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Carta del ministro general de los Capuchinos ante la beatificación de fray Leopoldo Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
lunes, 02 de agosto de 2010

El fraile suizo Mauro Jöhri, ministro general de los Franciscanos Capuchinos, escribe a su Orden sobre la beatificación el 12 de septiembre de 2010 en Granada de fray Leopoldo de Alpandeire

 

En el arco de pocos meses, nuestra Orden se prepara para vivir una segunda beatificación ¡y nuevamente en la Península Ibérica! Esta vez es fr. Leopoldo de Alpandeire, un hermano cercano a nosotros en el tiempo.

Su vida no se distingue por grandes obras, sino más bien por la simplicidad y la fidelidad con las que se donaba en todo lo que hacía. De él se puede decir, antes que nada, que fue un “hombre de Dios”, permeado de su Espíritu. Era un hermano limosnero y por esto estaba todo el día entre la gente. La suya no era una posición de poder, sino la de alguien que quiere y que deja libre a quien tiene delante. Pedía la limosna para la vida de los hermanos, dejaba a cambio a quien le daba, la paz, los dones del Espíritu.

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El ejercicio de la limosna, así como la hizo fr. Leopoldo, desapareció totalmente, o casi, en la Orden, pero es necesario descubrir otras formas para estar presentes entre la gente como “menores”. “Sujetos a todos los hombres de este mundo”, dice San Francisco en las Alabanzas de las virtudes, para ofrecer la ocasión de tener un gesto de compartir y de ofrecerles “Su paz”, la paz del Señor Jesús. ¿Cómo? Involucrándose en las obras de caridad que muchos de nuestros hermanos han comenzado, pidiéndoles a ellos que derrochen un poco de su tiempo en el realizar y recibir el bien. De la gratuidad en el donarse no puede sino nacer el agradecimiento por todo lo que uno ha recibido.

El beato Leopoldo es parte de aquella gran procesión de frailes limosneros que han encarnado en minoridad el llamado del Buen Dios que busca al hombre porque lo ama.

En el centro de la Serranía de Ronda se encuentra Alpandeire, pueblecito minúsculo, escondido, como un nido en el corazón de la montaña, una belleza natural. Es la tierra natal de nuestro santo limosnero capuchino, místico de la humildad y del escondimiento, don de Dios a la humanidad que busca su destino.

Sus padres, Diego Márquez Ayala y Jerónima Sánchez Jiménez, eran campesinos, simples y trabajadores y, como la mayor parte de la gente, trabajaban duro para hacer fértil aquella tierra pedregosa de la cual extraer el sostén para la familia. El 24 de junio de 1864 nació el primer hijo que el día 29 de junio en la fuente bautismal recibía el nombre de Francisco Tomás de San Juan Bautista, nuestro fr. Leopoldo. Diego y Jerónima se alegraron del nacimiento de otros tres hijos, Diego, Juan Miguel y María Teresa.

En el calor del amor familiar, alimentado por la práctica de las virtudes cristianas, crecía la buena semilla cristiana de Francisco Tomás. De su padre tomó los buenos modales, los principios cristianos y la práctica del bien. De los labios de la madre, aprendió la oración. Alegre, juicioso, de buena compañía, trabajador incansable, Francisco Tomás comenzaba su jornada asistiendo a la Santa Misa y visitando el Santísimo Sacramento. Su generosidad en compartir lo poco que tenía y su bondad natural, nunca forzada, eran expresión de una profunda vida espiritual y de una fuerte experiencia de fe. Era “todo corazón” socorriendo a los pobres, nos dicen los testimonios de aquellos que lo conocieron. Se cuenta que regalaba sus herramientas de labranza a quien las necesitaba, o daba el dinero ganado en la vendimia a los pobres que encontraba en su camino hacia casa.

Así pasó, en el trabajo del campo y en la vida familiar, sus primeros 35 años de vida “escondida”. Mientras tanto, Dios lo iba modelando lentamente esperando la ocasión para llamarlo a su servicio. Y así en 1894, escuchando la predicación de los capuchinos en ocasión de la fiesta que se estaba preparando en Ronda para celebrar la beatificación del capuchino Diego de Cádiz, el joven Francisco Tomás, decide abrazar la vida religiosa haciéndose capuchino. “Pido ser capuchino como ellos”. Atraído por “su vida retirada”.

Tan solo en 1899 fue acogido entre los capuchinos en el convento de Sevilla. Un mes después pasaba al noviciado acompañado del parecer más que favorable de los miembros de la comunidad que alababan su silencio, su laboriosidad, su oración, su bondad. De la mano de fr. Diego de Valencina, Superior y Maestro de novicios, el 16 de noviembre del mismo año recibe el hábito capuchino y el nombre de fr. Leopoldo de Alpandeire.

