le diría a un joven que con su
presencia la Iglesia
es más joven y él más Iglesia. Le animaría asistir para que viviera en plenitud
el hecho de ser católico, universal. Si es creyente, le invitaría a compartir su fe y su
vida con los demás; si es creyente a medias, para salir más fortalecido; si
cree poco, porque estoy seguro que Cristo pasará junto a él, le mirará, le
amará y aumentará su fe. Y si no cree, para que abra la puerta a Cristo, que no
deja de buscarnos.
P: ¿Por qué una reunión de jóvenes?
R: Los
jóvenes importan mucho a la
Iglesia. Son el futuro en todos los órdenes de la vida.
También el futuro de la
Iglesia. La Iglesia cree en las posibilidades de los jóvenes,
en su capacidad de darse y de amar a Cristo cuando lo encuentran.
Estas Jornadas son, además, una
ocasión para que los jóvenes del mundo se encuentren, oren, compartan su fe y
la celebren gozosamente. Las Jornadas son una manifestación de la juventud de la Iglesia, una fiesta de la
fe en torno a Cristo resucitado.
P: ¿Qué impacto cree que va a tener
en la Iglesia
en España?
R: No soy
profeta y no puedo predecir el impacto que tendrá en la Iglesia de España. Aún
así, creo que nuestra Iglesia saldrá fortalecida y animada ante el testimonio
de los jóvenes, que, a pesar de las dificultades ambientales, siguen a Cristo,
se fían de él y procuran serle fieles. En todos los lugares donde se ha celebrado
la Jornada Mundial
de la Juventud,
la Iglesia ha
recuperado confianza en sí misma, han renacido las vocaciones para el
sacerdocio y la vida consagrada y se ha evaporado el mito de que los jóvenes no
quieren saber de Cristo ni de su Iglesia.
C O M U N I C A C I Ó N
P: La JMJ se suele celebrar en diferentes países, ¿por
qué?
R: La Iglesia es católica, universal. No está ceñida a un país, una cultura,
una lengua. Desde Pentecostés se ha manifestado abierta a todos los pueblos.
Por eso es muy hermoso que este tipo de encuentros internacionales se realicen
en distintas diócesis, lo cual hace visible lo que confesamos por la fe: que la Iglesia está llamada a
hacerse presente en todos los pueblos y convocarles a la unidad del único
Pueblo de Dios. Esta es una de las gracias especiales que se reciben cuando se
asiste a las Jornadas.
P: ¿Qué aporta cada país a la JMJ? ¿Qué va a aportar España?
R: Cada país
aporta su propia riqueza, su historia, su tradición. La fe es una, indudablemente,
pero cada pueblo aporta a la fe sus propios acentos, su vivencia propia. En
España, por ejemplo, la
Semana Santa se vive no sólo en la liturgia de las
catedrales, parroquias e iglesias. Se vive también en la calle, con las
procesiones. Tenemos un hermoso patrimonio artístico, los llamados pasos, que
queremos mostrar en el gran Via Crucis del Viernes Santo que presidirá el Papa.
España es también un país de rica tradición eucarística y mariana. En la Vigilia de jóvenes, será
mostrada la Eucaristía
en la custodia de Arfe, que generosamente ha puesto a nuestra disposición la
diócesis de Toledo. Son ejemplos para mostrar que España aportará su propio
ser, el de una nación de rica y fecunda tradición católica desde los mismos
orígenes del cristianismo. Basta mirar a los santos patronos de la JMJ para darse cuenta de lo
mucho que ha aportado y puede aportar España.
P: La JMJ supone un gran esfuerzo preparatorio tanto
económico como en recursos humanos, ¿no sería mejor emplear estos esfuerzos a
otras tareas como la construcción de templos o al apoyo a la labor vocacional o
proselitista de la Iglesia?
R: En la Iglesia hay que hacer de
todo. En Madrid, concretamente, no se han dejado de construir templos en estos
últimos años y seguiremos haciéndolo siempre que sea necesario. Trabajamos
también en la pastoral vocacional, en la misión evangelizadora fuera y dentro
de nuestra diócesis. Impulsamos el trabajo en los medios de comunicación
social. Y la tarea que realizamos desde la Cáritas diocesana es inmensa. Y como Madrid,
todas las demás diócesis. Pero estos encuentros son necesarios para la misma
misión evangelizadora de la
Iglesia y por eso se hacen con la ayuda de todos. De esto es
consciente nuestro pueblo y ayuda con mucha generosidad. Todo lo que hace la Iglesia por desarrollar su
misión es importante.
P: Además del impacto espiritual en
los asistentes, ¿afecta también a la sociedad en que se celebra la JMJ? ¿Cómo le gustaría que
fuera ese impacto?
R: Yo diría
que las Jornadas de la
Juventud dejan en los lugares donde se han celebrado ‘el buen
olor de Cristo’. Es una experiencia común que la gente, aun los que no creen,
queda impactada por la alegría de los jóvenes, por su buen hacer. Los recelos
iniciales, al anunciarse una gran multitud de jóvenes, desaparecen pronto y dan
paso a una simpatía generalizada. Naturalmente son jóvenes con sus virtudes y
defectos, pero vienen como peregrinos en busca de lo que da sentido a la vida
del hombre: Dios, Cristo, la vida eterna. Y esto siempre impacta a quienes
piensan que esta vida es la definitiva. La peregrinación siempre mira al más
allá, no se detiene ni siquiera en la meta física. Apunta a la meta eterna, que
es la casa del Padre. Este es el impacto que me gustaría que dejaran los
jóvenes en Madrid, el de una juventud que camina hacia Dios dejando a su paso
el buen olor de Cristo.
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