La decisión de hacerse capuchino no requirió un cambio radical de vida, pues ya vivía una profunda e intensa vida evangélica. Fr. Leopoldo trabajando en los campos y en la huerta del convento transformaba su humilde trabajo en oración constante y en generoso servicio. El cambio de nombre, comentará años más tarde, lo conmovió “como una ducha de agua fría”, también porque aquel nombre no era usual entre los miembros de la Orden. Su entrada en el convento no fue la consecuencia de la pobreza, ni un refugio para un corazón herido, sino una manifestación de todo lo ya vivido y sentido. El ejemplo del beato Diego de Cádiz lo había inducido a servir a Dios con todo su ser hasta la inmolación.

Sabiéndolo campesino, en Sevilla le encargan ayudar al hermano hortelano. En la huerta, junto a las verduras, fr. Leopoldo cultivaba también sus dones espirituales. Quién lo conoció afirma que su santa alegría era igual a su profunda interioridad que sus ojos y su rostro no podían esconder. Cada uno de sus gestos, incluso el más cotidiano y repetido, surgían de una profunda comunión con Dios. El novicio fr. Leopoldo experimentó la alegría de haber respondido al llamado de Dios. Estaba seguro: tenía 36 años, pero la juventud del espíritu no era un hecho solamente interior, explotaba en una visible y gustosa alegría. La experiencia del noviciado puso las bases de su camino espiritual, porque su amor a Dios se acrecentaba por el conocimiento de la tradición y de la espiritualidad capuchina.

Terminado el noviciado emitió la primera profesión, pasando breves períodos en los conventos de Sevilla, Granada y Antequera. Sin descanso, la azada lo acompañaba como una fiel compañera mientras continuaba cultivando la huerta de los frailes. Aprendía a transformar el trabajo manual y el servicio a los hermanos en oración. Fue un “contemplativo entre el agua de los canales de riego, las hortalizas, los frutos y las flores para el altar”.

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Fue destinado al convento de Granada, la primera vez, en 1903 y siempre con el oficio de hortelano. Fueron los últimos años vividos en absoluto retiro entre los viejos muros conventuales y la huerta. Años de profunda experiencia espiritual y de silencio. En la huerta crecía su diálogo con Dios y al mismo tiempo crecían sus virtudes. De la huerta pasaba a la capilla del Santísimo donde, por largas noches, estaba en profunda adoración. En el viejo convento de Granada el 23 de noviembre de 1903, fr. Leopoldo emitió los votos perpetuos en las manos de fr. Francisco de Mendieta, Superior de la casa. Era su consagración definitiva a Dios por la cual había vivido y por la cual vivirá el resto de su vida.

Después de breves estancias en Sevilla y en Antequera, el 21 de febrero de 1914, retornará a Granada para quedarse para siempre. La ciudad a los pies de la Sierra Nevada, será el escenario de medio siglo de su vida. Hortelano, sacristán y limosnero, siempre unido a Dios y al mismo tiempo siempre cercano a la gente. El oficio de limosnero será el que lo definirá y lo caracterizará. Se había hecho religioso para vivir lejos de “ruido del mundo”, fue lanzado por la obediencia a combatir la batalla decisiva de su vida entre las calles de la ciudad y las voces de la gente. Desde ahora, y con paso decidido, las montañas, los valles, los caminos polvorientos, las calles, serán su claustro y su iglesia. Fr. Leopoldo, como otros santos capuchinos marcados por una clara inclinación a la vida contemplativa, vivió constantemente en un contacto con la gente que en lugar de distraerlo, le ayudó a huir de sí mismo, a cargar con el peso de los otros, a comprender, a ayudar, a servir, a amar. Era, como ha dicho un ferviente devoto suyo “parco, pero no distante”.

Su figura fue tan popular en la ciudad que todos lo reconocían. Sobre todo los niños que al verlo gritaban “Miren, por allá viene fr. Nipordo”, e iban a su encuentro. Se quedaba con ellos explicándoles alguna página del catecismo y con los adultos para escuchar sus problemas y sus preocupaciones. Fr. Leopoldo había descubierto el mundo para compartir con todos la bondad divina: recitar Tres Avemarías. Era su fórmula para entrelazar lo divino en lo humano.

Por medio siglo, día a día, fr. Leopoldo recorrió Granada distribuyendo la limosna del amor, dando color a los días tristes de muchos, creando unidad y armonía, llevando a todos al encuentro con Dios, dando dignidad al trabajo de todos los días. Cada acción suya y cada acercamiento a la gente era siempre nueva.

Para él no todo fue fácil, ni sin dificultad. Fr. Leopoldo de hecho ejerció su trabajo de limosnero en una época en la cual en España soplaban vientos anticlericales y cuanto sabía a religión era mal visto, si no perseguido. Era el tiempo de las “Dos Españas”, de la Segunda República en primer lugar y de la guerra civil después. Siete mil fueron los religiosos y los sacerdotes asesinados por el único motivo de ser tales. En su camino cotidiano de limosnero fr. Leopoldo tuvo que sufrir mucho y no pocas veces fue insultado malamente: “¡Holgazán, pronto te pondremos la soga al cuello!”. “¡Vagabundo, le gritaban, trabaja en lugar de andar buscando limosna!”. “¡Prepárate que iremos a cortarte el cuello!”. “Experimentó este clima hostil y, parafraseando el Evangelio, decía: “¡Pobrecillos, no tengo más que compasión de ellos, porque no saben lo que dicen!”.

¿Había, me pregunto, algún secreto en la vida de nuestro hermano limosnero? Sí, el secreto de su vida era su oración, su unión con Dios y su trabajo. Él transformaba todo en oración y su oración era su trabajo más preciado. Su vida no fue una vida de grandes gestos o de eventos particulares, a excepción de lo que normalmente es pedido a quien abraza la vida religiosa.

La santidad de fr. Leopoldo tenía el soporte de la humanidad del viejo Francisco Tomás. Él mantuvo la identidad del campesino de Alpandeire que ya incluía su camino de santidad.

Fr. Pascual Riwalski, ya Ministro general de la Orden, hablando de él decía: “Es indudable que encontrando a fr. Leopoldo fascina rápidamente por su ser simple, natural, sin artificios, sincero y recto, evangélicamente pobre. Un pobre creyente y cándido, simple y discreto, que ha sabido ponerse siempre en segundo plano, sirviendo siempre en el anonimato y la humildad. Un hombre con un corazón de niño, noble y franco, cortés y sobrio, de campesino honesto… Un hombre extremadamente reservado y modesto respecto a todo aquello que de bueno el Señor obraba por su medio, que se turbaba delante a las alabanzas de los hombres, que se regocijaba en las humillaciones y que mantenía una conciencia viva de sus límites y de sus pecados. Muchas veces repetía: «Soy un gran pecador». La verdadera chispa evangélica es fruto de la estima que tenemos de nuestros iguales y de las creaturas desde la perspectiva de Dios. Fr. Leopoldo conocía bien aquel famoso dicho de San Francisco: “porque el hombre cuánto vale ante Dios, tanto vale y no más (Admonición 20)”.

No era fácil ver sus ojos. Fr. Leopoldo, tomó como modelo a San Félix de Cantalicio, en tener los ojos vueltos hacia la tierra y el corazón al cielo. Tenía ojos de niño, puros y penetrantes, serenos y lípidos. Transmitía serenidad, pureza y dulzura de corazón, fruto de una paz interior que lo invadía.

Tenía un particular ascendiente sobre todos los que encontraba a causa de su humildad y disponibilidad. Su figura no era la de aquellos que golpean y atraen la atención. Más que “andar entre la gente, fr. Leopoldo, pasaba entre la gente”, más que mirar, veía en el corazón de las personas que lo buscaban.

 Viendo su vida podemos decir que se adhirió al Evangelio de Cristo sine glossa siguiendo el ejemplo de San Francisco. Lo extraordinario se encuentra en su limpieza, claridad, silencio. En un clima de incertidumbre y de falta de referentes, la figura del Siervo de Dios fr. Leopoldo se presenta como aquel que ha escuchado la voz de Dios con atención y se dejó transformar a imagen del Hijo Unigénito.

 Cierto día, mientras, como de costumbre recogía la limosna de la caridad, tenía 89 años, cae por tierra fracturándose el fémur. Recuperado en un hospital, afortunadamente sin operación quirúrgica, sanó. Dado de alta, retornó al convento a pié ayudado tan solo por el bastón, pero no pudo recorrer más las calles. Pudo, eso sí, dedicarse totalmente a Dios, el gran amor de su vida. Absorto en Dios, pasó los últimos tres años de su vida, consumiéndose de a poco “cual llama de amor”.

 La pequeña llama se apagó el 9 de febrero de 1956. Tenía 92 años. El humilde limosnero de las Tres Avemarías, se reunió con el Señor. La noticia de su muerte corrió por toda la ciudad de Granada conmoviéndola. Un río de gente de toda edad y condición se encaminó hacia el convento de los capuchinos. La fama de santidad que ya lo había acompañado durante la vida, creció después de su muerte. Cada día, pero sobre todo el 9 de cada mes, una insólita afluencia de gente de todo el mundo visita su tumba. Muchas son las gracias que Dios concede por la intercesión de su siervo fiel.

 Benedicto XVI el 15 de marzo de 2008 declaró la heroicidad de sus virtudes y el 12 de septiembre de 2010 será declarado Beato.

 

Roma, 15 de agosto de 2010,

Solemnidad del la Asunción de la Beata Virgen María

 

 

 

 

Fr. Mauro Jöhri

Ministro general OFMCap

Comentarios
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Antonio Sebastián Aragón Gotar  - SANTIDAD   |77.208.178.xxx |2010-08-07 18:14:30
Es admirable la actitud ante la vida de este gran hombre a los ojos de DIOS.

Esto si que es verdaderamente una vida feliz y alternativa. Esta es la
actitud, el camino que permitiría instaurar el REINO de DIOS en la tierra
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